La película “Tengo sueños eléctricos” en el ciclo de cine y psicoanálisis, preparatorio para las jornadas de Pipol 2025, nos condujo a través del caos de la vida familiar, de esas historias y vínculos en las que el desorden es estructura, pero también de la precariedad de los lazos sociales propios de la vida de las clases bajas latinoamericanas, expuestas a la violencia y los excesos. El paisaje es sólo excesos; la contaminación visual del tendido eléctrico y el incesante resplandor del sol a todas horas; la contaminación auditiva de los coches atestando las calles, los gritos de la gente y el ladrido de los perros; los olores de la basura y el sudor del verano caribeño; las paredes de cemento sin más pintura o decoración que algún grafiti que busca sacar a la luz entre tanto caos alguna emoción, desde un descontento personal hasta las más intensas luchas sociales, para dejarlas plasmadas en algún lado, imposible de lograr de otra manera en un entorno que propicia sólo los desencuentros constantes con el otro.
La fragilidad de estos vínculos contrasta con los intentos de los protagonistas de acercarse con cariño a los suyos, de hacer cercanos a quienes sólo comparten la incapacidad de maniobrar como quisieran en esa vida tan caótica. Una adolescente buscando su lugar en ese mundo, mientras explora sus vínculos filiales y su sexualidad de manera desordenada y, muchas veces, temeraria. Una madre que, mediante la pintura de una habitación, algunas cortinas nuevas, la preservación de la vajilla heredada, la limpieza de los espacios, intenta ubicar algo de orden y civilización usando su hogar como refugio. Un padre que se acerca a la poesía para poder exteriorizar todo aquello que elige mantener a raya o apagar mediante los vicios del alcohol, las drogas y las mujeres. Una hermana que somatiza todo esto orinándose encima cada vez que el miedo o la preocupación la sobrepasan.
“Tengo sueños eléctricos” fue un acercamiento que grafica de forma sublime y clara la preponderancia de los impulsos y el exceso de goce a la par de la necesidad de límites que no pueden imponerse más que de manera concreta, Real, sin demasiado lugar para lo simbólico, que es “sólo” un intento débil de registrar algo del deseo, de la cultura, de la civilización. Una forma cruda, pero por ello concreta y clara, de observar a ese Padre de la Horda Primitiva ejerciendo todo su peso. Pesadez que toda la pieza se encarga de transmitir constantemente, generando una sensación de que todo explotará y se desmoronará en un segundo. Pero también es una puerta a considerar que siempre puede haber algo más, un movimiento que abra el camino a otras direcciones, una vez que logramos identificar aquello que parece grabado en piedra en el discurso familiar, y como la posibilidad de nombrarlo ya permite imprimirle un nuevo sentido.
…Así somos: Una horda de animales salvajes/ soñando con ser humanos/ Hacen falta a veces varias vidas para entenderlo/ La rabia que nos atraviesa, no nos pertenece.
Personalmente fue descubrir que no podemos hacernos cargo de lo que heredamos y habla a través de nosotros, pero sí somos responsables de lo que hacemos con ello.
Ignacio Galará