A mí me ha tocado el texto de María Laura Tkach, “Lo real en la clínica contemporánea”, no tanto para explicarlo, sino para hacerlo trabajar. Tiene cuestiones muy interesantes que podemos poner a debate. Me interesa particularmente cómo articula la clínica de lo real con la llamada “cuestión trans” y con las fórmulas de la sexuación, y qué tensiones aparecen ahí cuando se confronta con lo contemporáneo.
El texto abre con una pregunta que trae una hipótesis: “¿La llamada “cuestión trans” y/o las problemáticas subjetivas vinculadas a la identidad de género son una de las formas en las que se presenta lo real en la clínica hoy? Si así fuera, ¿podríamos pensar en abordar y elaborar esta práctica clínica con, y a partir de las herramientas teórico-clínicas que nuestra orientación lacaniana nos ofrece?”.
Y me parece interesante introducir una tensión aquí, porque lo Real en la clínica nos orienta en cada sujeto que viene a consulta. Lo real, en la orientación lacaniana, no se confunde con lo verdadero ni con lo emergente, sino que se define como aquello imposible de simbolizar, aquello que no cesa de no escribirse. La pregunta entonces sería: ¿en qué medida la cuestión trans toca ese punto de imposible, y en qué medida se inscribe también en coordenadas discursivas, imaginarias o simbólicas propias de la época?
Para abordar esta cuestión, el texto recurre a la lógica de la sexuación, y recuerda que, desde Freud y Lacan, la posición sexuada no depende de la anatomía, sino del modo en que cada parlêtre se sitúa respecto al goce. En este punto, el texto afirma que el mundo se divide en dos: hombre y mujer, entendidos como posiciones lógicas vinculadas al goce fálico y al goce femenino o goce Otro.
Sin embargo, inmediatamente Maria Laura introduce la objeción contemporánea: muchos sujetos hoy no se reconocen en estos dos significantes, los consideran limitantes, incluso segregativos. Aquí aparece una tensión fundamental. Porque la lógica de la sexuación en Lacan no es una clasificación identitaria, sino una lógica del goce. No se trata de dos identidades, sino de dos modos de gozar. El malentendido contemporáneo consiste, quizás, en leer esas posiciones como identidades fijas, cuando en realidad se trata de coordenadas lógicas que no agotan la singularidad del sujeto.
En este punto, podemos introducir las elaboraciones de Paul B. Preciado, quien critica precisamente las categorías binarias como dispositivos de poder que normativizan los cuerpos. Desde esa perspectiva, hombre y mujer serían ficciones políticas. En su pelicula Orlando, mi biografía política, deja clara su postura aformando que ser trans significa entrar detrás del decorado de la diferencia sexual y de género. Masculino y femenino son ficciones políticas aprendidas a través de la violencia. La transición de genero es un viaje a territorio desconocido, la misma sociedad desde una condición política diferente.
Pero la respuesta lacaniana no consistiría en defender esas categorías como identidades, sino en subrayar que el psicoanálisis no opera en el registro de las identidades, sino en el del goce. El problema no es que haya dos, sino creer que el goce fálico y el goce Otro son identidades.
María Laura los trabaja bien en su texto: “El goce fálico no es el que experimenta exclusivamente el varón durante la cópula. Un goce que Lacan llama “el goce del idiota”, diciendo puntualmente que el órgano ligado a él es aquello que obstaculiza al sujeto que lo posee para poder gozar plenamente del cuerpo de su partenaire. (…) El goce fálico es el goce decible, en los diversos discursos; es también el goce que puede ser representado y localizado en un objeto.
El goce Otro –por su parte– es aquel que escapa al parlêtre mismo que lo experimenta; no es decible; sitúa al sujeto que lo experimenta en una alteridad radical con respecto a sí mismo. Se lo experimenta, se lo atraviesa, pero no se lo puede decir. Se puede dar testimonio de él. Lacan lo llama suplementario. No todos, ni todo el tiempo, los seres hablantes entran en el lado llamado femenino de la sexuación. Incluso las mujeres se sitúan en el campo del goce fálico; nada lo impide. Mejor para las mujeres, que, una por una, no se sitúe toda allí. Según Lacan, las mujeres, cada mujer, tiene la posibilidad de situarse en parte en el goce fálico, en parte en el goce femenino.
Lo mismo vale para los hombres. No está impedido para los hombres participar también ellos de ese goce Otro que Lacan llamó goce femenino, solamente porque aprendió a reconocerlo escuchando a las mujeres.”.
El texto da luego un paso importante al señalar un desplazamiento clínico: la insatisfacción contemporánea ya no se juega tanto en la relación con el partenaire, sino en la relación con el propio cuerpo. Este punto es crucial. La clínica clásica estaba orientada por el deseo, por la represión, por la problemática del acceso al Otro sexo. En cambio, la clínica contemporánea parece estar cada vez más centrada en el cuerpo, en la imagen, en el goce del cuerpo.
Esto permite articular el texto con otras elaboraciones actuales: el declive del Nombre del Padre, la caída de las referencias simbólicas fuertes, y el ascenso del objeto a al cénit social. En este contexto, el cuerpo aparece como un lugar privilegiado de inscripción del goce, pero también como un lugar de malestar. Ya no sólo se problematiza la cuestión del lazo con los otros, sino de qué hacer con el propio cuerpo.
El cuerpo es lo que se le enreda al Parletre y la cuestión Trans pone esto en primera línea.
Aquí hay algo del texto que me parece bueno poner en tensión: María Laura trae que la identificación fálica cae con frecuencia, la norma, lo nor-male, la norma macho ya no es fálica y trae la pregunta si esto ha quitado el sufrimiento del Parletre. En el texto vemos que la hipotesis planteada es que ya estamos en el momento de la caida del patriarcado y la liberación del yugo masculino, y si bien dice que hay sujetos que dirán que no está acabado ni en todas partes, la cuestión es que: “se tiende a pensar que las cosas se resolverán cuando se logre alcanzar un estado determinado conforme a los ideales sostenidos. Tampoco esto es así. (…) La clínica desde la época de Lacan y hasta hace treinta o cuarenta años, era una clínica que contenía en sí la cuestión de la liberación sexual, entendida como la posibilidad de vivir la sexualidad con mayor libertad, desligarla del matrimonio heterosexual y, sobre todo, liberarla del sentimiento de culpa. Era el modo en que los parlêtre creían poder realizar la relación sexual que no hay. Era una clínica del deseo sexual, del deseo fálico.”.
El texto propone entonces “lo que Lacan identifica con el goce femenino, goce Otro, es un campo completamente actual, en el que se sitúan los parlêtres de nuestra época. El paradigma contemporáneo es el del goce Otro”. Esta afirmación merece ser discutida. ¿Estamos realmente en un mundo dominado por el goce Otro, es decir, por un goce no todo fálico, no simbolizable, ligado al infinito? O más bien asistimos a una expansión del goce fálico, a su desregulación, a su extensión a todos los ámbitos de la vida bajo la forma del consumo, de la tecnificación del cuerpo, de su tratamiento como objeto?
En cualquier caso, el texto sitúa bien el problema clínico: cuando el goce se presenta fuera de la ley del significante, cuando no hay norma fálica que lo borde, ¿cómo operar? ¿cómo encontrar soluciones? La respuesta que se propone es la del síntoma y el sinthome, en la última enseñanza de Lacan.
Esto implica un cambio en la posición del analista. Hemos pasado de interpretar un sentido oculto como el retorno de lo reprimido, a poder acompañar la invención singular de un modo de anudamiento. Se trata de localizar cómo, en cada caso, se articulan lo real, lo simbólico y lo imaginario, y de favorecer la construcción de un síntoma que funcione como arreglo singular.
En este punto, el texto advierte también contra los riesgos de derivas ideológicas, moralistas o nostálgicas. Esta advertencia es especialmente pertinente en el contexto de los debates actuales sobre género. El psicoanálisis no puede ni adherirse sin más a los discursos contemporáneos ni rechazarlos en bloque. Debe, más bien, escuchar en ellos algo del real que se manifiesta, sin perder su orientación.
Para concluir, podríamos decir que la cuestión no es decidir si las experiencias contemporáneas, incluidas las trans, confirman o desmienten las fórmulas de la sexuación. La cuestión es cómo cada sujeto, confrontado a un real del cuerpo que no se deja escribir, inventa una solución singular. Porque si algo nos enseña Lacan es que no hay relación sexual, pero sí hay invenciones para arreglárselas con eso.
Alejandro Tolosa, Miembro de la AMP y de la ELP.