El viernes 17 de abril, la BOLM de la ELP de Madrid cerró el ciclo de encuentros cinematográficos del presente año académico con la proyección de Her (Spike Jonze, 2013). Estuvieron presentes el director de la biblioteca, Luis Seguí, los coordinadores Alejandro Tolosa e Irina Scheller, y un numeroso grupo de espectadores, entre ellos miembros y socios de la ELP y participantes del Nucep.

La película fue elegida en referencia al tema del reciente Congreso de la AMP, titulado “No hay relación sexual” (París, 30 de abril–3 de mayo de 2026); en ella se narra la vida de un escritor, Theodore, quien, en una gran ciudad de Estados Unidos, dolido y confundido por la separación de su esposa, mientras escribe un libro de cartas de amor, establece una relación con la voz femenina de un dispositivo tecnológico, Samantha.

Esta se convierte rápidamente en la compañera ideal: lo ayuda a concluir el divorcio y a publicar el libro, lo hace feliz; luego se enamora de él y él descubre ser el preferido entre miles de interlocutores. La historia de amor está destinada a terminar.

La discusión posterior a la proyección interrogó, en primer lugar, la definición de la relación entre los dos protagonistas, a partir de la distinción entre conexión y vínculo planteada por el psicoanalista y escritor José Ramón Ubieto en su reciente libro Soledades digitales (también presentado por la BOLM el pasado 10 de abril en la librería Lé de Madrid).

En él, el autor describe la paradoja de una sociedad hiperconectada pero privada de verdaderos vínculos sociales. El tema dio lugar, en el debate, a diversas preguntas y precisiones sobre la película: ¿puede hablarse de una relación amorosa entre Theodore y Samantha? Quizás sí, si se piensa en la potencia de lo imaginario y en la presencia y fuerza de la palabra de amor; o quizás no, si se considera la ilusión de reciprocidad y la idealización que, en la relación entre ambos, confirma la validez del conocido aforismo lacaniano antes citado; y nuevamente no, si se piensa en la ausencia del cuerpo (y Samantha querría un cuerpo) y, por tanto, en la falta del “otro”.

Se interroga entonces (también a partir de una referencia implícita al Banquete de Platón, señalada por Luis Seguí) sobre la definición del enamoramiento y del amor, sobre el estatuto de los celos y del sentido de posesión, sobre la aspiración a la exclusividad que, en un determinado momento, vuelven la historia ideal entre ambos completamente semejante a una historia real.

Otro interrogante concierne al sentido del final de la historia: ¿la película tiene una estructura circular en la que el protagonista vuelve a enfrentarse a su incapacidad para tejer un vínculo amoroso o, por el contrario, muestra a un personaje que, gracias a la vitalidad transmitida por la voz, cambia y está por ello preparado para vivir un amor real?

Las reflexiones del público abordaron también el sentido del uso de la tecnología en la sociedad actual (se habló de la IA como lugar de pérdida de creatividad), relegando, sin embargo, el tema de la digitalidad a un segundo plano. La tecnología aparece, en efecto, en la película, como el instrumento de construcción de un escenario desolado en el que el protagonista deambula viéndose multiplicado en miles de personas hiperconectadas como él y, como él, solas.

La historia, paradigmática por tanto de la soledad contemporánea, ofrece el retrato de una sociedad deshumanizada y deshumanizante en la que, entre rascacielos, salas de museos o corredores de metro, la voz de Samantha se humaniza indicando hasta qué punto es (im)posible para el ser humano sustituir la realidad.

La humanización de la máquina es un tema ya explorado en la historia del cine: recordemos la película italiana Yo y Caterina (1980), en la que el conocido intérprete (y aquí también director) Alberto Sordi, en el papel de Enrico Melotti, sufre los celos de la mujer-robot (Caterina) que, adquirida por el protagonista como máquina multifunción, se enamora de él confrontándolo con las mismas dificultades que tenía con el sexo femenino. Era una comedia sobre la modernidad.

Pero, casi cincuenta años después, vemos que Her va más allá, anticipando ya hace trece años las más recientes posibilidades de la IA, como la de crear avatares y, por tanto, el horizonte de una cultura y una sociedad del transhumanismo, en la que hombre y máquina se convierten el uno en el otro.

Con Irina Schaller podemos, además, interrogarnos sobre el significado del título, Her, y no She (quizás porque el pronombre femenino her, igual que en la lengua, es un complemento directo que, en la historia, escapa a su virtualidad objetual para asumir plenamente el estatuto de sujeto que reivindica la satisfacción de su propio deseo; o quizás porque representa el amor, objeto de deseo y deseo él mismo, como recuerda Monica Unterberger).

Todavía dentro de la dialéctica de la perspectiva lacaniana, Alejandro Tolosa, partiendo del fracaso del deseo de unión y completud amorosa representado en la película, recuerda que el discurso psicoanalítico es el único capaz de responder a la lógica de la contemporaneidad, es decir, a la pretensión imaginaria de colmar el vacío y suturarlo todo.

Pero los interrogantes planteados por la película remiten también a una visión más ampliamente filosófica (y sociológica) sobre la relación verdad/ficción, real/ideal, ideal/virtual: ¿las relaciones virtuales, al igual que el arte, son menos verdaderas por el hecho de ser ficticias?

Y, ante todo: ¿el derecho y la pretensión de felicidad autorizan al hombre a superar las barreras de lo humano para explorar territorios que se sitúan no en los límites del género, sino de la especie… y de la vida?

Con el eco de estos interrogantes, la BOLM nos da cita para el cine dentro de algunos meses con una película relacionada con las Jornadas de la ELP, tituladas Cuerpos adorados.

¡Hasta septiembre!

Anna Maria Saba

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