Comentarios al comentario de Dolores Castrillo sobre el texto de Miller “Cosas de familia en el inconsciente”.
Introducción
Hola, buenas tardes, gracias por la invitación a este espacio, y gracias Mª Dolores por tu comentario al artículo de Miller. Bueno, vamos allá con el comentario del comentario, que es un retruécano, por cierto, una figura literaria propia del Barroco… Es un texto muy sugerente, dan ganas de tirarnos toda la tarde hablando del Barroco… si no fuera porque tenemos que hablar de la familia.
El Barroco es un movimiento artístico que surge en un momento de la historia de grandes tensiones y turbulencias. Tuvo como objetivo fortalecer la fe católica en respuesta al cisma protestante, de hecho, se sitúa su inicio en la ejecución por Miguel Ángel en 1541 del Juicio Final en la Capilla Sixtina, un año antes de que el Papa Pablo III convocara el Concilio de Trento y diera inicio a la Contrarreforma. Formó parte –vamos a decirlo así- de una gigantesca operación de marketing de la Iglesia para adoctrinar a las masas iletradas, a las que quería impactar, despertar, deslumbrar… Pero también acusa el influjo de las fuerzas del cambio que ya había empezado a producir grietas en el Renacimiento, en esa representación ideal, naturalista, antropocéntrica, que representaba el canon y la armonía. El Cristo como “pantocrátor” (el que todo lo gobierna), como ideal sobre el que se unifica la sociedad, se sustituye por las representaciones del cuerpo torturado… Y el Barroco hace hablar a la verdadera condición humana: “Los colores brotan del fondo común que manifiesta su naturaleza oscura”, lo tenebroso –el texto lo subraya-, y el claroscuro alcanzan su cénit en el estilo que se llamó precisamente Tenebrismo: Ya nada está tan claro, se ha roto el equilibrio que representaba el clasicismo, esa imagen idealizada que los nuevos artistas pretenden perforar, y por eso la pintura llevada a las grandes superficies murales busca a menudo horadar la pared y penetrar con el espectador en un espacio ficticio, efecto que también se busca mediante los espejos -recordemos las Meninas, por ejemplo, del pintor sevillano Velázquez- que dan idea de reflejos de realidades diversas que tensionaban la época y abre lugar a la interpretación (como la puerta que se abre al fondo de las Meninas con el chambelán de la reina asomándose, que no se sabe si entra o sale a la escena).
Y, es curioso, porque el Barroco se extendió sobre todo por la Europa meridional y mediterránea, Italia, pero también España, donde las pasiones (“el discurso de las pasiones”, llama Lacan al Barroco) y la voluptuosidad de los sentidos y los cuerpos está más presente (y también esa forma de familiarismo que se ha dado en llamar la familia mediterránea)… Yo soy de una ciudad, Sevilla, donde el Barroco llegó al frenesí, y los retablos barrocos irrumpieron como una lepra sobre los muros austeros de templos románicos y góticos más afines a la sensibilidad reformista del norte de Europa, mostrando el goce de los cuerpos, y también incidiendo en el cuerpo de quienes lo presencian… en su paroxismo, en la Semana Santa de mi ciudad, he visto romper a llorar a amigos no creyentes a quienes llevé a verla por primera vez, lo real y su correlato de angustia, las imágenes de Santa Lucía sonriendo y mostrando en una bandeja los dos globos oculares que le extrajeron en el martirio, o Santa Águeda mostrando en sus manos los pechos amputados…
Horror vacui y los detalles
En las visitas escolares a San Luis de los Franceses los profesores, para explicar la profusión infinita de detalles ornamentales, detalles que ocupan cualquier espacio vacío, nos hablaban del horror vacui, el horror al vacío y al agujero, donde al velarlo lo ponen de manifiesto, “como en un anamorfosis”, donde el horror de lo real podría verse pero en una cierta perspectiva… función muy patente en los velos semitransparentes que cubren los genitales de serafines y arcángeles, que revolotean alrededor de la Virgen María, la madre inmaculada, tantas veces representada por el también sevillano Murillo, donde la elisión de la sexualidad es completa, y que –junto con la Sagrada Familia, representada como una familia humanizada- es una de los motivos más populares en las pinturas de la época.
Precisamente el mayor desarrollo de Freud sobre el valor de los detalles tiene lugar en su interpretación del Moisés, de Miguel Ángel, donde se refiere a la técnica de análisis de la autenticidad de una obra de arte de Giovanni Morelli, que daba el mayor valor a los detalles (1) inadvertidos, cuya imitación el copista omite. De hecho, el término «barroco» proviene del portugués, del ámbito de la joyería, y designaba originalmente un tipo de perla muy apreciada por ser considerada única por sus irregularidades y detalles.
Lo siniestro
Y por ahí se va entreviendo la relación entre el Barroco y la familia, donde las relaciones, entre la madre, el padre y el hijo, distan mucho de ser asépticas y asexuadas… y son más bien intensas, apasionadas, y la sexualidad está en juego en ellas. Más que la armonía lo que reina en ellas es la discordia, y el Barroco fue el lenguaje de la discordia, del cisma que desangró Europa entre reformistas y antirreformistas, de tensiones sociales, con la naciente burguesía pugnando contra el clero y el poder monárquico, etc. Frente a la armonía de la representación en el clasicismo, el Barroco –al tratar de ocultarlo- hace emerger su contracara, “el diablo está en los detalles” (decía Flaubert), frente a la imagen apacible del retrato familiar hay un manchón oscuro que lo emborrona. Hay un término freudiano para decirlo: lo siniestro, que designa precisamente esta ambivalencia, la emergencia de lo extraño, lo inquietante, en el cuadro familiar, en el escenario más familiar. En la familia hay una cara amable y también una dimensión de goce puro, toda familia tiene su cara y su cruz. Me gusta cuando el comentario compara la familia con un cuadro barroco, donde el goce en escena no viene tanto de lo que se muestra, sino de lo que oculta: el secreto que verdaderamente mantiene unida a la familia a pesar de ser un pandemónium, el goce de los padres.
Por cierto, cuando hablábamos de las familias mediterráneas Gustavo Dessal nos recordaba que la Mafia, que es una organización criminal, se autodenomina precisamente así, “la familia”. En ellas, gestos familiares como un beso en la mejilla, o un abrazo, a veces son la sentencia de muerte. (2)
El psicoanálisis, que, por cierto, también va en familias, en escuelas y también en sagas familiares, tiene por eso un gran papel en la atención a las crisis y dramones familiares, precisamente por ser un discurso donde el tratamiento de lo familiar (Heimlich) no excluye ni desconoce lo siniestro (Umheimlich) (3). Tampoco hay que olvidar que la Mafia se daba también otro nombre: “la cosa Nostra” (y término “cosa” es también un concepto muy importante en el psicoanálisis). Podíamos decir que la familia es la cosa nostra del psicoanálisis. (4)
La clínica de la familia y la adolescencia en la contemporaneidad
Como puede verse en la clínica hoy, la familia es también el lugar privilegiado donde se expresa el malestar contemporáneo. Esto ha ocurrido de siempre, ya lo recuerda el texto, la familia es un artefacto que nunca ha funcionado bien del todo, pero ese malestar, sobre todo en la adolescencia se ha desatado, y no exclusivamente (me atrevería a decir incluso no predominantemente, como algunos pronosticaron) en las nuevas constelaciones familiares o en las familias constituidas mediante los diversos procedimientos de la reproducción asistida, sino en el seno de la familia nuclear edípica en que se ha condensado la familia tradicional y extensa… y que ha quedado debilitada en sus funciones en nuestros días. Siempre digo que en mis comienzos como psiquiatra eran excepcionales las urgencias infanto-juveniles en las guardias, y hoy vienen a representar casi la mitad de las consultas, generalmente crisis familiares o de adolescencia donde los padres se muestran impotentes y –en la creencia de que es posible reeducar el goce- ponen al menor en manos de expertos que rápidamente diagnostican, obturándose así la pregunta por la causa.
Los adolescentes de hoy viven en una época en la que “el velo que preservaba el misterio del sexo parece haberse levantado”, afirma Mª Dolores… No sé si podríamos decir –es una pregunta- que en la época de la infancia generalizada ha desaparecido precisamente la infancia, o al menos el periodo de latencia, donde tras la resolución del Edipo se apaciguaba algo de lo sexual hasta el despertar en la pubertad, y que era el tiempo del juego, y el gran reservorio de anhelos, aspiraciones, deseos. Hoy parece que los niños ya no juegan, al menos no al juego preferido antes: jugar a ser mayores, quizás porque “ya son mayores”, ya son consumidores como verdaderos adultos, y hoy asistimos a un nuevo horror vacui, ¿no hay acaso algo de eso en la proliferación de objetos que en el capitalismo contemporáneo pretenden velar el vacío central, alrededor del cual se constituye el sujeto? También han desaparecido los rituales de paso y el tiempo transcurre de otra manera, ya no es un tiempo aplazado, es el tiempo de la inmediatez, ya no hay lugar para el aburrimiento, ese tiempo muerto donde se fantaseaba con el futuro. En esa mutación quizás podríamos encontrar una causa para la falta de relato que Lola López Mondéjar señala en el que ha sido el último premio Anagrama de Ensayo (5), y la “pobreza fantasmática y la ausencia de la novela familiar”, que también destaca Mª Dolores.
El padre es concebido como una función que pone un freno al goce, pero no solamente en el sentido de establecer una prohibición, sino en el de abrir una vía alternativa, la vía del deseo. El deseo es el deseo del Otro, pero –también me pregunto- ¿dónde ha quedado el Otro hoy? ¿Cuál es el Otro que suscita el deseo hoy? La adolescencia es como el canario en la mina, hace síntoma cuando algo en la sociedad no marcha, cuando en el Otro hay un agujero, cuando se ha desvanecido ese saber supuesto al padre que nos organiza e instituye como sujetos en el campo de las significaciones. Antes la familia era el lugar del aprendizaje tanto del padre como del abuelo. Hoy la tecnología suprime la necesidad de aprendizaje, y en la familia obrera se produce un debilitamiento de la función paterna, y más que introducir una regulación del goce y una limitación al extravío, el padre hoy –derresponsabilizado e hiperresponsabilizado a la vez (6)- alienta una suerte de permisividad al hedonismo contemporáneo.
Tampoco en los centros educativos parece que hoy pueda transmitirse el deseo de aprender, de saber, quizás porque los educadores están desautorizados, quemados, y la falta de deseo es contagiosa. ¿Es un otro como semejante, el influencer, el que suscita un deseo hoy? ¿Pero qué deseo, un deseo evanescente, un deseo de objeto rápidamente obturado y satisfecho? (7)
Cabría preguntarse también si ese lugar del Otro simbólico que tenía antes el niño ahora está vacío porque hoy el niño ya sabe. Esa diferente relación con el saber que tienen los adolescentes hoy no permite que pueda situarse algo del enigma en el inconsciente ni otra instauración del sujeto supuesto saber que el algoritmo, que sabe de nosotros más que nosotros mismos, y –como el fantasma neurótico- siempre nos da nuestra droga favorita. Lo dice Mª Dolores, “como si ya supiesen de antemano que no existe la relación sexual”, como la omertá, la ley del silencio en la familia siciliana, que vela el secreto que todos saben. Los cristianos “tienen horror de lo que les fue revelado. Y con mucha razón”, dice Lacan en el seminario XX.(8)
Esta doble declinación, este doble efecto de la evaporación del deseo a consecuencia de la insuficiencia de la familia produce las nuevas formas del síntoma: la clínica de la falta de la falta (siendo sus paradigmas clínicos la depresión como cobardía moral cuando el sujeto retrocede ante su deseo; y la angustia como presentimiento del objeto a cuando desaparece el velo y la distancia ante el enigma inquietante del deseo del Otro) y la clínica del exceso (en palabras de Cosenza), que encuentra sus paradigmas en las patologías del acto y del objeto, las adicciones y la clínica del goce (9).
Qué deseo será posible en este sombrío porvenir del poscapitalismo, con el horizonte del cambio climático, la proliferación de gadgets y objetos del consumo que producen la ilusión, a golpe de teclado, de la satisfacción inmediata de cualquier demanda. En todo caso, ese deseo posible, deseo por-venir (este es el tema de las próximas jornadas de la sección de Psicoanálisis de la AEN, por cierto, en la primavera del 2026), será un deseo diferente al que existía cuando el nombre del padre era más operativo, cuando prohibía y establecía límites, cuando la imposibilidad y la insatisfacción jugaban su partida. ¿Se puede desear cuando todo está permitido?
El deseo es el antídoto del porvenir tan sombrío que vislumbramos, sobre todo las jóvenes generaciones. Es lo que permite separarse del objeto, emanciparse del imperativo tiránico del superyó al goce. Siempre tenemos que recordarnos que el psicoanálisis es una práctica que apuesta decididamente por el deseo.
Notas
(1) “Amad los detalles, los divinos detalles” (Nabokov).
(2) Ceverino A. La estructura familiar en la constitución del sujeto. En: “La concepción psicoanalítica de la estructura familiar en la época contemporánea”. Asociación Española de Neuropsiquiatría AEN-Digital, Colección Estudios. Madrid, 2019
(3) Coccoz, V. Novedades sobre el cuarto mandamiento. Séptima edición del newsletter del congreso europeo Pipol. Disponible en: https://vilmacoccoz.com/novedades-sobre-el-cuarto-mandamiento/
(4) Dessal, G. Aires de familia. En: “La concepción psicoanalítica de la estructura familiar en la época contemporánea”. Asociación Española de Neuropsiquiatría AEN-Digital, Colección Estudios. Madrid, 2019.
(5) López Mondéjar. Sin relato. Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad. Anagrama, 2024.
(6) Siriot, M. Familia que se las arregla. Hacia PIPOL 12.
Disponible en: https://www.pipolcongres.eu/es/2025/01/23/mathieu-siriot/
(7) VV.AA. Hacia las XVIII Jornadas de la sección de Psicoanálisis de la AEN. “Deseo por-venir”. Madrid, 22 y 23 de mayo de 2026.
(8) Jacques Lacan [1972-1973] (2008b), El Seminario, libro 20 Aun, Buenos Aires, Argentina, Paidós, p. 133.
(9) Ceverino, A. “La lentitud del elefante. Clínica de la falta y clínica del exceso”. Coloquio Internacional de la Fondation européenne pour la Psychanalyse. Ateneo de Madrid, 25, 26 y 27 de octubre de 2024.
Antonio Ceverino, socio de la sede de Madrid de la ELP.