Pertenezco a una generación para la que era imprescindible ahondar en la aportación de los «maestros de la sospecha»: Marx, Nietzsche y Freud. Para todos los que iniciamos nuestra aventura política e intelectual estudiando a los herederos de mayo del 68, era imprescindible establecer algún tipo de conexión entre lo que aportaba el marxismo (recordemos que Jean-Paul Sartre llegaba a afirmar que era la filosofía de nuestro tiempo) y los complementos que pudieran otorgar la teoría crítica, el estructuralismo, la antropología cultural o el propio psicoanálisis. En nuestro país fue decisiva la aportación de Carlos Castilla del Pino, al hacernos ver la dialéctica entre la persona y la situación. También lo fueron las traducciones de las obras de Herbert Marcuse y su reflexión sobre el hombre unidimensional, las tensiones entre eros y civilización. Marcuse hablaba del fin de la utopía en el sentido de que se daban las condiciones para transitar a un cambio civilizatorio.

Nuestro momento asiste a un fin de la utopía de muy distinta composición. Como bien dice Dolores Castrillo en su obra Psicoanálisis y política: un encuentro necesario, no es hoy el fantasma del comunismo el que recorre nuestro mundo, sino el peligro del avance de la ultraderecha. El libro concluye en agosto de 2024, cuando todavía no se había producido el triunfo de Donald Trump, pero ya se había dado la victoria de Meloni en Italia y la de Milei en Argentina, y se había producido el ascenso de Orbán y de Abascal, de Le Pen y Salvini.

Este crecimiento de la ultraderecha ha sido caracterizado como neofascismo, en algunos casos, propiciando el recuerdo de los sucesos más sombríos acaecidos en los años treinta y cuarenta del pasado siglo. En el alud de publicaciones de historiadores, sociólogos y politólogos sobre la encrucijada en la que nos encontramos, es imprescindible preguntarnos qué podría aportar el psicoanálisis. Para el que quiera despejar esta interrogante, estamos ante un libro decisivo. Dolores Castrillo analiza fenómenos diversos a los que aplica una mirada psicoanalítica, una mirada fruto de un trabajo intelectual riguroso labrado con muchos años de lecturas y seminarios de investigación y fortalecido con una larga experiencia como analista. El lector podrá bucear en el fenómeno del yihadismo o en la dinámica de las sectas; podrá igualmente adentrarse en personalidades tan sugestivas como Simone Weil o profundizar en el desafío que implica el cambio climático. Son trabajos distintos que tienen un hilo común: mostrar la relevancia del psicoanálisis para analizar todos estos fenómenos y poder aportar no sólo claves analíticas sino también vías de intervención política. Una política que vaya más allá de los partidos y plantee con veracidad y rigor, más allá de la consigna y de la propaganda, la auténtica realidad de los desafíos a los que nos enfrentamos.

La pretensión de encontrar un lugar distinto a los partidos para poder expresar libremente opiniones es un objetivo tan loable como recurrente en la historia del pensamiento político. La reducción de los partidos a máquinas electorales al servicio de los líderes y la pretensión de los intelectuales de encontrar un lugar desde el que poder emitir juicios morales sin cortapisas partidarias, sin sucumbir a las servidumbres de los aparatos, es una historia que tiene un largo recorrido. Ha sido tematizada en múltiples ocasiones, incluso cuando los intelectuales quieren competir como líderes políticos y fracasan estrepitosamente, como le ocurrió a Mario Vargas Llosa, que llegó a ser Premio Nobel, pero no pudo alcanzar la presidencia del Perú.

Ha sido menos estudiada la aventura del psicoanálisis en relación con la vida política. Es mérito de Dolores Castrillo recordar el drama que vivió el último Freud. Es un tema que ha dado para grandes biografías y para magníficas películas. El último Freud es en 1932, cuando publica El malestar en la cultura y profundiza en su análisis sobre la Psicología de masas y análisis del yo. Freud analiza muy lúcidamente el comportamiento de las masas que desean un orden fuerte que acabe con la confusión, la complejidad, la incertidumbre que provocan el pluralismo, el relativismo y el agnosticismo. Los caudillos que acaben con cualquier vestigio de democracia parlamentaria.

El líder fuerte aparece cuando un sector de la población demanda que alguien ponga orden, acabe con la frustración y con la humillación soportadas, y vengue el agravio. Estamos ante un fenómeno de caudillaje muy distinto al liderazgo democrático. Como bien vio Weber, en todo comportamiento electoral aparece un deseo de seguir al líder que es muy superior psíquicamente a compartir una idea abstracta. Es encontrar en alguien el carisma que permite personalizar el mensaje y encarnar los valores. Esto ha ocurrido con Churchill y con Mandela, con Palme y con Kennedy. Son liderazgos muy distintos a los que encarnaron Mussolini o Hitler.

El diálogo entre Weber y Freud hubiera sido muy fructífero para este dialogo entre psicoanálisis y política que Dolores Castrillo propone, pero, desgraciadamente, Weber falleció en 1920 y no pudo seguir la evolución intelectual del fundador del psicoanálisis. Tampoco pudo Weber conocer la caída de la República de Weimar y el triunfo del nazismo. Freud sí lo vivió, aunque muriera antes de que empezara la segunda guerra mundial. Tuvo que salir de Viena y refugiarse en Londres ante el avance implacable del nazismo y el crecimiento del antisemitismo.

Esa mirada a Freud no puede hacernos olvidar que el fundador del psicoanálisis analiza una sociedad en la que, durante muchos años, estuvieron vigentes los principios de la moral victoriana. La pregunta es qué ocurre cuando esos valores quedan arrumbados por una nueva cultura donde, frente a la prohibición, se propone que esté prohibido prohibir. ¿Qué ocurre cuando se produce una evaporación del padre? Entre un momento y el otro, entre los años treinta con toda su carga de violencia y de barbarie y el final de los años sesenta, con la irrupción del 68, asistimos a un mundo de posguerra donde prima la reconstrucción económica, el control político, y la regulación del mundo laboral; es un mundo donde se opta por profesionalizar al máximo la política y autonomizar las decisiones económicas. Un mundo donde se tiende a la privatización de las cuestiones de sentido e impera el fin de las ideologías.

Todo cambia con el final de los años sesenta y la consigna de que «todo lo personal es político». Lo que aparece como una puesta en cuestión del patriarcado y de las formas tradicionales de familia es contestado desde el neoconservadurismo con una reivindicación de la familia, la patria y la religión. La tensión entre el neoconservadurismo y los movimientos feministas ha sido una constante desde el 68 hasta nuestros días.

La lucidez del análisis de Dolores Castrillo estriba en mostrar que, frente al líder autoritario de los años treinta y al líder relativista de la época de la evaporación del padre, hoy nos hallamos ante la aparición de un líder obsceno que no tiene empacho en mentir y en insultar, en animar a asaltar el capitolio o despreciar a las víctimas de un genocidio, proponiendo construir ricas posesiones de placer y lujo desorbitante allá donde vemos ruinas y desolación. Una reconstrucción que implique una limpieza étnica de los habitantes de la zona, que deben abandonar sus tierras para perpetuar la impunidad de los agresores y aumentar los beneficios de los nuevos colonizadores.

Ante hechos tan sobrecogedores que aparecen día a día en los informativos, la pregunta que todos nos hacemos es: ¿cómo hemos podido llegar a esta situación y cómo podemos salir de la misma? La lectura que hace Dolores Castrillo de Freud y de Lacan nos permite recordar y reivindicar la importancia de la razón y de la reflexión, de la ciencia como pequeño dios Logos, que nos permite desenmascarar las mentiras y los disfraces, que nos permite combatir los estereotipos y los prejuicios, pero que nos permite a la vez ahondar en los mecanismos de la subjetividad. ¿Por qué en determinados momentos de la historia una parte importante de la humanidad prefiere el mal, abona la barbarie, bendice y aplaude la violencia y la crueldad?

Se puede pensar con Freud que la violencia nunca puede ser erradicada plenamente, porque forma parte de la naturaleza humana; se puede considerar que pensar en su erradicación total es una ilusión religiosa sin fundamento; pero la interrogante que aparece, al investigar la opción de los que necesitan el arraigo de una secta, o de los que están dispuestos a inmolarse por una causa, es que algo falla en nuestra reflexión sobre la realidad histórico-política. Hay algo que desgraciadamente se nos escapa y no somos capaces de percibir desde los presupuestos del análisis sociopolítico convencional.

Dolores Castrillo lo muestra admirablemente al tratar el tema del cambio climático. No es que tengamos que hacer algo: es que lo teníamos que haber hecho hace tiempo, si no queremos sufrir la venganza de la naturaleza. Hay que tomar decisiones para que la situación no vaya a peor. Imagínese el lector la magnitud del problema cuando las dos superpotencias en pugna quieren manos libres y no están dispuestas a someterse a ningún tipo de restricción, por modesta que esta sea. El drama es que este propósito de seguir creciendo ilimitadamente sin atender a las consecuencias socioambientales está extendido por todo tipo de administraciones políticas. Pensemos no solo en China o en Estados Unidos, sino en lo que está ocurriendo a partir de sucesos dramáticos que han ocurrido recientemente en nuestro país.

Es evidente que la proclama del analista, la advertencia del intelectual y el diagnóstico del científico no dejan de ser informaciones relevantes que están presentes en la mesa del líder político a la hora de tomar decisiones. Pero llega un momento decisivo en que hay que conjugar las advertencias que, al modo de Casandra, hacen muchos científicos sociales y las prioridades que marcan los compromisos electorales inmediatos. Lo estamos viendo con el drama de la dana en Valencia. Más allá de las responsabilidades políticas y penales del presidente y de los consejeros del Gobierno valenciano, se plantea la pregunta de qué hacer en el futuro, dónde construir, cómo compatibilizar el crecimiento con la sostenibilidad. Cuál es el límite que no debemos traspasar si no queremos vivir en el futuro dramas como el ocurrido el pasado octubre.

Es mucho lo que puede aportar el psicoanálisis a un análisis complejo de esta y otras realidades. Puede explicitar esta demanda de orden y autoridad ante la angustia que provoca el relativismo y el pluralismo y mostrar la enorme dificultad de parar el crecimiento cuando el imperativo del consumo prevalece, cuando es imposible poner límites ante el imperativo de un goce inagotable.

Para que esta aportación del psicoanálisis sea solvente, se requiere de la experiencia clínica, la pasión intelectual y el compromiso moral de psicoanalistas como Dolores Castrillo. A partir de la lectura de su obra, podemos confirmar que no solo es necesario el encuentro entre el psicoanálisis y la política, como reza el título del libro que comentamos; podemos asegurar que con obras como estas se torna imprescindible.

Antonio García Santesmases

Logo ELP Sede Madrid white

Suscríbete a nuestra newsletter

Recibirás la agenda de actividades así como las novedades de La Brújula. Una vez enviado el formulario de suscripción es necesario que confirmes tu email. Para ello, por favor haz clic en el email de confirmación que te llegará a tu email. Si no lo encuentras búscalo en el buzón de Notificaciones, Promociones, Correo basura o similar. Podrás cancelar tu suscripción cuando quieras. 

 

Política de privacidad

Ya casi estamos... recuerda que tienes que hacer clic en el email de confirmación que te acaba de llegar. Gracias

X