El pensamiento de que el hombre no sabe lo que su deseo puede desencadenar, ha sido para mí el hilo conductor que guió la lectura de este libro: “Psicoanálisis y política. Un encuentro necesario”.

 A mi entender, este encuentro no es necesario por una mera elucubración intelectual. La palabra «necesario» sugiere un enlace entre psicoanálisis y política que es del orden de lo que no cesa, no cesa de inscribirse. Eso es, en efecto, lo que define al síntoma. Por lo tanto, la relación entre psicoanálisis y política es necesaria en la medida que sitúa al síntoma, es decir, el malestar («el nombre de la infelicidad», preciosa metáfora de la autora), en el corazón de aquello que afecta tanto al sujeto como a la civilización.

También es necesaria para ofrecer una lectura, un desciframiento a ese síntoma en ambos planos: el individual y el colectivo. No obstante, las consecuencias de ese desciframiento no son iguales en estos dos niveles. Mientras el psicoanálisis posee una efectividad en su práctica clínica, al actuar sobre las conexiones del sujeto con su goce, y que se pone a prueba en el caso por caso, su alcance en lo que respecta al síntoma social es muy diferente.

Nuestra capacidad de análisis y diagnóstico aportan algo fundamental a ese ámbito que denominamos «lo político”, en especial en esta era en la que la globalización ha extendido un determinado discurso, el discurso capitalista, del que Marx supo extraer una parte de su secreto. Este libro nos va a mostrar que Lacan dio ciertas claves para iluminar otro aspecto de la lógica y el mecanismo de ese discurso. Pero al mismo tiempo, y creo que en este punto la prudencia lúcida de Dolores tiene mucho mérito, debemos admitir que no resulta fácil incidir psicoanalíticamente en lo real de la dinámica colectiva. Los límites son evidentes y conviene no perderlos de vista, so pena de transformar al psicoanálisis en una ideología más, incluso en un discurso religioso.

Cito (página 48): «El aporte esencial que el psicoanálisis puede prestar a la política reside en hacer valer esto: el psicoanálisis sitúa en el corazón de su teoría y de su práctica el reconocimiento de que el Otro es una estructura que está atravesada por una falta imposible de suturar, lo que Lacan escribe S de A barrada, y por un real irreductible a una plena simbolización”.

El problema, muy difícil de resolver, es cómo se transmite eso fuera del marco de la experiencia de un análisis, cómo ese descubrimiento, cuyo valor sostenemos en la acción que podemos ejercer a veces en los sujetos individuales, vamos a exportarlo, por decirlo de algún modo, al ámbito social colectivo.

El capítulo titulado «Una política más allá de los partidos», en el que la autora toma la figura y el pensamiento de Simone Weil para acercarse al problema que acabo de mencionar, es un intento de dar una respuesta. Pero en la medida que Simone Weil sostiene que los partidos políticos son «organismos públicos y oficialmente constituidos para matar, en las almas, el sentido de la verdad y la justicia», me parece que Dolores escoge esta frase para descartar la vía de la acción política como forma de transmitir el psicoanálisis a gran escala.

Estas dificultades y limitaciones no impiden que el psicoanálisis ofrezca una teoría muy sólida sobre los fenómenos sociales, y que esa teoría pueda ejercer una influencia en algunas corrientes del pensamiento. No solo tenemos los textos freudianos de “Psicología de las masas y análisis del yo” y “El malestar en la cultura”, cuya vigente riqueza Dolores Castrillo explota sin cesar a lo largo de su libro. Me permito añadir el ensayo “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna», anterior a estas dos obras, ya que fue publicado en 1908. Freud tenía muy claro que el psicoanálisis no puede desentenderse del discurso social ni de los significantes amo de cada época. La cuestión es cómo establecer la conexión para no caer en el culturalismo de Karen Horney, por ejemplo, o de Margaret Mead.

Freud y Lacan nos enseñaron (y hay que leer con mucha atención la manera en que Dolores lo explica, con qué rigor y a la vez destreza didáctica) a establecer nexos que no operan como determinaciones. Es decir, que ni la cultura “moldea» enteramente la subjetividad, ni el psicoanálisis da forma a los procesos sociales. De lo que se trata es de extraer, a la luz de aquellas características estructurales del ser hablante, lo que facilita en cada etapa histórica el embrague de un determinado paradigma socio-político con el sujeto del psicoanálisis. Esta obra se ocupa fundamentalmente de mostrar esos puntos de embrague en el discurso reinante, dar cuenta de esa diabólica circularidad que vuelve tan difícil su salida. También nos va a enseñar los puntos de ruptura, las líneas de fractura de ese discurso, sus productos sintomáticos, y cómo el sistema se las ingenia para repararlos, para transformar sus fracasos en una nueva invención de re-anudamiento. En síntesis, la acción del genio maligno cartesiano.

Una alianza cada vez más fuerte entre las nuevas tecnologías, la acumulación inédita de capital en un porcentaje mínimo de la población, y el vehículo de las ideologías de ultraderecha, forman un entramado que apunta a un objetivo concreto: manejar la voluntad de los hombres, no tanto por la vía del terror, sino mediante la manipulación del goce. Esto no es exactamente nuevo. A lo largo de toda la historia, los seres humanos han abrazado causas, acciones, han emprendido ingentes esfuerzos movidos por los afectos y no por la racionalidad. Más aún, la pretendida racionalidad puede muy bien estar contaminada por la influencia inconsciente del goce.

Lo que caracteriza a esta época actual es la degradación del orden simbólico, el desvanecimiento del Nombre del Padre y sus consecuencias: 

1) la indistinción entre la verdad y la mentira; 

2) la indiferencia entre lo legal y lo ilegal; 

3) la naturalización del exceso; 

4) el llamado al padre feroz que restaure el orden perdido.

Uno de los aspectos más interesantes del libro es el tratamiento de cuestiones en apariencia muy disímiles. ¿Qué relación existe entre el capitalismo emocional, la “autoritarianización” -que es un término con el que se designa la demolición del sistema democrático empleando los instrumentos propios de dicho sistema- con fenómenos tales como el yihadismo o la sectas? La respuesta vamos a encontrarla de la mano de la autora, que nos interna hábilmente en los mecanismos de la creencia, en algunos casos neurótica y en otros psicótica, para explicarnos cómo el debilitamiento de los ideales tradicionales (que han dado sin duda algunos frutos libertarios), ha desencadenado diversas modalidades del superyó feroz y tiránico. Mecanismos todos ellos que operan sobre el fondo común de la obscenidad.

Diría, para concluir este comentario, que el libro nos da un buen número de orientaciones teóricas y clínicas para comprender un poco mejor, con los instrumentos del psicoanálisis, este nuevo milenarismo que vivimos, en el que la ciencia ficción ha dejado de ser un género literario para convertirse en el argumento cotidiano de la realidad.

Gustavo Dessal, miembro AMP y ELP.

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