En esta presentación se plantea la pregunta que se presenta al final del análisis, en particular, la relación entre el acto del analizante que termina su análisis y el acto del analista.
Mauricio Tarrab nos presenta la idea de que el final del análisis no puede entenderse solo como la obtención de un saber, sino como un “pasaje” que implica una resignificación en la posición del sujeto en su relación con el saber, el deseo y el síntoma.
Lacan plantea que el final del análisis debe pensarse como un momento de “pasaje”, en el que el analizante atraviesa su fantasma. En este movimiento se produce una destitución subjetiva, donde cae la suposición de saber puesta en el analista y el sujeto se confronta con su debilidad.
Este momento no puede ser totalmente anticipado ni comprendido en el instante mismo en que ocurre; sus efectos se reconocen a posteriori, por sus consecuencias. Por eso, el pasaje de analizante a analista no se trata de un movimiento colectivo desde lo académico, ni ocurre al mismo tiempo para todos; este movimiento solo puede transmitirse a través del testimonio singular del “uno por uno”.
En este contexto aparece la cuestión del deseo del analista. De esta conferencia me llamó la atención esta frase: “Para el analista, el análisis transcurre en el barro”.
Mauricio, en su relato, subraya que no existe “el deseo del analista” como un universal, sino el deseo de un analista, siempre singular. Ese deseo no es puro, sino impuro, porque el final del análisis —el atravesamiento del fantasma, como final del análisis— deja restos. El analista, por tanto, no es alguien que haya alcanzado un saber completo, sino alguien que ha modificado su relación con su propio deseo. Por eso, un analista se define por su estilo, es decir, por su manera singular de hacer con su síntoma y con lo real que se le presenta en la experiencia analítica.
“Al final del análisis no se obtiene un saber como un trofeo”
Si hubiera un saber completo sobre el final del análisis, el psicoanálisis estaría cerrado. En cambio, lo que se produce es un deseo de saber: el analista queda del lado de un deseo de saber sobre el psicoanálisis mismo. Entonces, “el saber”, en lugar de ser algo que se posee, se convierte en algo perdido que funciona como causa del deseo.
Durante la discusión también se presenta la pregunta por el acto analítico, definido como un corte. El analista opera cortando, y ese corte no es simplemente una intervención técnica, sino una operación que participa “el analista trabaja en lo imposible de decir”; al cortar, aísla algo que está allí más allá de lo que el sujeto quiere decir, permitiendo que algo se inscriba y así dar paso a que lo nuevo pueda aparecer.
Para resumir, el final implica que el sujeto asuma la responsabilidad de concluir en un pasaje sin garantías, cuyos efectos se reconocen después y a partir del cual comienza otra cosa: una práctica y una relación con el psicoanálisis sostenida por el deseo de saber y por un estilo singular.
A modo de reflexión, resulta especialmente interesante que el final del análisis no se plantee como un punto llegada o cierre, sino como la apertura a una nueva posición frente al saber y al deseo. Esto permite pensar en el psicoanálisis más allá de la teoría y da cuenta de una práctica que exige una implicación subjetiva constante.
Huenmar Sanchez Belandria – Socia de la sede de Madrid de la ELP.