“Lacan hace bascular la prudencia institucional desde el deber ético. Es desde el interior mismo del discurso analítico que proviene el deseo de pedir un control, en un punto donde deber y deseo se anudan”
Eric Laurent, Su control y el nuestro.
Entiendo el control como el elemento invariante de la formación analítica aún cuando varíe su uso a lo largo de la misma, que, por otra parte, no tiene fin. Cuando La Junta me propuso organizar una Noche de Escuela alrededor del control pensé en invitar a dos colegas a trabajar en torno a la pregunta ¿Qué lugar toma y cómo se hace presente el control en distintos momentos de la formación analítica? Se lo propuse a Julieta, luego juntas pensamos en Florencia.
Con esta pregunta nos “juntamos”, nos “adherimos” unas tres reuniones en las que trabajamos distintos textos sobre el tema. Hoy podremos poner en común y conversar en torno a lo que cada una extrajo de esos encuentros.
Si elegimos la cita de Eric Laurent para el anuncio del trabajo de hoy, fue porque aborda la paradoja de la formación y del control en la orientación lacaniana . Elegimos esta frase porque entendemos que el control anuda deber, deseo y ética.
El control después del pase.
“Lacan no deseó jamás aliviar ni al analista ni a la Escuela de la parte que les corresponde. Por la formación que dispensa se juzga si una Escuela mantiene o no al psicoanálisis en el lugar que le corresponde en el mundo. Desde este punto de vista, análisis personal, control y enseñanza se encuentran entrelazado”
Eric Laurent. Su control y el nuestro.
En un texto sobre este tema, que escribí en 2018 decía:
Entiendo que deseo de análisis y control de la práctica mantienen una estrecha relación de topología moebiana, articulándose en los distintos momentos de la formación de un analista. Si sostenemos que es en el propio análisis donde se produce el deseo de analista, será en el control donde esa relación singular al psicoanálisis podrá verificarse. Es a partir de la ética del psicoanálisis que el control toma su valor.
El deseo de control no sería un deseo de saber acerca de la clínica, aunque eso esté presente, sino un deseo de mantener la orientación, orientación que nunca está del todo lograda y que se dirime con los avatares del caso (del paciente y del analista).
Cada practicante, entonces, hace distintos usos del control, según el momento de su análisis y de su formación.
Terminaba ese artículo con una pregunta en relación al control después del pase.
Me encontraba en ese momento transitando el tramo final de mi análisis y leyéndolo ahora puedo ver el modo en que la pregunta en torno al deseo del analista, al sinthome y al saber me trabajaba.
¿Qué puedo decir del control después del pase ahora, cuando han pasado poco más de tres años del final de mi tiempo de ejercicio como AE?
Confirmo lo que decía al inicio de elemento invariante de la formación, en el sentido lógico, aun cuando varíe lo que en el control se plantea o se juega. Esto es, mantengo un control periódico, sistemático, frecuente.
De hecho, en mi práctica el control se ha revelado aún más importante luego del pase y os intentaré decir por qué. Ese por qué tiene alguna relación con lo que decía en 2018: deseo de mantener la orientación. Y decía: orientación que nunca está del todo lograda.
Eso que ya vislumbraba se confirma después del pase. No hay final logrado en el sentido de sin restos, no hay orientación asegurada para siempre. Por eso el control se vuelve esencial, es el lugar donde se sigue trabajando la propia y singular relación al psicoanálisis y donde se controla la potencia y la delicadeza del acto analítico.
Miller en el Banquete de los analistas habla de lo insoportable de sus relaciones con el psicoanálisis que distingue muy bien de las relaciones con los analizantes. Y dice:
Si me permiten, esto vale para todo analista que tiene que dilucidar sus relaciones con el psicoanálisis. He aquí lo que marca los límites del tacto que implica el psicoanálisis como práctica, y que se transmite por el control, el cual no tiene ningún valor si se limita a pautar las relaciones del analista aprendiz-en la posición de aprendiz- con sus pacientes. El control no vale nada si no apunta más allá, esto es a sus relaciones con el psicoanálisis”[1].
De ser la mirada del Otro con sus múltiples declinaciones a Seguir, andando con mis pies que es el modo en que pude nombrar mi modo sinthomatico de continuar en soledad con otros. Una soledad que permite ver a los otros, seguir sola con otros. En la Escuela, esos otros son los que compartimos la misma causa y respetamos nuestras diferencias.
El pase liga indisolublemente a la Escuela, dije en una mis enseñanzas. En el final, no sólo se produce el pasaje de analizante a analista sino que la transferencia, que no se elimina, se dirige a la Escuela y uno queda enlazado al lugar que representa esa causa común en torno a un vacío.
En un texto que se llama La doctrina secreta de Lacan sobre la Escuela, Miller planteaba que : Lacan esperaba que los AE vinieran a inscribirse en ese lugar, es decir que testimonien, que crean lo bastante en el inconsciente como para haberle consagrado una parte de su existencia, de sus bienes, de su ser.
Es interesante la paradoja, se puede creer habiendo constatado la inexistencia del Otro? No es posible creer como modo de dar consistencia al Otro, no es posible creer en términos de la religión o de las diversas formas de creencia que velan la castración inherente al ser hablante, pero hay un creer en el inconsciente en tanto se trata de seguir siendo incautos y de volver una y otra vez a la posición analizante.
Para mi, en el pasaje de analizante a analista, hay algo del gusto por la diferencia que se decanta una vez se constata que todos estamos en el trabajo de hacer con el agujero. Entonces, el control es el lugar donde continuar despierto, donde continuar cultivando la relación de cada uno con el psicoanálisis y tratando los impasses que puedan surgir. La paradoja de nuestro “artefacto” es que al tiempo que necesitamos una suposición de saber para tocar lo real, esta suposición es también una defensa frente a lo real, la tensión que instaura esa paradoja está siempre presente.
Constato que luego del pase, hay lugares fantasmáticos a los que no se vuelve, hay modos de funcionamiento que no vuelven, hay también restos sintomáticos.
En un texto de hace un par de años, definí esos restos sintomáticos como una vacilación, una duda respecto de mi misma o de mi acto que me atrapa en algún momento, un momento de debilidad mental pasajera que sobreviene y que consigo distinguir bastante rápidamente la mayor parte de las veces.
Hacia el final de su enseñanza, Lacan define las alternativas del parletre con lo que Miller llamó la trilogía de hierro: debilidad, delirio o duperie (embaucamiento).
Estela Solano, en su texto el Control del parletre toma esta conceptualización como marco. Plantea pensar las dificultades que se tratan en el control en relación a los tres registros, y habla de los embrollos de la mentalidad que pueden sobrevenir al practicante. El final del análisis no inmuniza frente a los embrollos de la mentalidad aún cuando no se presentan igual que en otros momentos de la formación.
Del mismo modo, cuando Estela se refiere a la dimensión de lo real, resalta la importancia del cuerpo del analista, de su presencia. Dice: Es un cuerpo que asegura un “estar ahí”, una presencia encarnada, más o menos afirmada o discreta, borrada o bien activa, según los casos. Esto supone un saber hacer con el cuerpo en la dimensión del semblante. Pero puede ocurrir que el cuerpo del analista se convierta en un obstáculo para el mismo analista, y entonces los dichos del analizante producirán “acontecimientos de cuerpo” en él.
Así como el final del análisis no te convierte en analista, tampoco inmuniza respecto de los embates de lo real o de las contingencias que tocan un punto conmovedor. Hay situaciones de la vida y de la Escuela que tocan, que conmueven y que reactivan en alguna ocasión restos sintomáticos, y en otras, modos de respuesta de otrora que uno advierte, que no pasan inadvertidos, pero que retornan.
Me encontraba en un momento difícil en el que sentía angustia y este retorno de un modo antiguo de respuesta. Comento en el control: no estoy bien y ubico que ha sido a partir de una situación de la Escuela que estaba teniendo efectos en el modo en que me situaba en mi práctica, a la vez digo, estaba sensible por una situación familiar que me había tenido angustiada durante un tiempo. El analista de control dice Claro, y enuncia un significante que había tenido importancia en mi historia y que podía nombrar, podía ser una lectura de lo jugado en ambas cuestiones. Sorpresa y alivio que me permitió seguir, habiéndose resuelto el impasse.
Por último, una breve reflexión respecto de la práctica como analista de control. Es una práctica en la que me oriento por dos líneas de fuerza. En primer lugar la tensión entre saber y pasión por la ignorancia. Lacan planteaba que un psicoanalista debía estudiar, leer, saber muchas cosas pero a la vez preservar el no-saber radical frente al sujeto que viene a vernos. En uno de los textos que leímos Hebe Tizio, decía : un rinoceronte puede despertarte. La otra es la tensión que existe entre el texto que un controlante trae y su posición respecto del discurso analítico, su relación al psicoanálisis.
Para concluir, puedo decir que el control tanto cuando controlo mi práctica como cuando recibo a un practicante en control, es el lugar donde mantener el gusto y la satisfacción en la práctica del psicoanálisis.
[1] Miller J-A, EL banquete de los analistas. Buenos Aires. Paidós. 2005. Pág.10.
Gabriela Medin. AE. Miembro de la AMP y de la ELP.