MOLLY BLOOM, LA CARNE QUE SIEMPRE AFIRMA. (1)

“Insistes en que aplace la vida… ¿Hasta cuándo? La vida está ocurriendo ahora”.

 (Joyce, James. Stephen Hero, New Directions, New York, 1963).

Por Margarita Sánchez-Mármol – Socia de la Sede de Madrid de la ELP

En el corazón de la escritura.

Nos encontramos en el centenario del “Ulises” de James Joyce y “todavía estamos aprendiendo a ser sus contemporáneos”, como dijo Richard Ellmann en su monumental biografía sobre el autor irlandés. Un siglo después de su publicación, “Ulises” sigue siendo una máquina de producir enigmas, una obra ilegible, inextricable y laberíntica, que busca los límites de la literatura para luego traspasarlos.

Está considerada una de las mejores novelas del siglo XX y su lectura es todo un reto por su complejidad y extensión del texto. El relato se inicia a las ocho de la mañana del jueves 16 de junio de 1904 hasta las dos de la madrugada del día siguiente. Tardó siete años en escribirla y se publicó el 2 de febrero de 1922, coincidiendo con el mismo día del cuadragésimo cumpleaños del escritor. Varias veces rechazada y censurada por considerarse inmoral y obscena, finalmente, fue editada por Sylvia Bleach, dueña de la librería parisina Shakespeare and Company.

Su experimentalismo narrativo y estilístico no tiene precedentes. Se inspira en la “Odisea” de Homero, donde cada capítulo supone un particular cosmos descrito desde distintos estilos literarios, entre ellos, el llamado flujo de conciencia, que accede sin tapujos a la intimidad del pensamiento del personaje. Como señala Ricardo Piglia, Joyce prescinde del narrador que nos lleva de la mano por sus páginas como un guía turístico y abre paso a la función del monólogo interior.

Joyce escribía peligrosamente, creaba una superficie que reflejaba la inestabilidad de la realidad, un work in progress fluido, en oposición al estilo clásico. Le interesaba más lo potencial que lo actual, lo particular que lo universal y más lo oculto que lo consciente. Consideraba la escritura como un acto de aproximación a la experiencia, un acto de dar forma a lo que percibimos por los sentidos, del mismo modo que esperaba que el acto de la lectura conectara con lo extraordinario de la realidad cotidiana.

De esta manera, Joyce inventa un nuevo horizonte artístico. Es consciente de que las palabras son en gran medida un reflejo de la historia de la humanidad y quiere cambiar esa historia, quiere poner a dormir el lenguaje corriente y sus correspondencias habituales para alcanzar los signos líquidos del habla. Por este motivo, la lectura del “Ulises” se convierte en una experiencia singular y no es fácil atender a la lógica del texto.

Jung decía que “Ulises”, a primera vista, parece el monólogo de un esquizofrénico, pero hay que considerarlo como una especie de operación cubista en la que, como todo arte moderno, disuelve la imagen de la realidad en un cuadro ilimitadamente complejo, y cuyo tono lo debe la melancolía de la objetividad abstracta. Esta operación no destruye la propia personalidad como le sucede a un esquizofrénico, sino que transforma la imagen clásica del mundo para encontrar y fundar su propia personalidad.

Así, podemos decir que “Ulises” se escribe en el lenguaje, con el lenguaje y sobre el lenguaje. Pone a prueba todas las posibilidades de la lengua, porque le interesa la renovación de las letras y la capacidad de penetrar en el corazón de las cosas. Subvierte más allá de todo límite la técnica de la novela y sus personajes emergen desde lo más profundo de la condición humana, nos ofrecen una nueva imagen del hombre, una nueva imagen del mundo y de lo ignoto de la relación hombre-mundo.

Entonces, si leer “Ulises” es un ejercicio tan extremadamente complejo, ¿por qué nos atrapa su lectura? Podemos pensar varias razones, quizás una de las más relevantes es que su relato se abre al mundo actual y a nuestra propia vida a pesar de ser publicada hace un siglo. Además, su lenguaje ingrávido y sin ataduras es capaz de nombrar nuestros fantasmas más íntimos y crear nuevos vectores poéticos en nuestra mirada.

Los personajes femeninos en el “Ulises”.

Si nos centramos en las tragedias griegas, los interlocutores que proporcionan un sustrato psicológico y un marco reflexivo a la población, normalmente, eran los hombres y la cultura. La mujer quedaba excluida del fenómeno trágico, a excepción de algunos personajes como Antígona, Medea, Helena y otros personajes femeninos en pie de igualdad. En general, la figura de la mujer, el vencido o el extranjero representaban “lo otro”, es decir, la diferencia contrapuesta a la identidad ideal griega, ya que eran seres pasivos, vulgares, viscerales y sus acciones carecían de interés.

Sin embargo, el “Ulises” de Joyce difiere de la tragedia griega, porque proporciona dignidad a los personajes femeninos: Señala grandes acontecimientos, colorea con multitud de impresiones las cualidades extraordinarias de cada uno de ellos e introduce tantas formas de vida diferentes como mujeres. Asimismo, se aleja de las políticas de represión de la Irlanda patriarcal y católica de principios de siglo XX y presenta la figura de la mujer sin los tabúes de la época como son las pasiones contenidas, la infidelidad y la libertad sexual.

A diferencia de los personajes masculinos que encontramos recorriendo Dublín, la mayoría de las mujeres del “Ulises” se presentan en escenarios interiores y su presencia es más estática que la de los hombres. Por ejemplo, nos encontramos con Gerty MacDowell sentada en la playa seduciendo a Leopold Bloom, a su amante Martha Clifford sólo presente por carta, las prostitutas de Bella Cohen enclaustradas en el burdel y a Molly Bloom encerrada en su habitación casi un día entero, pero la quietud de nuestras protagonistas no resta importancia a sus acciones.

Con Molly Bloom crea a una de las mujeres más reales de la historia de la literatura y, sin duda, su monólogo interior supone una gran contribución no sólo a la cultura sino también al psicoanálisis. Lo más fascinante de todo, es tener en cuenta la época en que inventó a esta neoPenélope, que revela al mundo una nueva representación de la mujer totalmente espontánea, con deseos propios e imposible de clasificar.

Molly Bloom, la carne que siempre afirma.

Molly Bloom, es una mujer ebria de vida, que intenta leer cada latido del mundo. Su nombre real es Marion. Tiene treinta y cuatro años. No llegó a conocer a su madre y es hija única. No sabemos quién le pudo transmitir algo relacionado con la feminidad. Nació en Gibraltar, que describe como territorio donde “la mitad de las muchachas nunca llevan las bragas puestas”. (2).

Casada con Leopold Bloom. Ha tenido dos hijos: Rudy y Milly. La muerte de su primer hijo, Rudy, transforma el vínculo con su marido, lo sigue amando, pero ya no siente deseo sexual hacia él. Molly representa la carnalidad, pero también los sentimientos maternales. No es ni pura mujer ni pura madre es, a la vez, ambas cosas.

Se caracteriza por ser una mujer llena de fuerza, con personalidad de artista, cantante profesional. Atractiva, seductora, plenamente consciente de sus encantos físicos, pero se siente atrapada en su rol de ama de casa, esposa y madre. Da la impresión que aspiraba a algo más en la vida y se refugia en sus recuerdos.

Al contrario de lo que piensan algunos autores, no se trata de una heroína adúltera y desfachatada, sino de una mujer bloqueada emocionalmente después de la muerte de un hijo (Rudy), que acaba de tener relaciones sexuales con un amante por primera vez después de muchos años y que piensa contárselo a su marido al día siguiente.

En conclusión, existen multitud de textos que defienden el feminismo de Joyce a la vez que hay muchos otros escritos que lo acusan de misógino, aunque estas últimas acusaciones, como nos recuerda Karen R. Lawrence en “Who is Afraid of James Joyce?” muchas veces han sido opiniones de críticos no joyceanos.

NOTAS A PIE DE PÁGINA:

  1. (En la Carta a Frank Budgen, (París, 16 de agosto de 1921, en Selected Letters, p.258) Joyce escribe: “Weib. Ich bin der Fleisch der stets bejaht”, que significa: “Mujer. Soy la carne que siempre afirma”, juega con la descripción que Mefistófeles hace de sí mismo en el Fausto de Goethe: “Soy el espíritu que siempre niega”).
  2. (Joyce, James: Ulises. Cátedra. Madrid, 2011. p.869).

BIBLIOGRAFÍA:

Bloom, Harold. La ansiedad de la influencia. Una teoría de la poesía. Trotta. Madrid, 2009.

Derrida, Jacques. Ulises gramófono. Dos palabras para Joyce. Tres Haches. Buenos Aires, 2002.

Eco, Umberto. Las poéticas de Joyce. DeBolsillo. Barcelona, 2011.

Ellmann, Richard. James Joyce. Anagrama. Barcelona, 2018.

Gamerro, Carlos. Ulises. Claves de lectura. Interzona. Buenos Aires, 2008.

Joyce, James. Finnegans Wake. Cuenco de Plata. Buenos Aires, 2016.

Joyce, James. Poesías Completas. Visor. Madrid, 1987.

Joyce, James. Retrato del artista adolescente. Biblioteca LaOficina, 2017.

Joyce, James. Stephen Hero, New Directions, New York, 1963.

Joyce, James. Ulises. Cátedra. Madrid, 2011.                         

Lacan, Jacques. Seminario XXIII: El Sinthome. Paidós. Buenos Aires, 2006.

Larriera, Sergio. Sobre la tierra. Arena Libros. Madrid, 2022.

Marco, Zacarías. El tejido Joyce. Un recorrido por Retrato del artista adolescente. Arena Libros. Madrid, 2015.

Mazzinghi, Lucía. Recorrido por el Ulises de James Joyce. Tres Haches. Buenos Aires, 2005.

Merro, Daniel y Savino, Hugo. Mientras Dublín dormía. Fruto de dragón. Córdoba (República de Argentina), 2021.

Riaño, Peio. Todo lleva carne. Caballo de Troya. Madrid, 2008. 

Sabatini, Federico. Sobre la escritura James Joyce. Alba. Barcelona, 2011.

Margarita Sánchez-Mármol

@MarMarlon2

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