EL ACTO ANALÍTICO: DESEO Y HORROR
Saber cómo el psicoanálisis actúa no es fácil. Los efectos que produce el encuentro con un analista durante años hasta llegar eventualmente al punto de darlo por finalizado son muchos. Freud y Lacan dedicaron gran parte de sus esfuerzos conceptuales a poder asirlo. De estos esfuerzos se han decantado una serie de conceptos que hoy utilizamos con la naturalidad que da lo supuestamente sabido. Transferencia, interpretación, deseo del analista, acto analítico son algunos de ellos. Pero, precisamente la posición analítica nos obliga a no dar nada por sabido y a hacer cada vez una relectura de la doctrina analítica para contestar a las preguntas que se abren.
Este es el primer encuentro de nuestra sede para preparar las XXIV Jornadas de la ELP que tendrán por título “El acto a-tiempo. Clínica de las consecuencias”. A falta del texto de presentación de las jornadas, el título nos pone directamente a pensar en la clínica, en las consecuencias del acto y en la variable tiempo en lo que al acto se refiere.
Pensar en las consecuencias del acto en la clínica nos pone en una disyuntiva: ¿Daremos cuenta de las consecuencias del acto a-tiempo en la clínica desde el lado de analista o desde el lado de analizante? No es una pregunta banal, ya que hay dos perspectivas del acto analítico: la del analista que “supone” los “efectos” de su intervención en el analizante y que trata de dar cuenta en la construcción del caso de la lógica de lo sucedido y la del analizante que constata que hay un antes y un después tras algo ocurrido en sesión de lo que el analista con su intervención ha sido intermediario, de los que solemos saber por los testimonios de los AEs.
Mientras que cómo analistas que construimos un caso y que tratamos de leer los efectos de nuestros movimientos en el analizante no podemos dejar de movernos en las brumas de la suposición, como analizantes se impone la certeza de que el acto analítico ha tenido lugar por sus efectos.
Esto nos deja en la posición de analista entre el deseo de poder ser vehículo del acto analítico que suponga un antes y un después a nuestros analizantes y el horror a errar y no poder lograrlo. Nada está garantizado.
Del lado del deseo contamos con la orientación del trabajo permanente en la formación del analista: el propio análisis, el control de la práctica, el trabajo clínico y epistémico en la comunidad de la Escuela y el saber acumulado a partir de las enseñanzas de Freud, Lacan o Miller.
Del lado del horror nos encontramos con los escollos que acompañan inevitablemente al acto analítico que el saber analítico nos ayuda a reconocer.
A falta del trabajo que previsiblemente realizaremos el próximo año en el Seminario del Campo Freudiano del Seminario 15 sobre el acto analítico (1967-1968), he decidido apoyarme en algunas afirmaciones de dos textos de Lacan para iluminar algunas orientaciones que nos permitan, al menos, crear las condiciones para que el deseo del acto analítico que el analista personifica se haga efectiva y para estar advertidos de los escollos que dificultan que el analista pueda garantizar que será vehículo de dicho acto analítico. Los dos textos a los que me refiero los encontramos en Otros escritos y son:
– “El acto psicoanalítico” (R), reseña del seminario 15 realizada por Lacan en junio de 1969, para el anuario de la Escuela Normal Superior donde dictó su seminario.
– “Discurso a la Escuela Freudiana de París” (D) que fue publicado en 1970 en Scilicet y que consta del discurso que dio Lacan en diciembre de 1967, tras la presentación de la “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela” y tras una segunda reunión de discusión y voto consultivo sobre la proposición que tuvo lugar el mes de noviembre del mismo año, y un comentario posterior que se escribió para la publicación en 1970.
Y, si nos da tiempo, para ilustrar los entresijos del acto analítico y sus consecuencias, incluyendo el hiato entre la perspectiva del analizante y la del analista, tomaremos el testimonio de Bernard Seynhaeve que aparece en el seminario de Sutilezas analíticas, ya que se da la circunstancia de que Miller fue el analista artífice de uno de los actos analíticos relatados en el testimonio.
He extraído de estos textos una especie de decálogo de orientaciones y de escollos que las acompañan para empezar a conversar sobre lo que nos puede ayudar a crear como analistas las condiciones del acto analítico, estando advertidos de su dificultad:
1.- “EL ACTO ANALÍTICO SE AVIENE A ZAFARSE DE LA CAPTURA EN LO UNIVERSAL”. (R. p. 399)
El acto analítico no es universalizable, por mucho que nos conmueva una intervención de un analista relatada en un caso clínico o en un testimonio de análisis no es posible tomarlo por un universal que servirá de modelo a nuestras intervenciones como analistas. No hay universal ni siquiera en el fuera de sentido. No es posible buscar un “tipo” de intervención para tener garantía de que funcionará como acto analítico. Solo la singularidad del momento sostiene la razón del acto.
2.- “EL ACTO ACONTECE POR UN DECIR, A PARTIR DEL CUAL EL SUJETO CAMBIA”. (R. p.395)
En esta frase encontramos dos partes. Primero, que el acto analítico acontece por un “decir” y no por un “dicho”. En la intervención que devendrá acto analítico está en juego el real que empuja al analista a producir ese “decir” que puede tomar también la forma de un silencio, un gesto. No es pues solo la materialidad de lo que dice o no dice el analista, sino que es el real que soporta ese decir en el momento preciso del acto el que sostiene su efectividad.
En segundo lugar, como consecuencia de ese decir es necesario que el sujeto cambie para que se produzca el acto. Lacan continúa diciendo, entonces, que “Andar no es un acto sólo porque se diga “eso anda” [es decir, por el mero deseo de que funcione el “decir”] o incluso “andemos” [es decir, porque se opere desde la sugestión más o menos imperativa para que el cambio se produzca], sino porque hace que “yo llego allí” se verifique en él [es decir, porque se produce un efecto].
3.- “[Desde el momento en que] NADA PUEDE HACER QUE EXISTA UN PSICOANALISTA, SINO LA LÓGICA EN LA QUE EL ACTO SE ARTICULA EN UN ANTES Y UN DESPUÉS, ES CLARO QUE LOS PREDICADOS PASAN A DOMINAR, A MENOS QUE ESTÉN LIGADOS POR UN EFECTO DE PRODUCCIÓN”. (R. p. 399)
Lo que hace existir el acto del analista es que se produce un antes y un después, por lo tanto, son las consecuencias del acto, es decir, los predicados, en plural, además, lo que sigue al acto, lo que tiene el protagonismo en el acto analítico. Pero con una advertencia de Lacan, no cuando los predicados están ligado a un efecto de producción, es decir, si la intervención del analista se hace desde el lugar de querer “producir” un efecto.
4.- “EL PSICOANALISTA EN EL PSICOANALISIS NO ES SUJETO, Y QUE POR SITUAR SU ACTO EN LA TOPOLOGÍA IDEAL DEL OBJETO a, SE DEDUCE QUE ES POR NO PENSAR QUE Él OPERA”. (R. p.397)
La advertencia lacaniana de la anterior aseveración nos sitúa en un punto fundamental del acto analítico, no es el sujeto del analista el que produce el acto, no es el sujeto que trata de hilar un S1 a un S2 para decir algo al otro lo que se juega en el acto, sino que hay una destitución subjetiva de la que se deduce que el acto se produce desde el “no pensar” del analista. Esto es así, incluso cuando el acto se produce desde una afirmación del analista en tanto sujeto, lo que actúa está por fuera de la cadena significante S1-S2, se ubica en la “topología ideal” del objeto a que es precisamente la externalidad de la articulación significante.
5.- “[El control] ES OTRA COSA QUE CONTROLAR UN “CASO”: [es controlar] UN SUJETO (SUBRAYO) AL QUE SU ACTO SOBREPASA, LO CUAL NO ES NADA, PERO QUE, SI ÉL SOBREPASA SU ACTO, PRODUCE LA INCAPACIDAD”. (D. p. 284)
Para que se dé un acto analítico, el acto ha de sobrepasar al sujeto analista, aunque el que su acto sobrepase al analista no garantiza que haya acto analítico del lado del analizante, por eso añade Lacan el “lo cual es nada”. Pero lo que es claro es que, si el sujeto sobrepasa el acto, si hay más sujeto que acto en la intervención del analista, entonces lo que se produce es la incapacidad para el acto. Por eso, Lacan insiste que en el control de lo que se trata es de controlar al sujeto que hay en el analista, para que haya la oportunidad de que se dé el acto, y no reine, en cambio, la incapacidad para el acto.
6.- “EL MARGEN AQUÍ REVELADO ENTRE EL ACTO Y LA DIGNIDAD DE SU PROPÓSITO [margen revelado por la destitución subjetiva del analista] SOLO HA DE TOMARSE PARA INSTRUIRNOS ACERCA DE LO QUE CONSTITUYE SU ESCÁNDALO: O SEA, LA FALLA VISLUMBRADA DEL SUJETO SUPUESTO SABER.” (R. p.396)
Todo acto, no solo en el acto analítico, es signo de la falta en el Otro, de la inexistencia del Otro, de la falla en el Otro para afrontar, pasar, sostener, para responder a algo con la que se confronta el sujeto.
En el acto analítico, lo que aparece precisamente es la falla del Otro que sostiene el análisis, el sujeto supuesto saber, encarnado en el analista que realiza el acto. El analista, como no sabe, hace y produce un efecto a distancia de su propósito.
Si bien sostener, desde el lado del analista, la suposición de saber es necesaria para que el analizante se ponga en marcha y no hay creencia en el inconsciente sin creencia en el sujeto supuesto saber, no es posible terminar un análisis sin que la creencia en el sujeto supuesto saber caiga.
La distancia entre el acto y la intención del acto por parte del analista nos enseña acerca de la ilusión del sujeto supuesto saber y nos advierte de situarnos como analistas a un lado de la identificación con el sujeto supuesto saber.
El analista en el acto analítico es instrumento de algo que actúa en el analizante, que es distinto a su propósito. De alguna manera en el acto analítico el analista actúa sabiendo algo que no sabe. Lo veremos bien ilustrado en el caso de Miller como analista vehículo del acto en el caso de Seynhaeve.
7.- “MI DISCURSO NO APACIGUA EN NADA EL HORROR DEL ACTO ANALÍTICO. ¿POR QUÉ? PORQUE ES EL ACTO, O MÁS BIEN SERÍA (si se llega a dar), EL QUE NO SOPORTA EL SEMBLANTE”. (D. p. 298)
El semblante está hecho de simbólico e imaginario que, por un lado, “disimula” lo intolerable del goce, pero que, por otro lado, permite hacer algo con él. El acto analítico, al no soportar el semblante, al desvelar lo que hay detrás de los semblantes, es la bisagra que permite atravesar el velo del semblante para tocar algo de lo real. Pero a la vez, no es posible ser vehículo del acto analítico sin hacer uso de determinados semblantes.
Así, es más fácil decir que sostener el acto que no soporta el semblante, por eso Lacan habla de horror que el discurso, que siempre es semblante, no apacigua. Sabemos del acto analítico porque lo hemos experimentado como analizantes o como analistas, pero no hay semblantes que puedan asirlo, para así aprenderlo o enseñarlo.
El acto analítico no soporta el semblante, es un movimiento que apunta directamente a lo real, a lo intolerable del goce.
Como analista nos situamos en una línea fina que Lacan nos muestra: el acto analítico abre lo que funda la economía del goce, “pero al abrirlo, lo cierra al mismo tiempo y se suma al semblante”, aunque se trate de “un semblante no tan imprudente, que intimida todo lo que pone el mundo allí como formas”.
8.- “EL PSICOANALISTA SE HACE OBJETO a. SE HACE, ENTIÉNDASE: SE HACE PRODUCIR; OBJETO a, CON EL OBJETO a”. (R. p.399)
Es una de las más claras orientaciones que nos da Lacan como condición del acto analítico. Para que el analista pueda ser vehículo del acto analítico, no solo es necesario que se destituya como sujeto, que consista a no pensar, también se ha de hacer producir como objeto a del analizante, ofrecerse como receptáculo de lo intolerable del goce que habita en el analizante, para que su movimiento devenga movimiento que toque lo real de ese goce singular que el analizante deposita en la sesión.
9.- “EL ANALISTA DEPENDE DE SU ACTO AL LOCALIZARSE A PARTIR DE LO FALAZ DE LO QUE LO SATISFACE, AL ASEGURARSE POR ÉL [por el acto] DE NO SER LO QUE ALLÍ SE HACE”. (D. p. 290)
Solo hay analista si hay acto analítico, no hay analista por el mero hecho de localizarse a partir de la falaz satisfacción de “ser psicoanalista”. El analista para poder ser vehículo del acto analítico tiene que separar su ser del acto, “asegurarse” dirá Lacan de no identificar su “ser” con lo que se hace en el análisis.
Esto nos permite entender, cuando Lacan habla del acto analítico como el paso de psicoanalizante a psicoanalista, de otro modo. Se descubre este paso por primera vez en el final del análisis, pero es un paso que hay que dar cada vez, con cada analizante, para separarse del ser de sujeto, del ser “psicoanalizante” dividido por su inconsciente y afectado de su goce, para poder transformarse en analista cada vez que logra ser medio del acto analítico. Satisfacerse en la creencia en “ser psicoanalista” no puede sino obstaculizar el acto analítico.
10.- EL PSICOANALIZANTE HACE AL PSICOANALISTA (R. p.399)
Es el psicoanalizante el que hace al psicoanalista, es el que lo produce como objeto a y es el que ratifica que determinada intervención ha devenido acto analítico. El analizante no puede ahorrar al psicoanalista “ese deser con el que está afectado”. (D. p. 291)
Para poder sostenerse como analista en ese vacío, el analista cuenta con su propia experiencia del análisis en la que ha surgido el deseo extraño, el deseo del analista, de querer ocupar ese lugar para otros analizantes, tal como nos indica Lacan en la “Proposición del 9 de octubre sobre el psicoanalista de la Escuela” (P. p. 272)
Veamos ahora como se ilustran algunos aspectos del acto analítico, tanto del lado del analizante como del lado del analista, en el caso de Bernard Seynhaeve, en la clase titulada “Se terminó, entonces el pase”, del 25 de marzo de 2009 en Sutilezas analíticas (SA).
En esta ocasión, Seynhaeve presenta su análisis reducido al tiempo lógico entre dos intervenciones del analista del momento que devinieron acto analítico, tiempo que permitió el desarrollo de “las circunvoluciones del inconsciente transferencial” hasta llegar a “la sustancia gozante oculta en el parloteo”.
Para que las intervenciones de los analistas se convirtieran en “acto analítico”, Seynhaeve nos dirá que era necesaria la transferencia previa hacia la persona del analista, no hubiera sido lo mismo que cualquiera en cualquier otra circunstancia hubiera dicho lo que dijo el analista.
Nos cuenta Seynhaeve que un día, a la salida del consultorio, tras dos años de cura, ocurre una conversación aparentemente banal en el inicio. El analista pregunta: “¿Qué es eso, esa cicatriz en su mejilla?”, a lo que él contesta: “¡Oh, una tontería, un quiste cutáneo que me hice quitar!”, entonces el analista sentencia mirándole a los ojos: “Usted tendría que haberme hablado de eso”. La conjunción de esta afirmación con la mirada se dirige directamente a lo real del goce de Seynhaeve y le produce una reacción de angustia que produce esa noche una pesadilla y un episodio de enuresis. Seynhaeve nos dirá que la intervención del analista fue entendida como una demanda: “Debería hablarme de la castración”, lo que desató un síntoma de fobia para acostarse por temor a la enuresis y cuando lograba dormirse se despertaba por temor a sueño de castración.
Con esta intervención y con este síntoma se inicia un largo periodo del análisis de Seynhaeve, un periodo de cifrado y desciframiento del inconsciente transferencial.
Seynahaeve dirá que esta intervención devino acto analítico con consecuencias porque se dieron tres condiciones:
a) La intervención tocó lo real, tocó en el corazón mismo del goce del parlêtre.
b) El analizante creía en el inconsciente, gracias a la suposición de saber en el Otro.
c) La intervención venía del analista tras un tiempo en el que la transferencia se había asentado, en tanto que el analista había sido producido como objeto a del analizante, albergando lo insoportable de su goce en él.
Esto permite que se enganche el fantasma en la cura.
Pasan años, incluso el cambio de analista en dos ocasiones, en los que Seynhaeve se muestra como un analizante dócil, que respetaba la regla analítica e intentaba deslumbrar al analista con el material de sus fantasmas.
Hasta que llega una intervención, en esta ocasión de su último analista que fue Miller, que también devendrá acto analítico. Tras largo tiempo de desarrollo de las interpretaciones del analizante, el analista corta la sesión y le mira a los ojos y le dice: “Usted ama demasiado sus fantasmas”. Seynhaeve nos indica que esta intervención produjo un sismo subjetivo, al sentirse descubierto en el goce de descifrar su fantasma. La intervención resulta acto analítico al haber tocado “un goce ignorado” por el analizante.
Como consecuencias del acto se desata una angustia que durará dos años y se inicia el “atravesamiento del desierto”, en tanto que se corta la cadena significante, se destapa la vanidad del sentido, se reconoce el goce que acompañaba a la producción de sentido, se produce en el analizante la convicción de que nada merece ser dicho y las sesiones se desarrollan en silencio, en la pura presencia de los cuerpos. Hasta que, tras dos años de angustias y silencios, a raíz de un sueño, se produce un efecto que Seynhaeve califica de “boomerang” y permite reconocer la construcción y el atravesamiento del fantasma (“Miedo/deseo de los golpes del padre/analista”). La angustia cayó, y apareció un primer deseo de hacer el pase, que fue parado por analista, al decir: “Todavía no se terminó”, en lo que Seynhaeve entiende que todavía falta un paso suplementario hacia lo real, falta la caída del sujeto supuesto saber que todavía era amado por él. Una vez más el acto se transforma en tal, al levantar un trozo de velo que aún tapaba el acceso a lo real.
En los meses siguientes, se producirá otro sueño a partir del que se dará el final del análisis. Se trata de un sueño en el que el analizante lee:
a) La separación del Otro, en la transformación del padre (pater) en una pasta gelatinosa sin interés (patê)
b) La separación de la mirada, objeto pulsional privilegiado por el analizante
c) La identificación al resto cuya forma significante (patê de tête) que no era un significante más, sino que deja escapar lo real en su tentativa de nombrarlo. (SA, p. 207) Un resto en el que el sujeto se reconoce como “pobre ignorante que quería saber”. (SA, p.208)
d) La caída del analista como semblante, como continente vacío que ha sostenido durante todos esos años el deseo de saber del sujeto. (SA, p.208)
En su comentario, Miller se muestra sorprendido por su acto: “Usted ama demasiado sus fantasmas”. Dirá que el pase de Seynaheve le enseña “hasta qué punto las interpretaciones del analista son creación del analizante”, hasta el punto de que arma una afirmación radical: “El analizante forma parte del concepto de interpretación”. Miller muestra sin ambages su separación del acto, dice “no tener ni la menor idea- y ciertamente tampoco deseo- de provocar angustia al analizante”. Aprés-coup, puede leer su acto como que “hay un tiempo para gozar de hablar y un tiempo para dejar de gozar de hablar” (SA, p. 213). Y que tras muchos años de análisis de Seyhaeve pudo quizás vislumbrar que era “un momento en que gozar de hablar bloquea el acceso a lo real” (SA, p. 214). Pero es una lectura que hace a posteriori.
Por lo que podemos deducir que hay un desdoblamiento necesario del analista: uno es el analista del acto, para el que hay mucho desconocimiento y para el que sus intervenciones son siempre apuestas, riesgos que se corren sin saber cuál devendrá acto para el analizante; y otro, es el analista que en el control de su práctica y en el trabajo de Escuela puede hacer una lectura apres coup de su acto, para acercarse un poco más a entender cómo actúa el psicoanálisis.
Eric Laurent terminará la clase diciendo: “El acto analítico es, entonces, un modo de performativo que realiza algo (…), algo del goce es suficientemente tocado como para transformarse.” (SA, p. 218)
Esperanza Molleda, miembro AMP y ELP.