Tres apuntes sobre lo Uno y lo Múltiple.
Primer apunte. La fundación de la ELP fue el momento de concluir de veinte años de vida grupal para dar paso al Uno de la ELP. Veinte años en los que el deseo de Escuela se abrió paso antes de que esta surgiera como sujeto de derecho. Este deseo propició un Uno que operó como Ideal del yo para los que nos incorporamos, uno por uno. Se trataba de confluir en la Escuela de Lacan, no en la de Freud, es decir en la Escuela del pase, la garantía, el cartel, el control, alrededor de un real: la inexistencia de El analista, que obliga a una lógica colectiva sostenida en la transferencia de trabajo, en una conversación permanente de la que se deduce una orientación. Por supuesto, esto no anuló de un día para otro lo que alimenta la lógica grupal. Así lo advirtió Miller la mañana de la fundación en su alocución a la ELP.
Segundo apunte. 15 días después de la fundación de la ELP Miller desarrolló la Teoría de Torino sobre la Escuela sujeto -ampliando algunos puntos introducidos ya en Madrid- como el lugar de enunciación del Ideal en la Escuela según dos modalidades distintas: Por un lado, un discurso emitido desde el lugar del Ideal que consiste en poner en oposición un «nosotros» y un «ellos».
Por otro, un lugar del Ideal desde el que puede ser emitido un discurso opuesto, que consiste en enunciar interpretaciones. Interpretar al grupo significa disociarlo y reenviar a cada uno de los miembros de la comunidad a su propia soledad, a la soledad de su relación con el Ideal. El primer discurso es un discurso masificante que se funda en la sugestión. El segundo es interpretativo y desmasificante, es un análisis de la sugestión de grupo.
Surge entonces una paradoja relativa a lo Uno y lo múltiple: si cada uno es reenviado a su propia soledad, separado del significante amo, ¿cómo podría sostenerse una comunidad?
Esta es la paradoja de la Escuela y su apuesta, que presupone, en efecto, que sea posible una comunidad entre sujetos que conocen la naturaleza de los semblantes y cuyo Ideal, el mismo para todos, no es otra cosa que una causa experimentada por cada uno a nivel de su propia soledad subjetiva, como una elección subjetiva propia, una elección alienante, incluso forzada, y que implica una pérdida. Cada uno está solo: solo con el Otro del significante, con el propio fantasma, con el propio goce éxtimo. La Escuela es una formación colectiva en la que la verdadera naturaleza de lo colectivo es sabida. No es una colectividad sin Ideal, sino una colectividad que sabe lo que es el Ideal y lo que es la soledad subjetiva. La Escuela es una suma de soledades y este es el sentido de nuestra fórmula «uno por uno». Esta suma de soledades presupone el más uno. ¿Qué Uno es? Este es en primer lugar la «causa freudiana». Que Lacan ha interpretado, decantado, formalizado, partiendo del deseo de Freud, para erradicarlo del fantasma paterno hasta obtener la forma del deseo del analista. Este deseo no es un deseo puro, es el deseo de separar al sujeto de los significantes amo que lo colectivizan, de aislar su diferencia absoluta, de subrayar la soledad subjetiva e incluso el objeto plus de goce que se sostiene sobre ese vacío y al mismo tiempo lo colma. Este es el deseo de Lacan. De él deriva la Escuela.
Este deseo es una orientación y una Escuela no está obligada a tenerlo, puede contentarse con tener una burocracia y agrupar a cierto número de amos autónomos, cada uno en su rincón que se dejan mutuamente en paz y se encuentran de vez en cuando para hacer conferencias, presentar libros, repartirse el pastel. Es un modelo posible, es la democracia de los amos, cada uno independiente, habiendo encontrado cada uno su excepcionalidad y que podrían abstenerse de la noción de orientación y por tanto, de la transferencia de trabajo.
Tercer apunte. La orientación no es sólo ni fundamentalmente la referencia común a unos textos, es la transferencia fundada en una crítica recíproca, en una conversación permanente. La fuerza y el éxito de una Escuela, su pase, el pase de la Escuela sujeto, como señaló J.A.Miller en Punto de capitón, radica en una potente transferencia de trabajo, en el compromiso de sus miembros.
Un deseo así sólo nace de un análisis orientado por lo real pues, en definitiva, la dificultad que encuentra el trabajo de la Escuela es el mismo que la resistencia al trabajo analítico, el horror al saber sobre el propio goce. Sin este deseo, la Escuela se duerme, deja de existir, se reduce a su estructura burocrática. Pero, ¿acaso no es esta su pendiente natural, la de una institución cuya causa convoca su propio desconocimiento?
Veinticinco años después, seguimos confrontados a las paradojas y al desafío que supone una Escuela así, la escuela sujeto, el organismo en el cual debe cumplirse un trabajo que en el campo que Freud abrió, restaure el filo cortante de su verdad, que vuelva a llevar la praxis original que él instituyó con el nombre de psicoanálisis al deber que le corresponde en nuestro mundo y que, mediante una crítica asidua, denuncie en él las desviaciones y las concesiones que amortizan su progreso al degradar su empleo.
Andrés Borderías, miembro AMP y ELP.