El compromiso con la causa analítica

Cuando tuve la grata sorpresa de ser invitado a participar en esta celebración y me comunicaron el tema, lo primero que pensé fue cómo surgió en mí este compromiso con la causa analítica. Y lo primero que reconocí fue mi compromiso con el psicoanálisis ya desde la universidad y su despliegue a lo largo de los años. Sin embargo el sintagma “causa analítica” me era ajeno. Las aristas de esta extrañeza se fueron limando poco a poco en la medida en que el concepto de Escuela iba mostrando sus contornos. Esta trayectoria no fue fácil pero fue apasionante. Puso en juego el compromiso de cada uno, pero no sin los otros, para compartir una causa que pusiera en jaque las identificaciones y nos enfrentara a nuestra propia división, se trataba de juntar sin hacer amalgama. Desafío siempre permanente.

Mis pesquisas sobre el compromiso, al menos en mi vivencia, atraviesan tres momentos marcados por tres síes, cada uno con su propia impronta.

En los movidos y frívolos años ochenta apareció en nuestras vidas el Campo Freudiano, anunciando en la lejanía una “escuela que no era de calor” como nos sugerían los delezianos de Radio Futura, pero para la que sí hacía falta valor. Valor que jugó su partida en esos años de incertidumbre, de cuestionamiento de nuestro quehacer, de nuestra forma de organizarnos. El Sí al Campo Freudiano pasaba por nuestra propia desaparición como grupos de psicoanálisis. Fueron los años del consentimiento, fueron los años en los que consentimos con cierta desconfianza y escepticismo y algún desasosiego, pero consentimos en disolvernos con la “confianza renovada” de encontrar una forma inédita de estar juntos y emprender el recorrido hacia el siguiente Sí. No quiero dejar pasar por alto el papel fundamental, en estos momentos fundacionales, de Judith Miller que siempre te regalaba con un sí, con un “hágalo” cuando el deseo en relación con la causa se ponía en juego.

El fruto de estos años de incertidumbre, pero no de improvisación, fue la creación de la Escuela Europea de Psicoanálisis. Y le quiero dar al término “creación” todo su peso, hubo que vencer muchas dificultades, por parte de todos y cada uno, para crear una escuela en España. No era fácil dar forma a este segundo Sí. Fueron cientos de reuniones, compartidas con Jacques-Alain Miller y Eric Laurent; largas y pesadas, tan pesadas como intensas y tan intensas como enriquecedoras. Había que pulir pequeñas cosas, y dedicarles mucho tiempo, para que algunas no tan pequeñas tuvieran lugar; como por ejemplo la famosa “Pregunta de Madrid” que ponía el acento sobre la entrada en la Escuela a escasos meses de su creación y que dio lugar la Coloquio Ornicar? en enero de 1991 en París y meses después al Debate en Madrid sobre el “Pase a la entrada”. También quiero que no nos olvidemos de un tema que en su momento cobró gran importancia el “affectio societatis”. Tal vez este “affectio” no fue suficiente para que ocho años después esta escuela encallara.

En el 98 entró en una crisis de la que no pudo salir. Hubo que remontar un vuelo, hubo que reeditar otro SÍ, ya no podíamos concebir el psicoanálisis sin una Escuela que velara por la “causa analítica”. Y nos empeñamos, con ahínco en la fundación de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, superando separaciones, con “la ilusión de un porvenir” que sabíamos nuestro. La elaboración de los estatutos de nuestra ELP fue, estoy seguro que para muchos de nosotros, un momento más poético que administrativo. Tal vez por eso hoy podamos celebrar este cuarto de siglo de existencia; no es poco, es mucho.

He intentado con estas, seguramente sesgadas pesquisas, mostrar como el compromiso con la “causa analítica” no es sin la escuela, y que es necesaria para que, como nos recordaba un querido colega y amigo: algo de la causa de en el blanco a pesar de cada uno y a través de cada uno.

Muchas gracias

Javier Garmendia, miembro AMP y ELP.

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