NO HAY IDENTIDAD DEL ANALISTA.


Agradezco la invitación para decir unas palabras en la sede de Madrid en conmemoración de la fundación de la ELP el 6 de diciembre del año 2000. En ese momento yo no era todavía miembro de la ELP. Es decir que no soy de los fundadores de la Escuela, formo parte de la segunda generación de miembros que llegaron una vez que ya estaba creada. Supongo que he sido convocado en consideración de que fui presidente de la ELP (2014-2016) y nominado AE en el período de 2013-2016. Se podría hacer un largo desarrollo sobre la no identidad del analista, pero no es el momento por falta de tiempo.

Quiero poner el acento en el hecho de que cuando me autoricé a la práctica privada del psicoanálisis emergió la angustia y esa fue la razón principal por la que inicié mi segundo análisis. La angustia aparecía porque estaba excesivamente preocupado por encontrar una orientación para la clínica. Esa fue una de las condiciones para elegir un analista experimentado que, además, había sido AE.
En mi caso se trataba del cambio que suponía tratar el malestar y el sufrimiento desde el saber de la ciencia y del sentido propios de la práctica médica de la que procedía, a la dificultad de la orientación hacia lo incurable del síntoma, hacia lo real. En el discurso analítico no hay un saber sobre el inconsciente del analizante, ni sobre el real en juego de cada uno.
En realidad, tardé algunos años más en darme cuenta de que más allá de que la práctica clínica es orientada, sin embargo, la identidad del analista es lógicamente inconsistente, no hay identidad, no hay una respuesta a la pregunta por lo que es un analista. El saber del que se trata, en última instancia, es el producto del propio análisis e incluso una vez que se da por finalizado continúa siendo lógicamente
inconsistente y uno queda en posición de analizante. De ahí la importancia, de la práctica del control en la que es fundamental estar advertido de los restos fantasmáticos y sintomáticos que restan al final de un análisis.
Lacan coloca, en el epicentro de la Escuela, el agujero abierto por el hecho de que no hay una respuesta a la pregunta sobre lo que es EL Analista. Sobre esta imposibilidad Lacan responde con el dispositivo del pase que permite una aproximación en el uno por uno. Hay la serie, uno, uno y uno y esto quiere decir serie. El analista no existe quiere decir que los analistas forman serie, sucesión.


No hay identidad, pero queda un estilo para habitar la Escuela, y también de ejercer la clínica. Cada uno encuentra a partir de su sinthome una manera de sostener el discurso. En mi caso, se trata de habitar el psicoanálisis entre diferentes lenguas, la propia y la de Lacan, es decir sostener el discurso analítico como un ciudadano sin patria, que trasciende lo local.


Esa ha sido mi experiencia de formación lo que ha permitido el encuentro con otras Escuelas, hacer un lazo con otros que descompleta siempre la visión reduccionista y las dinámicas imaginarias propias de lo local. Como el objeto a, lo más íntimo y extimo del sujeto, uno tiene un grado de pertenencia, habita un lugar y al mismo tiempo es extraterritorial al mismo.
Entonces es a partir de la propia experiencia analítica que la autorización se sostiene desde otro lugar. No hay un punto de basta, ni una última palabra en el final del análisis, sino restos que pueden ser operativos que pueden permitir hacer su propio camino para tratar el malestar y el síntoma.

Santiago Castellanos, miembro AMP y ELP.

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