Dos libros, un mismo acto: trazar un diagnóstico del nuevo malestar en la cultura. Si Ultraderechas es advertencia, Punto de emancipación es apuesta. Si en uno se piensa el síntoma epocal, en el segundo se lo interroga en conversación.
Ultraderechas no es un libro sobre la política: es su torsión pesadillesca; es un gran intento de apalabrar como el goce se organiza como programa, como economía del odio, como gramática de la crueldad. Parte del espanto para leer el síntoma cuando se vuelve poder, retórica del insulto. Aquí no hay nostalgia por las formas perdidas de la democracia; hay duelo por su cadáver aún caliente.
Ultraderechas es el nombre propio de una mutación que deja sin lengua a la política y sin sujeto al sujeto. No es un manual de urgencia para tiempos de alerta democrática ni un catálogo de horrores ideológicos para el consumo.
Es una interrogación persistente sobre el modo en que el capitalismo neoliberal, en su fase terminal, produce sus propios monstruos como forma de continuidad. Y los produce no a pesar del discurso democrático, sino desde su interior.
Una formulación inédita de la laceración como régimen, del odio como contrato social, del fantasma fascista alimentado por el nihilismo.
Su originalidad radica también en la manera singular en que trama texto y escritura desde un psicoanálisis que se arriesga a lo político sin dejarse capturar por ninguna retórica militante.
Hay otros libros sobre la ultraderecha. Análisis políticos, crónicas del ascenso del autoritarismo, estudios sociológicos sobre la pos verdad. Ultraderechas no repite esos recorridos; no ofrece datos, no organiza estadísticas, no traza genealogías ideológicas. Alemán lee el síntoma; lo interroga desde la economía libidinal que lo sostiene, desde la pulsión de muerte desatada en la psicosis social en su forma distópica.
Parte de una hipótesis: la ultraderecha no es una anomalía, es el reverso lógico del neoliberalismo; un mapa político del modo en que la Historia ha devenido una maquinaria de devastación subjetiva.
Por eso su escritura, desarmada, fragmentaria, herida, da forma al desastre. Ya es su estilo valerse de entradas breves; se trata de un modo de pensar y escribir que interrumpe el relato continuo del sentido. Cada texto marca y corta, porque el pensamiento no puede permitirse el lujo de la demora. Condensación estilística donde se juega el acto político de su pensamiento.
Las entradas no organizan respuestas; describen cómo el neoliberalismo, en su fase cínica, delega en la ultraderecha la gestión del goce obsceno, el sadismo como pulsión privilegiada, la soledad como espectáculo.
En sus palabras:
«Escribir sobre la ultraderecha no es simplemente un ejercicio intelectual. Es una necesidad política». «El neoliberalismo no ofrece una promesa de felicidad, sino una administración de la miseria en la que cada uno debe encontrar a su propio culpable y gozar del ejercicio continuado del sadismo”.
Advertencia en la cual Alemán viene insistiendo desde hace años, antes incluso de que el mundo fuera capturado por ella, y ahora ha convertido en libro necesario.
La segunda parte retoma el hilo, pero desplaza el registro en su enunciación y en su escritura. Si la primera da cuenta de un presente desgarrado, la segunda se expande desde una lógica anterior.
Vuelve a convocar a Freud, a Lacan, a Heiddeger, no como autores de biblioteca, sino como aliados estratégicos para elaborar la nueva forma del malestar en la cultura.
Alemán despliega tres conferencias que funcionan como ejes teóricos de la primera parte: la infinitud de la ley, el ateísmo difícil, la Inteligencia artificial, el algoritmo que no puede soñar.
Allí, Kafka se convierte en figura central, como lector de una legalidad infinita que no organiza ni protege, sino que culpa sin descanso. La ley kafkiana anticipa el reverso del Estado de derecho – descubre – una maquinaria de juicio perpetuo, un Superyó impersonal que no exige más que obediencia.
En este punto, Ultraderechas articula un giro inquietante: se trata de entender cómo se goza con la ley. Cómo el sujeto neoliberal ha interiorizado un mandato de castigo. Kafka, entonces, no es aquí solo clave literaria: muestra cómo se goza en la sumisión, en la deuda, en el rendimiento siempre en falta.
Y aun más inquietante resulta una metáfora inédita propuesta por Alemán luego de un recorrido minucioso por el dios de la Biblia, el de los filósofos, el de los poetas: Cristo no deja de sangrar; este no – todo muere, no – todo es matable, es el núcleo, propone, de todas las lógicas emancipatorias.
Por eso, en las interlíneas de este texto, hay también una pregunta que no se deja matar: ¿Qué puede aún el deseo? ¿Cómo nombrar lo que no encaja, lo que no cede, lo que no puede ser capturado por esa lógica mortificante? En sus palabras:
«Pensar cómo salir de este tiempo, cómo sostener un deseo que no quede capturado por la lógica del goce mortífero».
Punto de emancipación propone, en sintonía con Ultraderechas, un contrapunto.
Aquí, a su lado, Papo Kling. Amigo, editor, testigo, cómplice. Buscaron en las conversaciones mediante un canal de Youtube, un lugar de enunciación que no respondiera a la urgencia ni al vértigo que se lee en Ultraderechas. Crearon un espacio inédito para abordar los dilemas que atraviesan este tiempo posdemocrático.
Ahora, las conversaciones se transformaron en un libro que no es sobre la emancipación, es su puesta en acto.
La política está muerta. La política está más viva que nunca. El feminismo es el pivote de la emancipación. El feminismo puede ser una cárcel identitaria. El deseo es fuerza emancipatoria. El deseo está cautivo.
En este duelo de ideas, de experiencias de vida, no hay síntesis posible. Solo apertura.
Voces que se cruzan entre la política, el psicoanálisis y la estética.
Jorge Alemán no es un conversador neutral. No confronta, instala torsiones, giros que buscan el enigma en el discurso de las grandes feministas, filósofos, artistas, políticos, asesores que participan en este juego. La voz del psicoanalista nunca impone, pero tampoco se borra. Está en el centro del contrapunto, y también en los márgenes, encendiendo el debate, situándose en el mismo campo discursivo que su entrevistado.
Escucha, provoca, descoloca, asiente.
Mouffe sostiene el timón de la emancipación.
Berardi suelta el mapa, deserta.
«El populismo es la manera de articular demandas democráticas que han sido excluidas» – dice Mouffe. Construir un pueblo. Nombrarlo. Hacerlo existir.
Desde la arena del poder, Kiscilof observa el terreno. La política no es teoría, es correlación de fuerzas. Nada es lo que parecía cuando se gobierna.
Errejón piensa que hay que pensar como ser populista en el invierno que nos hiela y ya no en el verano de la plaza.
Grabois, desde la urgencia, enuncia que el problema no es solo como llegar al poder, sino qué hacer con él.
Fernandez Savater reabre la pregunta sobre la revolución. Propone re- imaginar, re- concebir el concepto clásico.
¿Qué hacer cuando el populismo se encuentra con su propio límite?
Nadie responde del todo. Porque no hay respuesta.
Cada entrevista crece con la siguiente.
La política se encoge y se expande.
La emancipación se enreda en sus propios hilos.
Las voces no se encuentran, pero tampoco se sueltan.
El contrapunto se detiene cuando aparece un punto de fuga:
«Hoy no es posible someter la fortuna», proclama Berardi. La libido ha sido capturada. La única salida es la deserción”.
Alemán lo vuelve al ruedo. ¿“En qué idioma hablamos entonces a los militantes de izquierda que aun resisten? «¿se trata de retirarse o sostener a las fuerzas políticas que menos intentan frenar el nuevo ascenso de lo que llamas nazismo?»
La emancipación es indefinible, está abierta, es contingente, puede suceder, pero ¿vale la pena sostener el término?
Pausa. Apertura
Clara Serra arriesga por la opacidad del deseo; no es lícito suponer que las mujeres sepan lo que quieren. Alemán va más lejos: el deseo, por definición, es opaco para cualquier sujeto.
Liria se adentra en un campo inédito: sexo y filosofía. Hacer el amor enamorado – dice – es una experiencia metafísica, profunda, abismal; la experiencia más satisfactoria de lo que se hace en la vida, como ya enunció Freud. De allí algunos escapan, otros se adentran.
Pero la neurosis suele impedir su difícil reunión – dice Alemán – Solo aman los neuróticos – a diferencia de los psicóticos y los perversos y la neurosis suele encontrarse con el deseo precavido, insatisfecho o imposible.
Entonces Liria se expone con valentía: reivindica los tríos, el poliamor, nuevas figuras contemporáneas.
Alemán pronuncia unas palabras inquietantes: «Tal vez el deseo sea ese lugar adonde siempre llegamos demasiado tarde».
Saez no acuerda con Liria: no hay porqué recubrir el deseo con el amor; si tiene que elegir, azuzado por Alemán, se queda con el deseo.
No son los únicos que se adentran en sus marcas personales.
Duval revela que no hay acercamiento teórico a la izquierda sin herida biográfica.
Alemán sostiene: la herida biográfica no siempre lleva a una posición de izquierda.
Grabois remonta su herida a 2001. Desde su buena vida veía niños y ancianos hambreados. Fue esa mirada lo que lo llevó a la militancia; allí – dice – está su corazón, su lucha dentro del humanismo cristiano.
Errejón habla de la carga emocional que sostiene sus libros; del deseo de emancipación al aterrizaje en el Estado.
Iván Redondo traza otra ruta. Lo materno: lo navarro, lo vasco, lo español, primero el método, después la ideología; su causa: el gobierno progresista, de izquierda, mayoritario, transversal, potente: su perestroika española.
Santoro recuerda al niño que se detenía frente a los comics del kiosco de su padre, la pulsión escópica desatada antes de que cualquier semántica la recubra.
Pigna evoca otra infancia. Las historias que escuchaba de los amigos de sus padres lo lanzaron a la Historia con mayúscula.
De Buenos Aires a Madrid, de la historia argentina a la historia de España, Villacañas da cuenta de Franco a partir de un trasfondo freudiano: una madre seca, amarga, que reinventa a través de la madre África y un padre fantasmático que restituye a través de la disciplina del Ejército.
Serrano Mansilla, habitante de dos mundos, analiza el peronismo desde esa duplicidad
Alemán lanza una pregunta y observa como la onda se expande.
El feminismo ¿no pierde su operatividad y su capacidad transformadora si se cierra en lo identitario?
Clara Serra lo sabe. El feminismo fue apertura y ahora pueda ser puerta cerrada.
Pablo Iglesias señala, desde lo masculino, que hay un machista viviendo dentro de los hombres; hay que construir una nueva masculinidad feminista a construir.
Interviene Luciana Cadahia en otra dirección, ya que cada uno tiene la suya: Occidente no soporta el pensamiento femenino.
El psicoanalista concluye: el sujeto no se sostiene en una sola identidad. Nunca se sostuvo, es solo un refugio ante el vacío.
Entre el deseo de destruir el género y el deseo de afirmarlo, el debate queda suspendido. ¿Qué hacer con lo que no encaja?
Dejan crecer las palabras, aunque saben que el lenguaje quiere nombrarlo todo, pero no puede.
¿Y lo que escapa? ¿Lo que no se deja atrapar en la red del discurso?
Se abre un abismo.
Chantal Mouffe apuesta por los significantes vacíos.
Savater por una nueva escritura.
«El lenguaje siempre tiene un resto», concluye Alemán. «Algo que no se deja decir».
Ese algo que no se puede decir empuja a estas conversaciones que no se detienen, a una interrogación que insiste.
Cada voz que asoma no anula la anterior. No es campo de batalla. Se disiente para llevar la pregunta más lejos.
El contrapunto sigue.
No hay conclusión.
Las voces chocan, se bifurcan, se asientan en sus propias paradojas.
Y en este no-cierre, en esta tensión sin síntesis, se configura, seguramente, uno de los espacios privilegiados de la emancipación.
Elina Weshler