Sobre Las listas del pasado de Julie Hayden[1]

Por Miriam Chorne – Miembro de la ELP y de la AMP

El arte de narrar es el arte de la percepción errada y de la distorsión. El relato avanza siguiendo un plan férreo e incomprensible y recién al final surge en el horizonte la visión de una realidad desconocida: el final hace ver un sentido secreto que estaba cifrado y como ausente en la sucesión clara de los hechos.

                                                                                                                                    Ricardo Piglia[2]  

El libro Las listas del pasado está escrito como una narración constituida por dos historias, una los dichos mismos de la historia y otra secreta, que se lee entrelíneas. Es según R. Piglia la definición misma de un buen cuento. La construcción de cada uno de los relatos de este libro es fiel a la forma moderna del cuento.

El “Paseo con Charlie”, que he elegido para comentar, parece relatar la alegría pero también la inquietud de una mujer que lleva a su sobrino de diecisiete meses a jugar en Central Park. La historia aparentemente banal deja leer otra historia.

La prosa de Hayden es poética y cuidada, nos transmite la intensidad de sus sentimientos tanto cuando se trata de sus pérdidas como cuando evoca la alegría y la belleza natural de la vida. El paseo con su sobrino esconde la esperanza de una Epifanía, algo va a suceder y la autora parece esperarlo no menos que el lector. El hecho trivial cobra un valor extremo: 

“Siento como si toda mi vida hubiera estado corriendo hacia este lugar para estar al lado de este niño en el vórtice de su regocijo. A la luz fantasmagórica y plateada todo es una señal. Hay señales por todas partes, pero no puedo interpretarlas. Ni siquiera puedo distinguir el misterio.” 

La primera frase que relata el cruce de la calle para entrar en el parque ya nos perturba. A pesar de que se trata de un hecho tan banal, sin embargo anuncia el desasosiego. Son pequeños signos, huellas adivinatorias de un incierto porvenir.

“De la mano y muy correctamente, Charlie y yo cruzamos la Quinta Avenida como si fuera agua.  En el tráfico del sábado por la tarde es importante no soltarse; las luces rojas y verdes son faros

señalando ten cuidado, ten cuidado. Para cuando llegamos a la otra acera mi mano derecha está 

húmeda y la de Charlie, entre mis dedos, se siente fría y anfibia.”

Un relato visible el paseo por el parque esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. Hay pocas, dos o tres menciones de la historia escondida y sin embargo el efecto de sorpresa que se produce cuando al final de la narración la historia secreta aparece está bien logrado. Es esta “materia ambigua la que hace funcionar la microscópica máquina narrativa que es un cuento”, escribía Piglia.

¡Qué capacidad de síntesis tiene Julie Hayden! Toda la dificultad de la relación entre un hombre y una mujer, librados al azar de un encuentro sin garantías, queda de manifiesto en la frase con la que se resume la imposible relación con Robert.(…) “Robert y yo ya no volveremos a comer queso y tomar cerveza y discutir en The Ramble. Una vez me preguntó: “¿No puedes decir nada bueno?” y se puso a llorar, tapándose la cara con las manos).”

No hay excusas en la frase,  el personaje no se engaña atribuyéndole a Robert la falta de armonía, es en todo caso su constante insatisfacción, la de ella, la que a él le producía un profundo dolor y una sensación de irresoluble. Es tan solo la imagen sensible que recoge el fatal desencuentro. Me evoca una canción cantada por Nina Simone que se dirige a la otra mujer, a la que le “quitó” su hombre, diciéndole: “Tómalo, es tuyo, ya no lo quiero, sólo quiero …” alcanzarle el periódico, traerle un trago cuando está fatigado y así de seguido, como la protagonista de nuestro cuento que condensa la pérdida en ese “ya no volveremos a comer queso y tomar cerveza y discutir en The Ramble”.

Recuerdo haber buscado el cuento de Hemingway “El gato bajo la lluvia” porque G. García Marquez había dicho que era el mejor cuento de la historia de la literatura. Y aunque no sé si es un juicio por demás hiperbólico sí sé que es uno de mis cuentos preferidos junto con otro de J.D. Salinger “Un día perfecto para el pez banana”. Ambos son extraordinarias narraciones construidas sobre lo velado. Ambos se pueden analizar en su construcción con la teoría del iceberg de Hemingway, en la cual -ese tipo de construcción que mantiene oculta siete octavos de la narración – se mostró siempre como un excelso maestro.

La primera síntesis de ese proceso de transformación, podría ser que lo más importante, es lo que no se cuenta. “La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión”[3].

Vila Matas realiza un ejercicio crítico de este cuento de Hemingway, en un artículo publicado en el periódico El País con el título de “El gato bajo la lluvia en Bellaterra”[4]. Concluye con toda una declaración del gusto, más aún con un verdadero alegato por la incomprensión. “Cuando leo algo que entiendo perfectamente, (…), lo abandono desilusionado. No me gustan los relatos que se balancean en el abismo de lo obvio. Porque entender puede ser una condena. Y no entender la puerta que se abre”.

A mí me pasa lo mismo, tanto en literatura como en el cine, el relato unívoco y sin un mínimo de historia secreta, de un entramado alusivo, que no deja lugar al lector o al espectador para participar de la creación, me deja fría. En cambio cuando un autor sabe manejar la elipsis, cuando una historia aparentemente trivial encierra todo un universo de significados casi insondables resulta totalmente seductora.

En “Paseo con Charlie”, y en muchas de las otras historias también, está presente un sutil feminismo. La protagonista es una mujer en conflicto con su feminidad. Hay un anhelo permanente de cuidar y ser cuidada, que en este caso se manifiesta intensamente con el sobrino y en claroscuro con su soledad y su deseo insatisfecho de ser madre.

En otro cuento del libro, quizás el mejor de todos, “Ratas bebé de un día de vida”, Hayden vuelve a mostrar su maestría para el detalle significativo. Ya desde el inicio en ese aterido despertar está toda la melancolía y el desamparo que su imagen desnuda nos transmite de un día que anuncia una pérdida insoportable.

“Un par de ojos en una escalera de incendios, la mirada dorada del gato gordo de siete dedos del apartamento vecino; ella no tiene puestas ni las bragas, retrocede. Acto seguido está en el medio de la cocina, desnuda y verde como un guppy, temblando de pies a cabeza, tanto que le es difícil abrir la puerta del armario bajo que guarda una considerable colección de botellas. De rodillas se sirve un dedo de whisky, una parte se derrama en el linóleo en un charco color ámbar y se dispersa.”

El relato está construido por una parte como una acumulación de pequeñas historias que nos permiten acompañar y ver con los ojos de la protagonista su vagabundeo por la ciudad de New York. Una ciudad dura para un ser perdido, incapaz de moverse en esa dureza, desvalida. Es una mujer de mediana edad que trata de matar el tiempo hasta el momento de acudir a una cita crucial. Hay una frase espléndida que describe su estado.

“El escaparate de una tienda acepta con una sonrisa su reflejo: una mujer delgada en un abrigo blanco, con grandes gafas negras, cerca de la mitad de su vida, perpleja porque los años pasaron tan rápido y los días tan despacio. Y algún día, vieja.”

Son los días de la vida los que pasan tan despacio, cuando cuesta que transcurran, pero en particular es ese día que intenta llenar con su deambular por una New York hostil. El encuentro en las escaleras de la catedral de Saint Patrick de una anciana que es ayudada para subir por su hija o sobrina, “que parece desanimada y helada en su abrigo corto de tela”, despierta su compasión. Es la misma mujer que unas páginas más tarde la empuja con un codazo en las costillas: “Señorita, ¿podría moverse, por favor, o está dormida, pedazo de boba?”.

La cita en la parte alta de la ciudad forma parte del relato elidido, no dicho, hasta casi las páginas finales, pero avanzado a través de numerosos signos ominosos a lo largo de todo el relato y en particular por numerosas frases que no terminan de entenderse en las que hay siempre una presencia ausente, marcada en el relato por el entrecomillado,  frases como “Él está por todas partes como la primavera. Sus ojos son hojas.” o “Una vez que lo has visto nunca dejará que te salgas con la tuya.” Pero también por imágenes que se vuelven casi simbólicas como las ratas bebé en el escaparate de los exterminadores de plagas.   

Hayden muestra una capacidad notable para la escritura hermética de la historia secreta, que no es de ninguna manera difícil, al contrario es una prosa clara, diáfana pero que logra que se sienta la ausencia del relato oculto mediante el arte de la elipsis.

La construcción del cuento “reproduce la busca siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta” escribe Piglia. Y añade unas palabras de Rimbaud “La visión instantánea que nos hace descubrir lo desconocido, no en una lejana terra incógnita, sino en el corazón mismo de lo inmediato”. En ese descubrimiento, a través de pequeños detalles exquisitos, Hayden se muestran inigualable.

Es lo que causó tanta maravilla en los lectores de Hayden, en el prólogo son citadas las palabras de la poeta Elizabeth Macklin, que coincidió con Hayden en la revista The New Yorker: “Es esa sensación de deslumbramiento -dice de su primera lectura de “Ratas bebé de un día de vida”- cuando estás siendo testigo de algo y ni siquiera puedes creer que haya caído en tus manos”.


[1] Hayden, J.,Las listas del pasado, Muñeca Infinita, Madrid, 2021.

[2] Piglia, R., “Nuevas Tesis sobre el cuento” en Formas breves, Temas Grupo Editorial, Buenos Aires,1999.

[3] Piglia, R., “Tesis sobre el cuento” en Formas Breves,  idem.

[4] Vila Matas, E.”El gato bajo la lluvia en Bellaterra” elpais.com/diario/2000/06/08/catalunya/960426438_850215.html

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