“No trate de ser buena analista, hábleme de su paciente”.

Elegí  como título para mi ponencia esta frase que extraje de una sesión de control.

En esa oportunidad, llevaba un caso a una analista con quien iba a controlar por primera vez  y que para mí  representaba lo que suele decirse comúnmente  “toda una eminencia”. Afortunadamente esta era mi idea, no la suya.

Elegí entonces uno de los casos más difíciles que tenía y que representaba para mí una gran dificultad. Lo llamaba mi paciente “piedra”, no por supuesto porque él lo fuera, sino porque a pesar de llevar ya tiempo trabajando con él, no encontraba cómo operar allí.

Trabajé en el  caso durante una semana, armé la lógica, leí bibliografía que cuadrara con mi diagnóstico. Se podría decir que Iba muy preparada.

Sin embargo en el instante mismo en el que me senté y tuve que empezar a hablar, me quedé muda, no podía decir nada. Intenté entonces ir por el lado del diagnóstico, algo de todo lo que había leído tenía que servir. Fue en ese momento que la controladora dijo esa frase.

La supervisión siguió y pudimos puntuar algunas cuestiones del caso, pero el aprendizaje para mí fue mucho más allá. Había algo de mi posición que me estaba haciendo obstáculo en la dirección de la cura y que se cristalizó en el instante mismo en el que fui yo misma la que se quedó petrificada.  Esta observación me redirigió directamente a mi propio análisis.

Lacan en la Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela enuncia: “Primero un principio: el psicoanalista no se autoriza sino a sí mismo”[1]. Más tarde en 1974, en su Seminario 21, agregara “…y de algunos otros”[2].

Si la frase se  completa en dos tiempos,  ya desde el inicio -en su Acto de fundación-    anticipa de qué se trata cuando habla de esos “otros”. 

Allí afirma que “Desde el comienzo y en todo caso un control calificado le será asegurado al practicante en formación en nuestra Escuela”[3]. Marca así un viraje decisivo respecto de cómo se piensa no solo la autorización, sino también la formación de alguien que aspira a devenir un analista.

Para Lacan la cuestión de la autorización y consecuentemente la formación  ocupan un lugar central en su enseñanza. Ya en 1956 en  “Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista”[4] pone en cuestión cómo la IPA estructura la experiencia analítica. Es decir los mecanismos a partir de los cuales un analista puede ser considerado como tal.

El análisis personal se presenta como la vía posible para la autorización, y junto con el control y la formación teórica constituirán los tres pilares sobre los que se sostiene la práctica analítica. Freud ya nos lo había anticipado.  

Este viraje, sostenido sobre ese primer principio- como señala Colett Soler-  “pone en el centro del problema de la formación del analista la cuestión misma del deseo”[5],

Autorizarse por sí mismo es un acto que verifica una “autonomía’[6]. Que se da en el seno del propio análisis, “no hay analista sin análisis”[7] y  siempre es a riesgo propio, no hay Otro que regule. Se trata de asumir una responsabilidad ética en relación al discurso psicoanalítico.

La autorización es un acto que se juega en soledad, en un encuentro con la propia singularidad .No hay “agente que instituya al psicoanalista”[8]

Este desplazamiento nos coloca así ante el problema de la garantía, a lo que Miller llamó “La paradoja de la garantía”[9]. ¿Qué garantiza entonces que allí hay un analista?.

Lacan establece al Pase como aquella instancia en la cual un analizante, a partir de concluir su análisis y dar testimonio de ello es nombrado AE, Analista de la Escuela.

Pero el camino del análisis es largo. Entre el momento de la autorización y el final suele haber un largo trecho. Por otro lado ser nominado como Analista de la Escuela, tampoco es garantía de que allí siempre haya un analista, “el pase no evalúa la práctica”[10].

¿Cómo pensar entonces el problema de la garantía?, ¿En tanto practicantes del psicoanálisis cómo saber si estamos orientados en relación al discurso analítico?

Como analizantes nos enfrentamos todo el tiempo al sin garantías que implica la ética de nuestro deseo, pero como practicantes del psicoanálisis esto puede ser aún más complejo.

Es justamente ante este problema de la garantía donde  “esos algunos otros”[11] vienen a colaborar. 

En el  Discurso en la Escuela Freudiana de París Lacan dirá que es “… únicamente en el acto psicoanalítico, donde hay que localizar lo que articulo del – deseo del  psicoanalista-, el que no tiene nada que ver con el deseo de ser psicoanalista”[12].

Frase que ya dibuja una orientación posible para abordar el problema de la garantía y el lugar que ocupan esos algunos otros, en tanto colaboradores.

Hablar de -acto analítico-y  no de analista, pone de relieve el privilegio de la dimensión del acto. Si hay algo del analista que opera es a partir de haber estado a la altura del acto.  Y es justamente  allí  donde es posible localizar el deseo.

Este punto se enlaza con lo que Colett Soler subraya del deseo como aquello que está en el seno mismo de la formación.

Nos encontramos entonces ante la complejidad que implica poder dan cuenta de esto. La  práctica del psicoanálisis es una experiencia que se realiza en la consulta, donde cada practicante se enfrenta en soledad a estar o no a la altura de ese acto.

La experiencia del  control, en tanto uno de los tres pilares fundamentales de la formación, cobra aquí un papel fundamental.

Sin embargo en la Escuela Lacaniana a diferencia de otras Instituciones “el control no es una obligación. La institución no lo impone…”[13], sino que la obligación es para la Escuela.

Así,  el hecho de que la Escuela no lo imponga, no quiere decir entonces que se desentienda, porque es justamente desde la ausencia de imposición que puede ser suscitado el deseo.

En su Acto de Fundación Lacan establece que el control será asegurado al practicante, por parte de la Escuela. Aclarando también que es desde el comienzo.

El psicoanálisis dirá “tiene efectos sobre toda práctica del sujeto que en él se compromete”[14]. El control se “impone en el momento mismo de esos efectos y ante todo para proteger de ellos a aquel que ocupa allí la posición del paciente”[15]

Como señala Vicente Palomera “ Es desde el interior mismo del discurso analítico que proviene el deseo de pedir un control, es ahí donde deber y deseo se anudan”.

Pero si el control no autoriza, si no consagra ni califica al practicante, si no otorga insignias ni garantías… ¿qué es, entonces, lo que verdaderamente se pone a prueba? ¿Qué es lo que verifica esa experiencia? 

Jacques Alain Miller, en El banque de los analistas dice: “ …el aprendiz (al control) llega sintiéndose absolutamente responsable de todo lo que ocurre  en la experiencia: ¿Estuve bien? ¿Hice mal? ¿Soy tan bueno como mi analista? Luego, es verdad que hay que enseñarle la pereza, esto es a no entorpecer el curso de la experiencia analítica, el trabajo en curso, a no recargar el análisis con su responsabilidad”[16]   

¿A qué se refiere con enseñarle la pereza?

Creo que en este punto hay una distinción que resulta fundamental realizar. Es lo que Miller llamó la “inversión”[17] en su seminario Sutilezas analíticas. Allí plantea que Lacan establece una diferencia entre lo que es  preocupación terapéutica y el psicoanálisis puro, la doctrina del psicoanálisis propiamente dicha, según las palabras de Miller, el psicoanálisis “didáctico”[18].

Esta inversión, se sustenta en la ampliación que hace Lacan del concepto freudiano de síntoma, que es aquel que es capaz de levantarse, de disolverse. Lacan llamó sinthome,  a aquello que no puede desaparecer y que es constante. Es “propiamente el nombre de lo incurable”[19]. Es por eso que el psicoanálisis no se enfoca en su aspecto curativo, sino que más bien de lo que se trata es de la experiencia analítica.

Es el psicoanálisis puro, el que hace del “analizante un analista, incluso en potencia”[20]. Así “cuando la preocupación terapéutica domina, suspendemos lo que tiene de radical la operación analítica”[21]. Y lo radical de la operación analítica no es otra cosa que el acto analítico.

Lacan dirá “…el psicoanalista se califica en acto”[22], Si la experiencia analítica no está orientada por el acto, entonces de ella nunca se podrá desprender un analista.

¿Qué lugar entonces para el control, desde esta perspectiva?

Miller hablará de un agujero, un hiato entre los conceptos del psicoanálisis -entre el discurso analítico- y lo que es contingente, y agregará que en este punto el control ha sido una práctica “mal ubicada”[23], sosteniendo que existe una tendencia, una predisposición a cerrarlo.

Cuando llevamos un caso a control y esperamos a partir de lo particular extraer una regla, un “ejemplar de un universal” estamos justamente orientados por la terapéutica, dejando de lado lo más singular del sujeto.

El lugar del control sería exactamente lo opuesto, es dejar abierto este hiato para que algo de la invención pueda ocurrir.

Es esta invención la que hará que el caso “respire”[24], donde “se sustituye la técnica por la ética”[25]. Allí la preocupación por el diagnóstico cede su lugar al trabajo con lo singular del síntoma.

Es en la hiancia donde es posible encontrar la lógica de cada caso, aquello que nos dificulta y nos hace pregunta y es solo a partir de allí que se podrá dar cuenta de las consecuencias de la orientación por lo real que implica el acto.

Christiane Alberti[26] hablará de dos usos del control. Por un lado, está el uso clínico, este apunta a la construcción del caso, a poder dar cuenta de algún detalle diagnóstico, sin embargo nos dirá que la clínica es un instrumento que orienta la acción. Agregando que en tanto el psicoanálisis es una clínica bajo transferencia, no hay un dominio del saber, sino que este circula. Es el punto en el que el psicoanálisis trata a cada sujeto en su singularidad. El control así apunta a extraer de las categorías previas existentes  “lo que constituye lo incurable del síntoma de cada uno”[27]

Por otro lado está el control del acto, lo que se controla es la oportunidad del acto. Referirá que Lacan prioriza el al acto por sobre la palabra, “es justamente esta acción, ese lugar en el que no pienso”[28]  y  desde el control es necesario hacer existir ese lugar. Esto es lo que marcará la distancia del psicoanálisis con la intención terapéutica.

Mas adelante agregará que siguiendo a Lacan  “Un analista siempre es un analizante que se transforma temporalmente en el momento que opera como analista”[29]. Y es justamente esta operación lo que constituye la contraeperiencia con respecto a la formación académica.

Para concluir, en el psicoanálisis lacaniano no hay “buenos analistas”, porque no es de eso de lo que se trata. No hay un Otro al que apelar para obtener una sanción, ni una instancia que garantice el valor del acto. Hay analistas, uno por uno, en la soledad irreductible de su posición.

Se trata de una operación que solo puede sostenerse desde la ética del deseo —el deseo del analista— y que se engendra en el corazón mismo del propio análisis. Es desde allí, desde ese punto íntimo y atravesado, que el acto analítico encuentra su posibilidad y su sostén. Luego están esos algunos otros que habilitan un espacio para que algo de esto pueda entonces escucharse.


[1] Lacan, J “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la escuela”, Otros escritos, Paidós, Buenos aires 2021, p 261

[2] Lacan, J “Clase del 9 de abril de 1974” Seminario 21, ( curso inédito)

[3] Lacan, J. “Acto de fundación”, Otros escritos. Paidós  Buenos Aires 2021p. 248

[4] Lacan, J. “Situación del  psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956”, Escritos 1. Paidós Buenos Aires 2009.

[5] Soller, C. “Standars no standars”, ¿Cómo se analiza hoy?, Manantial Buenos Aires, 1984 p. 112

[6] Dominique Laurent “Acto y subversión de saber. Autorizarse por sí mismo” . El psicoanálisis 2/3

[7] Miller, J-A. “ El banquete de los analistas”. Paidós, Buenos Aires 2005,  pag. 95

[8] Soller, C.  “Standars no Standars” , ¿Cómo se analiza hoy?, Manantial Buenos aires, 1984

[9] Miller, J-A. “El Banquete de los analistas” Cap. XIII. Paidós, Buenos Aires, 2005

[10] Gorali, Vera. “Virtudes de la turbación en la formación del analista”. Revista Virtualia #5

[11] Vilá, F. “La entrada en control: una experiencia comunicable”. Freudiana 35, 2002

[12] Lacan, J. “Discurso en la Escuela Freudiana de Psicoanálisis”. Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2021  p. 289

[13] Soler C. “Standars no standars” ¿Cómo se analiza hoy?, Manantial Buenos Aires, 1984p113

[14] Lacan, J. Acto de fundación . Nota adjunta. Otros escritos, Paidós, Buenos Aires 2021, p.253

[15]Ibid., p. 253

[16] Miller, J-A. “El banquete de los analistas”. Paidós, Buenos Aires 2005, p176

[17] Miller. J-A. “Retorno a Lacan”, Sutilezas analíticas. Paidós, Buenos Aires 2011, p. 16

[18] Ibid

[19] Miller, J-A. “Retorno a Lacan” Sutilezas analíticas Paidós, Buenos Aires 2011, p. 15

[20] Ibid

[21] Ibid

[22] Lacan “ El acto psicoanalítico”, Reseñas de enseñanza, Manantial, Buenos Aires p. 52

[23] Ibid. p 31

[24] Tizio, H. “Ubicar el control.” Freudiana 89/90. p 90

[25] Ibid

[26] Alberti, C. “El análisis de control”. Conferencia EOL delegación Uruguay.

[27] Ibid

[28] Ibid

[29] Ibid

Julieta Miguelez. Socia de la sede de Madrid de la ELP.

OTROS ARTÍCULOS:

Logo ELP Sede Madrid white

Suscríbete a nuestra newsletter

Recibirás la agenda de actividades así como las novedades de La Brújula. Una vez enviado el formulario de suscripción es necesario que confirmes tu email. Para ello, por favor haz clic en el email de confirmación que te llegará a tu email. Si no lo encuentras búscalo en el buzón de Notificaciones, Promociones, Correo basura o similar. Podrás cancelar tu suscripción cuando quieras. 

 

Política de privacidad

Ya casi estamos... recuerda que tienes que hacer clic en el email de confirmación que te acaba de llegar. Gracias

X