El texto que nos convoca esta noche es una conferencia que Éric Laurent dio con motivo de las VII Jornadas de la ELP que tuvieron lugar en Barcelona en noviembre de 2008 y cuyo tema fue Clínica del lazo familiar y de sus nuevas formas. Este texto aparece en dos compilaciones distintas de artículos de Éric Laurent, una realizada por la editorial Gredos en 2014 en el libro Estamos todos locos. La salud mental que necesitamos y otra realizada por Silvia Elena Tendlarz en 2018 en el libro El niño y su familia. En este segundo libro encontramos otros siete artículos que aconsejamos también la lectura para el tema que nos atañe en PIPOL 12 El malestar en la familia.
En esta conferencia, impartida hace unos años, Éric Laurent nos sitúa ya en la hipermodernidad y habla de las modificaciones que ha traído en los lazos familiares.
Para empezar, plantea un cambio en el fundamento de la definición de la familia. Desde la definición heredada de familia a partir del matrimonio entre un hombre y una mujer hemos pasado a otra cosa. Es un cambio que no afecta solamente al sexo de las personas que forman el vínculo conyugal o a la flexibilización legal de ese vínculo, sino que produce un vuelco fundamental poniendo al hijo en la base de la familia, en tanto que los avances científicos han posibilitado distintas modalidades de engendrar a un hijo que no pasan necesariamente por el vínculo entre un hombre y una mujer.
Este cambio pone en el centro un real: la dependencia a vida o muerte del niño recién nacido, causada por la prematuración con la que llega al mundo. En torno a este real giran la multiplicidad de invenciones familiares y comunitarias que se dan no solo en la hipermodernidad, sino desde el origen de la humanidad. Invenciones que, como nos señala Laurent, no son más que ficciones consolidadas a partir de ideales, datos biológicos, acuerdos “contractuales” privados y sus correlatos no sólo jurídicos y burocráticos, sino también afectivos.
Ante este real que implica el niño, la “familia” asume la responsabilidad de “educarlo”, aunque, como bien señala Laurent en el propio texto: “¿quién sabe qué quiere decir ‘educar a un niño’?”. Ante la tarea de “educar” lo que se abre es un agujero en el saber que sin duda funciona como motor de la inflación con la que nos encontramos en la actualidad: “una proliferación de ficciones” familiares y “una burbuja educativa […] inflada de soluciones diversas”. Y es que el real que implica sostener el pasaje de un hijo de su lugar de objeto encarnado, cuerpo vivo prematuro, a sujeto capaz de sostenerse a sí mismo conlleva un imposible que no hace más que engrosar invenciones defectuosas, de las que cuesta aceptar sus limitaciones.
La palabra “educar” está formada por el prefijo “ex”, que quiere decir “fuera” y la raíz “ducere” que quiere decir “guiar”, “conducir”. “Educar” implica “guiar fuera”, “conducir fuera”, ayudar al niño a que “salga fuera”, a que pase del vientre materno a la posición de sujeto capaz de sostener un lazo social.
Las invenciones familiares de la hipermodernidad cuestionan la ficción princeps que, sin embargo, pervive y sigue sosteniendo la formación de muchas familias. Esta ficción consiste en la creencia en que el niño nace del amor entre un hombre y una mujer, encargados de su educación: la sagrada familia, la familia edípica.
En la Nota sobre el niño, Lacan explica que, si la familia conyugal resiste “en su función de residuo”, es para poner de relieve que, la familia ha de ser intermediaria de “una transmisión” que conlleva no solo la satisfacción de las necesidades, sino también “una constitución subjetiva”, “que implica un deseo que no sea anónimo”.
Cierto es que la enseñanza lacaniana avanza a partir de esta célula de la familia conyugal, madre-padre-niño, para dar cuenta de esa transmisión de la constitución subjetiva necesaria para “educar” a un niño.
En este texto, Laurent nos propone definir la posición paterna en la transmisión no anónima de la constitución subjetiva a partir del anudamiento del padre con el objeto hijo, en lugar de hacerlo a partir del nombre, del registro simbólico, de lo que da cuenta la lógica lacaniana del Edipo y la metáfora paterna cuando trata de nombrar el deseo de la madre por la vía del significante fálico.
Toma para ello la repetida cita de la clase del 21 de enero de 1975 del Seminario RSI en la que Lacan afirma: “Un padre no tiene derecho al respeto, sino al amor, más que si el dicho respeto está -no van a creerle a sus oídos- pére-versamente orientado, es decir, hace de una mujer objeto a causa de su deseo. Pero lo que la mujer acoge de ello, si puedo expresarme así, no tiene nada que ver en la cuestión. De lo que ella se ocupa es de otros objetos a que son los hijos”. Aunque Laurent no lo indica, la afirmación lacaniana continúa: “Poco importa que [el padre] tenga síntomas si añade a ellos el de la perversión paterna, es decir que su causa sea una mujer que él se haya conseguido para hacerle hijos y que, a éstos, lo quiera o no, les brinde un cuidado paternal”.
Cincuenta años después de esta clase, constatando la multiplicidad de ficciones familiares que nos ha traído la hipermodernidad, es necesaria una mirada crítica sobre esta afirmación.
El punto más flojo de esta propuesta lacaniana es el que une la función paterna a hacer de la madre, la mujer causa del deseo. Ciertamente son muy numerosos los casos en los que quien sustenta la función paterna para un niño no hace de quién sustenta la posición materna, la mujer causa de su deseo o si lo hizo en un momento, ha dejado de hacerlo: padres que conviven con la madre de sus hijos, pero con la mujer causa de deseo fuera de la pareja conyugal; padres separados y con nuevas parejas, pero que mantienen la función paterna de sus hijos; padres de hijos de vientre de alquiler; paternidades deseadas por fuera de la relación con la mujer-madre; adopciones en solitario, etc. Aunque Laurent no desvela con claridad este punto débil de la propuesta lacaniana, sí opta por poner el foco en la relación del padre con el hijo en tanto que objeto a, dejando velado el vínculo que une al padre con la mujer-madre.
En este sentido, Laurent nos dirá que ser padre “es haber tenido la perversión particular de enlazarse a los objetos a de la madre”, pudiendo ser esa madre, la mujer con la que él ha tenido los hijos o no. Lo que subraya Laurent es que en el padre para ser tal tiene que darse el deseo de enlazarse, de hacerse cargo del niño en tanto que objeto a de una madre.
Es reseñable el desdoblamiento del deseo fetichista masculino que se puede inferir del planteamiento que hace Laurent cuando nos dice que el padre “no se enlaza a un objeto que posee [la mujer] sino al objeto que una mujer produjo”. Por un lado, el hombre (o sujeto en posición masculina, añadiríamos) se vincularía por el deseo sexual con una mujer (o quizás con otro hombre) que posee el objeto a, objeto fetiche que causa de su deseo, y, por otro lado, el hombre (o sujeto en posición masculina) se vincularía por el deseo de ser padre al hijo, objeto a que una mujer produjo. El objeto fetiche sexual y el hijo como dos versiones distintas del falo que le falta a la madre, uno poseído, otro producido, como causa de dos variantes del deseo del hombre: el deseo sexual y el deseo de ser padre.
Desde este planteamiento la pére- versión se declinará de muchas maneras, tantas como las versiones de goce con la que cada padre se relacione con el objeto hijo.
Echamos en falta en el texto una elaboración más precisa en lo que respecta a ser madre. En la cita de Lacan solo se nos dirá que la madre-mujer “se ocupa” de los objetos a que son los hijos y Laurent, por su parte, solo nos dará la indicación de que la perversión materna, en forma de locura de a dos, habita en la relación de la madre con el hijo en tanto que objeto a. Son indicaciones que sin duda merecen un desarrollo mucho mayor, al menos en lo que se refiere a la mujer-madre neurótica, para la que la relación fetichista con el objetono va de suyo y es fácil que aparezca la división subjetiva y la ambivalencia en el tener que “ocuparse” del objeto hijo. Las mére-versiones se declinarán también en distintas versiones de goce de cada madre con los hijos-objetos a que llegué a “producir”.
En cualquier caso, Laurent nos propone “navegar con la brújula del objeto a” a la hora de leer las funciones parentales. Se trata de preguntarnos cómo es la relación del sujeto padre o el sujeto madre con el hijo en tanto que objeto a, una relación que por distintas razones no es fácil. Veamos.
En tanto que objeto a, el hijo funciona en el mejor de los casos para los sujetos padre y madre como objeto causa de deseo y como objeto condensador de goce y por tanto, el hijo se incluirá en los enredos de su funcionamiento fantasmático. En otros casos, todo se complica más cuando el hijo ocupa el lugar de objeto de goce crasamente perverso o se convierte en el objeto dentro del bolsillo de la madre o del padre psicótico.
Por otro lado, el hijo en tanto objeto real separado de los padres siempre hace obstáculo a cualquier ideal con el que se quiera envolver y objeta la eficacia plena de cualquier ficción familiar que se invente para tratarlo y para intentar “educarlo”.
Efectivamente, mayor es la dificultad respecto a este objeto, en la medida que se les pide a las figuras parentales que lo “traten”, que lo “eduquen”, que posibiliten su transformación en sujeto. Más aún cuando, como nos recuerda Lacan y la experiencia analítica, en los propios sujetos padre y madre pervive ese ser objeto a, en tanto hijos que son de sus propios padres: “El objeto a es lo que todos ustedes son, en tanto están puestos ahí – cada uno el aborto de lo que fue, para quienes le engendraron, causa del deseo. Y ahí es donde ustedes deben reconocerse, el psicoanálisis se lo enseña”.
Todas estas dificultades hacen que el hijo sea un “objeto apasionadamente deseado y, al mismo tiempo rechazado”.
Así todo, con todas estas dificultades que dan cuenta de la parte de malestar que habita en las familias, las figuras parentales han de jugarse su partida no anónima en la constitución de la subjetividad del niño y sostener su función. Una función que, como nos dice Laurent, “no se define por una esencia, ni por sus características a priori, como lo sería un concepto, sino por la realización del dominio de aplicación”.
Si bien Laurent no lo habla en su artículo, podemos preguntarnos en qué consisten estas funciones. Encontramos dos tareas fundamentales necesarias para la constitución del sujeto en las que se juegan las funciones parentales: ayudar al cuerpo vivo del niño a que consienta a limitar su funcionamiento pulsional en relación con el exterior y con los otros, y acompañar a que el niño consienta a ser tomado por el lenguaje con un cierto punto de capitón que lo oriente, bien el significante fálico o bien otro tipo de anudamiento.
A falta de otra orientación en el texto de Laurent tomaremos las indicaciones de Lacan en la Nota sobre el niño para caracterizar y diferenciar la función llamada materna y la función llamada paterna.
La función llamada materna conllevaría “cuidados [que] llevan la marca de un interés particularizado, aunque lo sea por las vías de sus propias carencias”. Cuidados que implican la cercanía con el cuerpo real del niño, marcados por las propias carencias de la madre o quien esté en su lugar.
La función llamada paterna, implicaría el “vector de una encarnación de la Ley en deseo”, sostén de un orden que es a la vez ley y deseo, encarnación en quien sustente la función paterna de un orden que delimita, a partir de su versión del goce, lo que vale y lo que lo vale, señalando con ello un camino posible para el deseo.
Las invenciones familiares de la hipermodernidad nos llevan a hacernos muchas preguntas acerca de cómo pueden ser encarnadas estas funciones: ¿Es necesario que la función materna la sostenga una mujer y que la función paterna la sostenga un hombre? No lo creo ¿Es necesario que el vínculo entre aquel que sustente la función materna y aquel que sustente la función paterna sea sexual? Tampoco parece ¿Es necesario que óvulo y espermatozoide sean de aquellos que ejercen la función materna y paterna? Sabemos que no. ¿Es necesario que la función materna coincida con la madre gestante y que la función paterna coincida con el fecundador? Muchos son los casos que demuestran que no.
Sí es necesario, en cambio, que tanto la función materna como la función paterna estén sostenidas por un deseo no anónimo. Es necesario que cada sujeto que sostenga las funciones parentales sea soporte de la singularidad de la insondable decisión que le llevó a tomar un hijo a su cargo para posibilitar que su cuerpo vivo devenga sujeto en el mundo.
En este complejo entramado que es la familia, Laurent nos invita, como psicoanalistas, a mantenernos a distancia de las ficciones familiares para proteger no solo al niño, sino también a los propios sujetos que sustenten las funciones parentales de los delirios en que se transforman las certezas ficcionales y los ideales incuestionables.
Esperanza Molleda – Miembro AMP y ELP
Notas
- Laurent, É., “Proteger al niño del delirio familiar”, El niño y su familia, Buenos Aires, Colección Diva, 2018, p. 75.
- Ibid., p. 76
- Idem.
- Lacan, J., “Nota sobre el niño”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 393.
- Lacan, J., Seminario 22: RSI, clase del 21 de enero de 1975, inédito.
- Idem.
- Laurent, É., “Proteger al niño del delirio familiar”, op. cit., p. 80.
- Ibid., p. 81.
- Ibid., p. 82.
- Lacan, J., El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p.192.
- Laurent, É., “Proteger al niño del delirio familiar”, op. cit., p. 76.
- Ibid., p. 80
- Lacan, J., “Nota sobre el niño”, op. cit, p. 393.
- Idem.