Terminamos el 3er ciclo preparatorio del XV Congreso de la AMP “No hay relación sexual”, el encuentro de hoy lo hemos titulado “Imaginar la relación sexual”.
Ya en el seminario 11, Lacan nos advertía que, en el campo de la relación sexual, lo que se debe hacer como hombre o como mujer, el ser humano lo tiene que aprender por entero del Otro.[1]
El “no hay” con el que nos encontramos como parlêtres a la hora de hacer con la relación sexual nos empuja una y otra vez a imaginar la relación sexual con los instrumentos del Otro. Se ponen palabras imágenes, música a ese “no hay” y allí buscamos pistas para armar nuestro propio “saber hacer” con la cuestión. Nunca se perfecciona suficientemente el asunto y a menudo cuando se encuentra cierta fórmula se intenta repetir hasta el aburrimiento o se intenta forzar al otro para que entre en ella. De los padecimientos que supone sabemos por nuestra experiencia y por la de nuestros analizantes.
Dar forma al “no hay” de la relación sexual no es fácil, pero son muchos los que no retroceden y no dudan en representar de nuevo su posibilidad.
Dos son las variaciones más frecuentes. Por un lado, está la variación erotómana, que normalmente asociamos con la versión femenina, que imagina cómo ha de ser la respuesta del otro para poderle hacer soñar con el amor. Desde este lado, a menudo, aparecen los signos, las condiciones que se piden al otro para poder alcanzar finalmente el goce erotómano buscado, sustentando en la premisa: “El Otro me ama”.
Por otro lado, está la variación perversa, normalmente asociada a la posición masculina, que va buscando el detalle, el objeto, la escena que actúe como disparador de un deseo que busca a menudo gozar extrayendo el goce del cuerpo de la mujer, que, como decía Lacan en el Seminario 14 se convierte en metáfora de su goce, eludiendo la subjetividad en juego.
Estas dos versiones de imaginar la relación sexual no son sólo una cuestión de época, hay representaciones pornográficas en el antiguo Egipto como el papiro erótico de Turín, fechado en 1150 a.C. o los frescos de Pompeya de la Villa de los Misterios o en los prostíbulos en el siglo I a. C. y d. C. Y, por supuesto, son innumerables obras que hacen imaginar el amor. La cuestión de época está más bien localizada en la accesibilidad máxima a todos estos materiales a gusto del consumidor, buscando aquellos que resuenan mejor con el fantasma de cada quien. Una accesibilidad que, por otro lado, puede propiciar una relación adictiva, tan propia de nuestra época, tanto con las ensoñaciones amorosas como con las representaciones pornográficas.
Cierto es que esta diferenciación de vertientes llamadas femenina y masculina se están viendo cada vez más desdibujadas. Del lado femenino, se reivindica el goce fálico y se acepta la explotación de la función de su cuerpo como objeto sexual. Y del lado masculino también aparece de un modo silencioso aún, cierta añoranza de la posibilidad de ser amado sin condiciones y se confrontan también en las sombras con las dificultades de conjugar el amor con el empuje al goce, que lleva a una soledad no siempre querida.
Desde las ensoñaciones amorosas hasta la pornografía, los sujetos de la época buscan más su propio goce que enfrentarse a las dificultades de un amor real en el que el cuerpo sexual se ponga en juego.
Finalmente se trata para todos y para todas de poder hacer uso de las herramientas creadas e imaginadas desde el campo del Otro para poder abrir el campo pulsional del campo del Uno solo al encuentro con la alteridad del otro siempre distorsionante en alguna medida, pero que permite no quedarnos encerrados en un onanismo existencial sea bien este el de las exigencias de las condiciones de un amor imaginado o el de la búsqueda desaforada de la misma escena fetichista más o menos sofisticada que nos hace gozar adormecidos en nuestro fantasma masturbatorio. Poder tener en cuenta que tanto el imaginario amoroso como el imaginario pornográfico son ficciones que no alcanzaran nunca a tratar lo real en juego en el “no hay” de la relación sexual es todo un reto para cada ser hablante.
Contamos para abrir la conversación sobre estas cuestiones hoy con:
– Mercedes de Francisco, psicoanalista, AME, miembro de la AMP y de la ELP.
– Antonio Carrero, psicoanalista, miembro de la AMP y de la ELP.
[1] Sem 11, p. 207
Esperanza Molleda, Miembro de la AMP y de la ELP.