Reflexiones de un rinoceronte en Control

Bueno, quisiera en primer lugar agradecerles a Gabi y a Julieta la invitación. Les agradezco, también, porque la modalidad que propuso Gabi fue novedosa y disfruté mucho del trabajo.

Lacan y los rinocerontes

En el seminario XXIII Lacan dice que se da el lujo de controlar y habla de dos etapas que se dan en aquellos que, bajo su fórmula, se autorizan a ser analistas. Una de estas etapas, dice, es en la que son como el rinoceronte. Y agrega:, “Se hace poco más o menos cualquier cosa y yo los apruebo siempre” (1).

 “Yo los apruebo siempre”, dice. Me emocionó leerlo y me pregunté: ¿Qué aprueba? Hoy lo leo en relación a lo que apuntó con la fundación de su Escuela, y- entonces- a lo que apunta el control y el análisis en nuestra orientación.                                                                          

Es la premisa de nuestra escuela, del agujero que la Escuela sostiene, estoy hablando de que no hay una respuesta última a qué es un analista.                                                               

  Lacan acompaña el movimiento propio del practicante, desde el inicio. Y es de lo que se trata: de ir más allá del horror que el practicante sostiene a su propia singularidad y en la soledad de su acto.                                                                                                                 

En los Pases podemos encontrar cómo -incluso- hay un consentimiento de esto al final.

La función del Control:

Si hablamos de distintos momentos de la formación del analista, diría que puedo dar cuenta de la etapa de los rinocerontes. Y en este tiempo, son muchas las preguntas que uno se hace en relación a la práctica y que van deslizándose al control, y a su función. 

Mi primer tiempo de práctica de control estuvo marcado por una demanda que a posteriori fue muy clara para mí. Me dirigía a control a que la analista me diga qué y cómo hacer; me dirigía con la demanda de respuesta a la pregunta: ¿Qué es un analista?. Advertida de esto, se produce un movimiento en donde esa demanda se modifica, aunque esto, claro, no resuelve la cuestión.

Para dar cuenta de lo que implica la experiencia del control en este momento de mi práctica, para mí, ha sido fundamental una cita de Miller.

En El Banquete de los Analistas, Miller dice:

“Al control el aprendiz llega sintiéndose absolutamente responsable de todo lo que ocurre en la experiencia: ¿Estuve bien? ¿Hice mal? ¿Soy tan bueno como mi analista?”

Añade:

“Luego, es verdad, que hay que enseñarle la pereza, esto es, a no entorpecer el curso de la experiencia analítica, el trabajo en curso, a no recargar el análisis con su responsabilidad (…) y el control, a mi entender, es uno de los lugares electivos de la transferencia de trabajo” (2).

No entorpecer el curso de la experiencia analítica, esto hoy me resulta de una precisión fundamental. ¿Qué la entorpece?, ¿Qué hace obstáculo? Para ubicar algo de esto, me serviré de un trabajo de Esthela Solano titulado “El parletre en control”, ya que me ha gustado mucho porque trabaja estos obstáculos desde las 3 instancias R.S.I, y va orientando en cómo el control opera allí. Puntuaré, entonces, ese recorrido.

De la inercia de lo imaginario:

Esthela nos dice que el obstáculo que surge de lo imaginario, podemos ubicarlo cuando como analistas respondemos desde lo que Lacan sugiere como debilidad mental. Dirá “La inhibición del acto del analista es relativa a una supuesta performance, al querer estar en concordancia con una supuesta maestría que supone lo que se esperaba de él”(3). Esto responde al eje imaginario, y este entra mucho en juego cuando en el control lo que opera es una identificación al analista. Uno responde como se supone, incluso con la modalidad y la voz de aquel con quien controla o del propio analista.

Una experiencia:

Llevo a un paciente a un nuevo control, creía tener claro lo que me complicaba. La cuestión residía en que yo tenía que hacer algo con lo que traía al paciente a consulta. Esto, venía y voy a decirlo así, de la voz que sostenía de otros controles. Digo sostenía porque estaba presente cuando atendía a este paciente. Este nuevo control, fue simple y tajante: “No queremos/ no deseamos nada para nuestros pacientes”. Punto.                                   

Este señalamiento, que podemos haberlo escuchado; en un contexto de control, de un caso particular, en donde esto está operando deja un efecto que marca un antes y un después y que es transversal a la práctica. Es decir, no tiene efectos únicamente en ese caso, porque apunta a la función del analista y, hasta diría, a la función del saber.

Diría que cuando aparece algo del “tener que hacer”, conviene preguntarse: ¿de dónde viene esto?. El control cuando opera, desde la función que conviene, hace aparecer esta pregunta cuando no está.

De la inercia de lo simbólico:

En cuanto al eje simbólico, podemos pensar en las consecuencias de dejarnos llevar por las vías de la verdad mentirosa. Esta dificultad, en su texto, Esthela  la enlaza con lo que Lacan en su última enseñanza llama delirio, en tanto que elucubración de saber sobre lo real.

Ir a control con todos los datos, insistir en encontrar un diagnóstico de estructura (no porque esto no tenga que estar, sino por lo que causa esa búsqueda, que es la tranquilidad del practicante) da cuenta del saber como defensa, allí, insistiendo. En la época del rinoceronte, el imperativo superyoico, empuja a buscar en el saber el que hacer de la práctica analítica.

En su última enseñanza, Lacan eleva el acto analítico a la “dignidad de la cirugía”(4). Lo ubico aquí, porque el corte de la cadena significante es lo que nos permite no perdernos por las vías del sentido para orientarnos por lo real.

Esto, que también se presenta desde el inicio, es un movimiento fundamental en el primer tiempo de la práctica analítica, y debo decir que, al menos en mi experiencia, es de lo  primero surge como obstáculo en las conversaciones entre rinocerontes: “no me atrevo a cortar la sesión”, “El paciente pide 60 minutos”, “no puedo hacerlo”, “Me animé a cortar”.

*Otra experiencia:

Ante la pregunta: “¿escuchas 45 minutos a un obsesivo?”, respondo afirmativamente, a lo que la analista con la que controlo se desploma sobre el sillón y me dice “dejamos aquí”. Salgo del control conmovida. Desde entonces, se producirá un efecto en mi escucha e introduciré el corte en mi práctica analítica.

*Otro control:

Al salir de un control, me olvido el cuaderno donde tengo las notas, la analista con la que controlo dice: “Puedes dejarlo un poco”. Esto que queda en mi resonando, deja en evidencia mi posición subjetiva.

Conmover la defensa del saber, teórico o del caso, ha de ser para mí de lo más complicado de la experiencia analítica y, diría que, el control que funciona opera en esta línea.

Es el vaciamiento del sentido el que nos permite superar este obstáculo de lo simbólico para no perdernos en, cito a Esthela, “el escollo de la producción de un saber resbaladizo, que no toca al goce y a veces lo alimenta” (3).

El hueso de lo real:

En lo que respecta a lo real, Esthela ubica el cuerpo como sustancia gozante. Y dice, que lo que puede ocurrir aquí es que el cuerpo del analista se convierta en un obstáculo para el analista y que los dichos del analizante produzcan acontecimientos de cuerpo en él.Como dice Lacan, en Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, cito: “el mejor fruto que sacaría -el controlado- de ese ejercicio sería aprender a mantenerse él mismo en la posición de subjetividad segunda en que la situación pone de entrada al controlador” (5).  El control sirve, entonces, para rectificar esta posición: esto apunta a un saber hacer con el cuerpo en la dimensión del semblante. 

Mientras trabajábamos en los textos, me preguntaba, si este obstáculo, el de lo real, es el que reorienta a uno a su propio análisis. Me fui respondiendo que no. Los 3 obstáculos, en tanto guarden relación con el síntoma o el fantasma, nos orientaran al análisis.

En el control estamos en posición analizante de nuestra práctica y cuando hay algo de lo propio que entorpece, eso debe dirigirse al lugar que conviene. No es que necesariamente con quien controlamos diga “Esto es de su análisis”, uno también puede reconocer algo propio y llevarlo al lugar que corresponde. 

Hay un trabajo de Luis Miguel Carrión que dice que en el control se controla siempre el mismo caso: el propio. Eso del propio caso que tiene que ver con lo sintomático, con lo no analizado, para ubicar ese resto no elucidado que interfiere en el acto analítico (6).

Entonces pensaba que lo que sí podía ubicar, a partir de mi experiencia, es que la práctica asidua del control podría ser lo que relanza al análisis. Asidua en relación a la frecuencia o al analista con el que uno controla. En realidad es una pregunta que sostengo, si es esa experiencia lo que produce el encuentro con lo que se repite, con lo que nos resuena, más allá del caso, lo que da cuenta de lo sintomático en juego- en uno. No creo que se limite a esto, pero me parece un punto interesante para conversar…

No iré más allá de esta etapa del rinoceronte, ya que me queda análisis por delante, no porque esto implique que uno no puede realizar un desarrollo epistémico sino porque es una decisión detenerme aquí.

Pero para finalizar, un último punto:

La Escuela y el Control

Quisiera agregar que nuestra orientación, pone sobre el horizonte, que será la caída del SSS lo que posibilite al analista consentir a la propia singularidad hecha acto para dejar de entorpecer la experiencia analítica.

Como nos enseñó Mauricio Tarrab en las Noches sobre el Pase:

“Pensar el acto analítico desprendido de todo activismo y forzamiento, que son sus formas imaginarias y actuadoras.                                                                                           

El acto analítico no es un hacer esto o aquello. O no hacer nada.   El acto es quizás prestarse a una sustracción de tal modo que pueda irrumpir esa otra cosa que está allí y que eso pueda escribirse de una manera nueva. Para el analista será reconocerse como parte de algo que va más allá de su propio acto.”

Llegar a ese punto, requiere llevar la experiencia hasta el final, teniendo sobre el horizonte, también, que esto no garantiza nada.

El deseo de demandar un control proviene del interior mismo del discurso analítico (7). Como me señaló Manuel Fernández Blanco, sostener el discurso analítico es de lo más difícil.  Esto conlleva una tensión constante que muchas veces deriva en salirse de dicho discurso; y el fin del análisis no nos exime de ello.

Tras el final del análisis, tanto la Escuela como el control seguirán sosteniendo el agujero que garantice esa posición.

Laurent, nos dice: “Lacan hizo del control una obligación, no para el sujeto, sino para la Escuela, que debe responder a la demanda de control que <se impone>”(7). 

Bueno, transmitir la experiencia del control, reunirnos a conversar sobre el control en los distintos momentos de la formación del analista,  y que la mesa esté conformada por una analista que ha sido AE y otras en distintos momentos de su formación, es uno de los modos de dar cuenta de cómo la Escuela garantiza y responde a la formación que en ella se dispensa. Hasta aquí.

Bibliografía

1.  Lacan, J. Seminario 23, El sinthome, El uso lógico del sinthome o Freud con Joyce– cap.I, pág. 17, Ed.Paidós, 2022.

2. Miller,J.A. El banquete de los analistas, La enseñanza del psicoanálisis-cap. IX, pág.176, Ed.Paidós, 2010.

3. E. Solano-Suárez. “El parletre en control”. Revista: El psicoanálisis 33.

4.  Lacan, J. Seminario, libro 25: El momento de concluir, inédito, clase del 11 de abril de 1978.

5. Lacan, J. Escritos I, Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, pág. 246. Ed. Siglo XXI, 2018.

6. Carrión, L.M. “Witz, síntoma y control”. Revista: El psicoanálisis 18.

5. Laurent, E.  “Su control y el nuestro”, Revista: Freudiana 33.

Florencia Riesco. Miembro bajo condiciones de la ELP.

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