El 29 de enero Carolina Koretzky intervino en la tercera noche sobre el pase, que lleva por tema “El acto analítico en el final de análisis”. Carolina tituló su intervención “Acto y temporalidad”. Dividió su ponencia en dos apartados: “Acto y temporalidad” y “Del deseo al horror”.
Acto y temporalidad ¿Cuál es la duración de un análisis? Carolina afirma que es necesario no conformarse con los primeros efectos terapéuticos ya que la experiencia de un análisis no tiene por finalidad curar. Se trata de hacer un uso de lo que no cambia y para ello es necesario continuar más allá del alivio terapéutico. Con respecto a la duración de un análisis, hay que pasar por el tiempo del automatón para llegar a momentos de ruptura dentro del dispositivo analítico.
Los testimonios de los AE trasmiten esa lógica del acontecimiento final. Se trata de un tiempo lógico y no cronológico que permita el pasaje final de analizante a analista. Lacan formula en Radiofonía (página 449): «Hace falta tiempo para hacerse al ser”. Este “hace falta tiempo” es el ser el que lo solicita al inconsciente para retornar a él cada vez que le haga falta, sí, le hará falta tiempo. Es el tiempo del deser. El ser en tanto falta, solicita al inconsciente una verdad. Espera una revelación última, este es el tiempo en el que aparece un real.
Un análisis, lejos de producir un ser consistente, produce un ser de goce. Es necesario tiempo para que se desplieguen las ficciones del ser: la novela familiar, las identificaciones, los significantes amos, para luego caer, para que el sentido del síntoma se seque, se vacíe. En la misma página de Radiofonía aparece esta frase: “Lo que hará falta es ese hace falta tiempo, esa falla con la que se dice ser”. La experiencia de un análisis hace entrega al analizante del sentido de sus síntomas, sostiene Lacan en la Introducción alemana…
El inconsciente habla pero no concluye. Es una temporalidad doble, es necesario el tiempo del despliegue para pasar al tiempo del franqueamiento. En Radiofonía (p.451) Lacan comienza así: «…al tiempo que hace falta para hacer huella de lo que ha desfallecido al revelarse primero.» Hay que poder hacer huella de lo que falla, eso que no deja de fallar para nombrar el goce. Ese resto es imposible de verbalizar. Hace falta tiempo, el ser lo solicita al inconsciente. Siempre le hará falta tiempo al ser para decirse. En un momento lógico esto falla, no relanza el significante, siendo entonces un deber el concluir para hacer huella de esa falla. Carolina afirma que existe una falla de sentido total sobre el goce. En el neurótico el objeto ya está perdido, se trata de que lo vea perdido, de extraer ese objeto del campo del Otro.
Del deseo al horror
Carolina citó a Lacan en la Nota italiana (p 329): «El analista, si él se hace cargo del desecho que he dicho, es por, precisamente, vislumbrar que la humanidad se sitúa en la felicidad (es donde ella nada, para ella solo hay felicidad), y en ese punto él debe haber cernido la causa de su horror, del propio, el suyo, separado del horror de saber de todos. Desde entonces, él sabrá ser un desecho. Es lo que el analista ha debido, al menos, hacerle sentir. Si él no lo ha llevado al entusiasmo, bien puede haber habido análisis, pero analista, ninguna probabilidad»
Es un entusiasmo que no tiene que ver con una alegría. Atravesando el horror se llega a ese entusiasmo que es un “amor a lo real”. Lacan, en Los no incautos yerran, formula: «No es el deseo lo que precede al saber, es el horror.» Hay un tiempo lógico. En la trasmisión de los AE hay algo indemostrable. Ese momento crucial en el que el sujeto quiere saber algo que le causaba horror y de lo que no habría dejado de defenderse hasta el final. Por ejemplo, que el sujeto se reconozca con un “ese soy yo” en un sueño. Hace falta tiempo para hacer mío el objeto depositado en el Otro. Hace falta tiempo para que caigan las ficciones del ser. ¿Cuánto tiempo? Dependerá del grado de horror soportable para cada uno. El neurótico espera un saber que le venga del Otro. ¿Qué le horroriza al neurótico y le impide terminar? La inexistencia del Otro. No hay un Otro garante, La mujer no existe como tampoco existe la relación sexual. Son diferentes formas del no hay.
El neurótico no para de defenderse de esta verdad última. El horror de sostenerse en su propia existencia abre la puerta a un entusiasmo de saber que no vendrá del Otro, por eso hay que inventarlo. En el recorrido de un análisis se atraviesa el horror para llegar a un entusiasmo que permita una invención. El analista sabe por experiencia propia, que esa suposición de saber es un semblante y que constituye un obstáculo para terminar.
En el final, se produce una revelación de lo que ocultaba esa suposición de saber. Oculta el valor de objeto del analista, el cual es depositario de un objeto que le pertenece al analizante. Se revelará para caer. Al final del análisis, el analizante recoge el guante de actor y lo hace sabiendo en qué se convirtió su analista. Al retomar la antorcha del analista, retoma la condición de SsS. Debemos pensar el deseo del analista como deseo del propio deser, de la propia expulsión, de acompañar en ese momento.
Ubicar el lugar del SsS para saber dejarse dejar. Miller, en la última página de Donc, sostiene: «el analista se presta a una operación de la cual se sabe que al final lleva a desnudar la consistencia que le valía el brillo de su posición.» Condenado al deser, orienta la cura desde el inicio con diversas maniobras como sesiones cortas, cortes o rupturas del significante y significado. Así es como afirma en Donc: “Para hacer el pase se necesitan dos”: Un analizante dispuesto a atravesar el horror de saber y un analista dispuesto a perder el brillo de su posición.
Miguel Iglesias