En el marco de “Las Noches de la Escuela”, el seminario sobre “El control y la formación del analista” se presentó como una experiencia que excede lo estrictamente teórico. Más que una exposición conceptual, lo que se transmitió fue algo vivo de la práctica, donde cada intervención dejaba ver la implicación singular de quien hablaba.
Desde el inicio, me resultó especialmente interesante como el control fue situado no como una exigencia institucional, sino como algo que surge del propio discurso analítico. Esta idea cobró fuerza a través de los relatos clínicos, donde el control no aparece como un lugar de respuestas, sino como un espacio que permite interrogar la posición del analista. Este desplazamiento, de buscar soluciones a formular preguntas, me pareció central.
Las viñetas clínicas aportaron una dimensión concreta y honesta. Escuchar las dificultades, como quedar “petrificada” ante un caso o verse obstaculizada por un exceso de saber, desidealiza la práctica y la vuelve más cercana. En este punto, la idea de “enseñar la pereza” resonó con fuerza: no hacer de más, no saturar la experiencia, dejar lugar a lo singular.
También resultó muy fecunda la lectura de los obstáculos a partir de los registros imaginario, simbólico y real, permitiendo ubicar distintas formas en que el analista puede quedar atrapado. El control aparece entonces como un espacio donde estos impasses pueden trabajarse.
Finalmente, me quedó la impresión de que el control no autoriza ni garantiza nada, sino que sostiene una práctica exigente, siendo más una condición que un complemento del quehacer analítico.
M. Belén Siles, participante del NUCEP y SCF, ELP Madrid.