Por Marta Mora Doldán Moreno – Socia de la Sede de Madrid

Historia de un jabalí

La sala permanece iluminada…en el escenario, una silla sobre una tarima de dos alturas y detrás una pared como si de la tramoya se tratara, con rollos de cuerdas de distintos grosores a diversas alturas. En medio del murmullo de la gente, aparece un hombre que emite sonidos y nos mira. Que hace? me pregunto. Durante un tiempo camina por el escenario mirándonos. Su presencia despierta curiosidad e impone el silencio y se apagan las luces. Es Joan Carreras (Barcelona, 1973), un actor que tiene en su haber un premio Max a la mejor interpretación. El programa anuncia un monólogo, es tan rico e intenso que no parece un monólogo, Joan, por momentos, con mínimo atrezzo se transforma en varios personajes femeninos de Ricardo III y dice varios textos del drama. El espacio escénico, como si de un teatro ambulante se tratara, es de Laura Clos, también finalista a los premios Max.

La obra representa a un actor al que le ofrecen interpretar al Ricardo III de la tragedia de William Shakespeare, al que apodaban “el jabalí”, ha sido un secundario toda su vida y considera que merece esta oportunidad y que ni el elenco ni el director están a su altura. Durante la actuación el personaje es Ricardo III y Ricardo III es el personaje. Ambos son ambiciosos e inteligentes y despiadados.

Como Ricardo III, el personaje tiene la certeza de ser absolutamente merecedor del papel y se lamenta del elenco de mediocres que lo rodea y del medio teatral en el que se desenvuelve. Sueña con que este papel le dará la gloria, será famoso, ganará muchos premios, por fin!. A medida que se entrelazan sus historias de vida, la relación entre el actor, el personaje y el espectador es cada vez más estrecha. “Historia de un jabalí” dicen que habla sobre el deseo de poder desde la antigüedad hasta la actualidad, para mi también tiene mucho que ver con el título de nuestras próximas XXI Jornadas “Todo el mundo está en su mundo”, trata del delirio de grandeza movido por el resentimiento y la ambición desmedida, sin ética de las consecuencias. Al final el personaje destruye esa posibilidad que tanto deseaba, se queda sin obra, sin la posibilidad de ser el mejor que soñaba y termina sentado al borde del escenario, suplicando… “¡un espectador inteligente!”.

El autor de esta obra es Gabriel Calderón (Montevideo, 1982) es dramaturgo, director y actor. Ha escrito más de veinte obras de teatro y ha sido reconocido con varios premios, entre los que destacan el Premio Nacional de Literatura en dos ocasiones. Que mejor que sus propias palabras para hablar de esta obra.

Poner títulos siempre supone la dificultad de tener que presentar y resumir al mismo tiempo. Se espera, se supone, que el título dé alguna información útil sobre lo que se va a ver. Es la primera información del contrato que el espectador acordará con el espectáculo, por eso, uno pretende establecer cierta veracidad en esa ilusión, no queriendo generar falsas expectativas, pero tampoco bajarle el valor al convenio. Esta Historia de un jabalí tiene también algo de Ricardo III, y ese Algo de Ricardo es también la historia de un animal. Un animal político, un animal teatral, un animal humano. Al mismo tiempo dialogar con un clásico implica encontrar las palabras, ideas y situaciones contemporáneas que encuentren su eco, resuenen y se acoplen en un armónico diálogo con aquellos signos escritos hace siglos atrás. Para ello, siempre se impone una teoría del recorte, ya que nos vemos obligados a elegir lo que sentimos, que nos es útil y descartar lo que no parece oportuno. Se propone una edición que conforma una ecuación cuyos ojos contemporáneos deben poder operar, o al menos sentirse atraídos y entusiasmados por el problema que sus movimientos plantea. Entusiasmo, esa es la palabra. Entusiasmo que quiere decir “tener a los Dioses adentro”. Tal vez el entusiasmo es lo que describe mejor mi voluntad, tanto al momento de escribir, como lo que busco y espero que suceda en quien lee, dirige, actúa o ve unos de mis textos. Busco soberbiamente la posibilidad de insuflar el engañoso sentimiento de que todo lo podemos y que todo lo queremos y que todo es posible. Al menos, alguna vez, de vez en cuando, obligarme a mí mismo a ver más allá de las obligaciones ordinarias, de soñar con imposibles que superen el simple trabajo, el beneplácito de los pares, la felicitación de los queridos. Tener a los Dioses dentro, ansias de poder, sueño de Icaro, ambición injusta que al menos nos quite del barro diario de los objetivos cotidianos. Tanta prepotencia, tanta altanería, tanto despropósito para justificar esta exagerada propuesta de repensar un posible Ricardo III en el medio que mejor conozco, en el medio al que pertenezco, el Teatro. Estas son las ideas que me animaron a sobreactuar mi escritura, a proponerle a otros y a mí mismo la desmedida aventura de creer que merecemos el poder y que debemos ir por él, a lo Ricardo, a lo jabalí, brutal y salvajemente sobre la escena. Algo de todo esto… algo… mastiquen…”

Y yo, conmocionada gracias al talento de estos dos hombres, sigo masticando.

*Obra que tuvo lugar hasta el 9 de octubre de 2022 en el Teatro La Abadía – Madrid

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