Cuando en los años 1970 nos llegó la fórmula La relación sexual no existe, estábamos muy lejos de ese momento de la enseñanza de Lacan para captar a qué se refería con eso y por supuesto, nos zambullimos en sus seminarios para saber qué consecuencias extraer de ello.
Hace 55 años de ese momento de su enseñanza y hoy, después de recorrer muchas veces las distintas épocas que componen lo que hoy orienta nuestra practica y de haber extraído lo que la clínica nos enseña en el caso por caso, nuestro Encuentro Internacional de la AMP, nos convoca bajo esta afirmación. Bajo este axioma.
Mucho ha llovido desde entonces, pero lo que llamamos la discordia entre los sexos, se mantiene como tal, aggiornada de acuerdo al caldo en el cual nos baña el discurso del
Amo que la época impone a la subjetividad en su alienación al campo del Otro, irreductible y forzada.
Es la potencia del psicoanálisis, del discurso psicoanalítico, de su episteme, de su descubrimiento, de su lógica, y la experiencia clínica lo que nos permite afirmarlo.
Hoy operamos bajo dos axiomas, por lo menos en lo que se refiere al campo del goce, esos que están en juego, para todo sujeto hablante cuando se trata del encuentro entre los cuerpos sexuados, es decir de un cuerpo sexuado y otro cuerpo sexuado, sea cual que sea el sexo del partenaire. Digamos de entrada que el sexo es siempre el Otro, por implicar a un sujeto que sí resulta efecto de su encuentro con esa primordial relación con el Otro del deseo, del amor, de la palabra. El otro sexuado, como sexuado, es siempre y primordialmente relación con un Otro, amado o rechazado. El goce, es otra cosa.
Esos términos y su articulación son con los que hoy intentare abrir esta fórmula No hay relación sexual, que tomo de J.A.Miller, en La fuga del sentido.
-el goce es una sustancia. Introducir este concepto de goce, vuelve problemático el estatuto del Otro. Introduce el autismo del goce.
-no hay relación sexual.
Un axioma, se liga con el estatuto del goce como una sustancia, sustancia definida como algo en cierta autonomía respecto del ser-, y, el otro, el aforismo de No hay relación sexual, introduce un viraje respeto a lo que implicaba el termino relación.
Encontramos estos dos conceptos, términos que, al construir este concepto de goce como una sustancia, hace obstáculo a lo que precisa de la sexualidad Freud como relación, y es lo que va a resolver Lacan, articulando la sustancia gozante al axioma explícito de No hay relación sexual.
– Si la sexualidad es lo que hace objeción a la relación, queda, sin embargo, lo que sí hace relación y es el concepto del Otro. Y eso es introducir el amor, como primordial relación con el Otro.
Tenemos entonces el goce y el amor. El seminario de Aún trabaja y abre también la que es una cuestión esencial a plantear: que el goce no es signo de amor.
Sobre el goce, mucho podríamos desarrollar, pero me detendré en esta paradoja a lo que nos lleva el discurso analítico y que la experiencia del síntoma en la clínica verifica: que el goce, así definido hace obstáculo a ese hay RS.
¿Qué idea, o suposición incluye ese hay relación sexual? Incluye esa hay relación sexual, la imaginariamente fantaseada como que, por el acto sexual y su goce, se haría existir entre un sexo y el Otro sexo, algo del orden de una relación.
La importancia que tiene el acto sexual para el ser hablante, nos sirve para destacar ahí que lo que eso tiene de satisfacción, de satisfactorio, es que en el acto sexual no nos damos cuenta de lo que falta, ni hace falta pensar para llegar a ese acto de pleno ejercicio, como nos dice Lacan en La lógica del fantasma. Ahí se trata de ese goce obtenido en la satisfacción que experimenta cada uno de los sujetos en ese encuentro cuerpo a cuerpo, como paradigma del no darnos cuenta de la falta subjetiva, para todo ser que habla.
Pero el asunto es que es justo el “eso goza” implícito en el acto sexual, lo que hace de obstáculo a lo que llamamos relación. Eso que goza, y que depende del objeto que lo causa, implica un término que no implica relación con otra cosa sino con “eso goza”.
¿que comporta la afirmación del hecho de que el goce no es una relación?
Es en Aún, cuando Lacan esboza que el goce es una sustancia y que introduce ese viraje donde el concepto de sustancia se opone al de relación. Es decir , cuando construye el goce como haciendo obstáculo a lo que se haga comparecer como relación sexual. La sustancia gozante, se refiere a eso que goza, que hace gozar, no implica relación.
El “eso goza” nos dice, JAM y quienes lo han experimentado, lo saben, es el estremecimiento. El estremecimiento de la sustancia, cuya sede, no es otra que el cuerpo.
Hay que seguir un paso más esta afirmación para darle todo su peso. Y nos sirve entrar por la pregunta que se hace Miller al abordar el goce del lado del impase macho, ¿con qué tiene que ver?
Bueno, hay una razón de peso.
Por el predominio, la presencia que tiene el goce del órgano y que es justamente lo que va a mostrar “que el goce, siempre limitado por el goce del órgano- la tumescencia o detumescencia- es lo que hace justamente obstáculo a gozar del cuerpo del Otro”. Sea cual sea el sexo del partenaire.
Es decir que lo que no hace relación, es ese MI goce, esa cosa mía, posesión a solas, goce solitario, de la que habla en La Lógica del Fantasma.
Pero, lo que sí hace relación, como dije antes, es la relación al Otro, primordial irreductible, la relación a la palabra, a dirigirse a un otro al que se habla y por quien se fue hablado, es lo único esencial sin la cual no hay nacimiento del sujeto . El sujeto mismo es, como efecto, respuesta a ese Otro, esos otros que nos hablaron.
Dicho aun de otro modo, lo que no hace relación es lo real del goce
Esa marea negra, como llama Lacan a la sexualidad, a la que por ser sujeto sujetado a la castración y a su relación al falo, -con eso sí tiene relación el macho-, el goce fálico debe acomodarse a pesar de que se trate de un goce que siempre falla en alcanzar, al otro cuerpo sexuado y que no parece, por su fallar, avenirse al goce que conviene.
Por alcanzar, en el mejor de los casos, alcanza el objeto a, como causa del deseo al que lo empuja el fantasma en su lógica, algo que no está al alcance del Yo.
El concepto de goce en este sentido, dice que no tiene profundamente relación más que consigo mismo. En ese preciso sentido, JAM lo llama “autismo del goce” para calificarlo.
Me quedaré aquí, por hoy en ese acercamiento a NRS., para pasar a hablar de uno de los modos en que se puede presentar esta articulación entre el goce, y la apuesta de la forma masculina de la sexualidad, y el amor, como premisa y exigencia lógica de una mujer para intentar suplir la ausencia de relación de esa relación que no se escribe, que hace objeción a la relación imaginariamente fantaseada como unión de los unos, unos que no hacen nunca dos. Fundamentalmente, porque cada uno es uno sólo, que no hace dos. Ni hace que, de dos, de la fusión imaginada por el encuentro entre un cuerpo sexuado y otro cuerpo sexuado, se pueda hacer el Uno de alguna unidad.
UNA MUJER BAJO INFLUENCIA. J.CASSAVETE- GENA ROWLANDS
Brevemente, en mi comentario, que llamaré Locura de amor, abordaré el potente inicio de la película: la promesa de amor, la falta a la cita, y la última escena de la cesión muda de su cuerpo. Para mí, este es uno de los puntos centrales en torno al cual gravita el problema. Problema que es una cuestión estructural entre nosotros, seres sexuados y hablantes, que aquí no encuentra palabras en ninguno de los partenaires para alojar la perturbación en el cuerpo que esa falta de Nick a la cita prometida, desencadena en Mabel, su mujer. Esa ausencia de palabras los lleva a ambos, sin interrupción, a una serie de actos incomprensibles, malentendidos y desencuentros, hasta esa última escena, donde ella muestra finalmente el desamparo radical en el que cae. Mabel no ha encontrado ni encuentra palabras para expresar esa falta grave de la que padece y que experimenta en su ser. De ahí su pasaje al acto.
Intentaré justificar qué nos enseña en esta ocasión esa intensa perturbación localizada en el cuerpo, manifestada como locura. Podemos vincularla, en el caso de una mujer, al hecho esencial de no hallar un lugar amable en la función que, como objeto, debe cumplir el Otro del amor y del deseo, como condición exigible para cualquier sujeto hablante. El amor, con sus embrollos y, en especial la palabra de amor, cumplen un papel fundamental en la mujer. Es en este punto donde su relación con el hombre puede llegar a ser un estrago, llevándola incluso a ceder parte de su cuerpo, de su alma y de sus bienes, como recuerda Lacan en TV, borrando de su existencia toda huella de sus legítimos deseos e ideales.
Sin duda, esta película, se puede situar como verdadera pesadilla en el sentido de lo más cercano a lo vivido, a lo vivido como tal. Un pensamiento, a lo más un “sueño negro”, o lo “que se cogita” como apunta Lacan en el seminario 21, y que habitamos con frecuencia.
En Mabel, personaje central de la película, haría falta escuchar su relato, sus dichos para situar su malestar, su síntoma, para poder diagnosticar la psicosis. Sin esos dichos, no es indicado pronunciarse.
Pero, nos sirve y en ese sentido es paradigmático para hablar de locura de amor, en tanto es el amor lo que abre la grieta por la que Mabel, tropieza sin encontrar salida. Sabemos que el amor ocupa un lugar central para una mujer y cumple una función precisa en relación al goce femenino. Mabel es ejemplar en ello en esa insistencia en el amor: lo coloca en el primer lugar.
Freud, abrió una página inédita al preguntarse, en su reflexión sobre la femineidad “Que quiere la mujer”- Las diferencias sexuales, irreductibles, por cierto, no son sin consecuencias psíquicas. Lacan dio un paso más y nos habló de esas diferencias como la existencia de dos distintos goces. Pero lo inédito del descubrimiento de Lacan, es que mientras la posición masculina y la posición femenina, comparten un mismo goce llamado fálico, la posición femenina tiene un goce suplementario, que no es el fálico.
Uno de los efectos de tomar una posición femenina e inconsciente, es esta importancia que toma el amor, en especial, la palabra de amor.
No se trata del fenómeno del enamoramiento, ese caer en el amor. Sin duda tiene su parte en el juego de espejos. Ni se trata de la fusión de dos en uno, solución imaginaria que por si misma, lleva al choque del fracaso sin solución, o va a lo peor.
Aunque pueda intentarlo el abrazo más fuerte, no logra hacer de dos, uno.
Cuando se menciona al amor, se abre la lista de las distintas versiones que el pensamiento ha glosado y preguntado sobre de qué está hecho, que incluye y que no. No iré hoy por allí.
Intentaré, extraer uno, de los tantos hilos de esta impactante obra por lo que enseña de lo que ocurre cuando dos saberes inconscientes se recubren y que Lacan llama esa “sucia mescolanza” entre el “coito sexual” y el amor: el arrebato de Mabel al faltar su partenaire a la promesa de amor.
Esta falta a la cita, no genera protesta. Eso es lo grave para un sujeto en tal espera. En este caso, una espera especialmente angustiosa.
Angustia localizada en su cuerpo que, para arrancarse, exige un acto, un paso al acto que si lo leemos, vemos que lo que allí encuentra, es la misma espera de la que huye: la de uno – con mayúscula- que hable, que le hable. Encuentra uno, con minúscula, que la toma como un puro objeto sexual, al estilo perverso polimorfo propio del goce masculino. Un goce que, en términos de Lacan, exige un objeto como causa. Goce fálico que también es el que le hace obstáculo al hombre, e impide ir más allá de su propio goce de órgano.
Una mujer, al no ser toda en el goce fálico, suple esa falta con la exigencia lógica del amor, de la palabra de amor. Ella, no tiene la causa en un objeto, como el hombre, sino que hace del deseo del hombre su objeto. El amor es un modo de goce que hace que una mujer se mantenga apegada al deseo del hombre: eso es el amor, según Lacan.
Pero tiene una exigencia, una exigencia lógica: que apunte al ser.
Y no hay otro medio de apuntar al ser que por la palabra.
Es el medio para que su goce, el de ella, encuentre, se dote de un objeto que le conviene y que la mantenga apegada al deseo del otro: eso es el amor.
Espera que no encuentra la respuesta que conviene a tal demanda. A partir de allí, Mabel ya no es la misma.
Su partenaire ignora lo que la falta a esa cita ha desencadenado. En un nuevo intento de compensación, alimenta con la invitación de sus colegas, la vertiente más erotomaníaca de Mabel, la de intentar hacerse amar por cada uno de los colegas. Cuestión que se precipita aún más con ese padre de un amiguito(a) al que persigue, en un estado grave de agitación hasta desembocar en la urgencia de su internación psiquiátrica. Aquí, ninguna oposición ni protesta se hace valer.
Es conmovedora la escena final, la del retorno de Mabel después del tratamiento con electroshock que ha recibido su demanda incondicional de amor, no del todo insabida por ella misma. Un punto de exceso contamina esa demanda ilimitada, que no encuentra limite simbólico que la ordene.
Un sujeto sin agitación, visiblemente suspicaz, frágil y expectante, reencuentra a sus seres más familiares encarnando cada unolos semblantes que demuestran revelar un encuentro con lo peor.
La ferocidad, en esa voz imperativa materna, que ordena con insistencia; en el partenaire, que aguarda en la espera de no se sabe que signo de la curación; en la escena invocante de amparo dirigida a un Padre impotente que la entrega, sin palabra que la aloje bajo un deseo decidido, vivible, apaciguador .
Es eso lo que logra agravar la evocación, quizás de una grave falta a la cita inaugural con el deseo del Otro, ya sin poder rescatarse como sujeto deseante.
Allí, entonces recurre encendida de angustia, a aferrarse a sus hijos, como madre que intenta mostrar saber amar sus productos.
La sucesión de impedimentos a este nuevo intento de recuperar un orden imaginado posible, da pie a la agitación y en vez de un lugar simbólico, la palabra de amor, un signo de amor que cuente como límite con el cual rescatarse, encuentra los golpes sobre el cuerpo ya golpeado.
Nick, atravesado por su pequeña locura propia nos interroga ¿qué clase de objeto es para él el objeto femenino, aquí encarnado por Mabel?
El amor es una forma de goce. Un goce con el don de suplir lo que no puede escribirse de la relación sexual. La palabra de amor le da a la mujer una espesura suplementaria de ser, al decir de Christiane Alberti. Es la que le da su “aparataje al goce femenino”. Un goce imposible de situar si no es por el amor, la palabra de amor.
En ese preciso sentido, de esa forma erotomaníaca del amor en Mabel, hay que rescatar el “fin civilizador del amor (…) como una cosa de finura que hay que defender”, frente al modo perverso polimorfo del hombre, que Nick encarna en su exceso.
Es conmovedora esa entrega, esa cesión de su cuerpo, allí sin consentimiento alguno y sin recursos. Allí el sujeto ha dimitido. Allí el sujeto se ha ausentado. Es esa forma de ausencia, a la que una mujer está estructuralmente ligada, como una de las consecuencias psíquicas de la diferencia sexual, freudianamente hablando.
Allí, es donde es no-toda en relación al goce fálico que, como ser hablante, comparte con el hombre.
¿Qué enseña esta posición subjetiva respecto a lo que no puede escribirse de la relación sexual? Que en ese lugar de lo que no hay, se escriben las diversas formas con las que cada uno, el hombre, una mujer subjetiva su encuentro con lo que encarna el lugar del Otro al que, irreductiblemente estamos forzados a alienarnos y responder con una posición sexuada e inconsciente.
Sobre ese “no hay relación sexual”, no hay nada escrito, es un puro no hay, una página en blanco, sobre la que el sujeto del inconsciente va a hacer comparecer una escritura que es suplencia del “no hay”.
Es evidente que la película muestra una época bien precisa, con semblantes distintos a los que son más propios del siglo XXI. Sin embargo, podríamos atrevernos conjeturar una hipótesis: la crueldad no tiene una época definida ni el desencuentro entre los sexos se debe a la diferencia social ni epocal. Es más bien estructural.
La discordia entre los sexos toma los semblantes de cada época.
Y cada época inventa los semblantes a los que se somete el ser que habla. Hablar, es estar sujetado a las condiciones que el discurso impone.
Para decirlo muy brevemente, conviene estar advertidos del horizonte subjetivo en el cual se vive. Es el caldo en el que nos cocinamos. A partir del cual se entreteje de semblantes nuestro deseo y toma formas nuestro particular modo de gozar.
Si seguimos la lógica inédita que nos enseña Lacan, podemos afirmar que no somos todas-locas. No toda- loca. Como la verdad misma, que es no toda.
Nunca podrá decirse toda la verdad. Siempre puede decirse de otra manera y por ello, demostrarse variable.
Mónica Unterberger – Miembro AMP y ELP.