Lo que no encaja.
1. El título que nos convoca esta tarde, en la que le daremos una vuelta más al aforismo lacaniano No hay relación sexual, lleva por título Lo que no encaja. El acto de encajar implica al menos dos elementos que pueden ajustarse uno con el otro. El ideal de que dos seres hablantes encajen ha dado lugar a numerosos mitos, algunos ilustrados otros populares. Todos ellos construyen un relato sobre el amor y el sexo, fundado en la nostalgia de la unidad perdida. Según Aristófanes, el ser humano —originalmente esférico y completo— habría sido dividido en dos mitades por los dioses y desde ese momento busca su mitad perdida para restaurar la plenitud original. La idea popular de la media naranja obedece a la misma lógica.
Las dos piezas que encajan animan el acto del matrimonio pues “casar” es sinónimo de encajar y el anillo al dedo sella el acto. Es porque la relación sexual no existe que se producen todos estos intentos de encajar o casar a los seres hablantes.
Desde el psicoanálisis podemos afirmar que somos seres dispersos y descabalados que tratan de sostener los semblantes de la unidad personal, de la unidad de la pareja y de la unidad familiar. Pero, todo semblante está destinado a perder su apariencia cuando las contingencias de la vida lo desencajan. Es entonces cuando algunos sujetos deciden consultar al analista.
2. El legado de Freud
Para el psicoanálisis no hay otro real que lo real del sexo y esto es así desde Freud.
Freud no abandona nunca la idea de que el trauma que causa el síntoma neurótico es de carácter sexual incluso cuando su hipótesis inicial basada en la contingencia de un abuso sexual infantil no resistió la prueba de la verdad de los hechos. Inasequible al desaliento, en lugar de retroceder dio el paso que le abrió la puerta a su verdadero descubrimiento: para el ser humano lo sexual siempre es traumático y por eso produce síntomas en todos. También comprobó que el sentido sexual del síntoma se resiste a ser descifrado en su totalidad y no por falta de pericia del analista o por una falla ética del analizante, sino por una imposibilidad estructural: “no todo lo sexual tiene una representación en el inconsciente”. ¿No vemos en esta afirmación de Freud la base la ausencia de inscripción en el inconsciente de la relación sexual?
Escuchando a sus pacientes concluyó que la diferencia sexual se inscribe en términos fálicos para ambos sexos pues en el inconsciente no hay una representación del genital femenino. Es esta falta de inscripción de sexo de la mujer la que da lugar a “la premisa universal del falo”. ¿No ven en esta propuesta de Freud el germen del aforismo de Lacan “la mujer no existe” porque no se inscribe en el inconsciente?
Si a la falta de escritura en el inconsciente de la diferencia sexual le añadimos el descubrimiento de las pulsiones autoeróticas y parciales, podemos concluir que no hay una relación sexual natural y, por ende, complementaria entre dos cuerpos.
El inconsciente, elucubrando sobre lo sexual, solo fabrica malentendidos y la pulsión se satisface en los agujeros del propio cuerpo sin incluir al otro. “Fatal destino” como dice Lacan.
En síntesis, Freud captó los impasses estructúrales de la vida erótica que limitan la potencia de la interpretación del analista pues si bien todo lo analizable es sexual no todo lo sexual es analizable. Quise empezar reconociendo la genialidad de Freud pues fue quien creó las condiciones para que su mejor alumno, ese que le leyó a la letra, pudiera llegar a formular el axioma La relación sexual no existe que constituye el marco dentro del cual el psicoanálisis de Jacques Lacan sitúa la vida erótica.
Para Lacan, fiel a Freud, “la relación sexual no existe porque no se escribe en el inconsciente siendo que la escritura es lo que nos da la medida de la existencia”.
¿Qué es lo que sí existe porque si se escribe? CITO A J.A. MILLER “Existen las apariencias a las que llamamos semblantes y que no tienen más ser que el del lenguaje”
También existe el amor que puede funcionar como una suplencia. “Lo que suple a la relación sexual (que no existe), es que las gentes hacen el amor” nos deja dicho Lacan unos meses antes de su muerte.
Es porque no hay un saber sobre nuestro ser sexuado que el pensamiento no cesa de fabricar teorías, elucubraciones y delirios de toda índole. Desde esta perspectiva, el conjunto del saber acumulado por la humanidad es consecuencia de la imposibilidad de saber sobre lo real del sexo. Este destino universal de los seres hablantes produce inevitablemente síntomas y, a la vez, es la causa de que exista el amor, la literatura, los avances científicos y todo tipo de arte o artificio
Podemos añadir que la responsabilidad del sujeto es siempre sexual porque lo que se pone en juego en su vida es la respuesta que da a lo que no hay. Frente a este “No Hay relación sexual” escrita en nuestros genes ni en nuestro inconsciente cada uno está obligado a dar su propia respuesta. Esta responsabilidad atañe a los múltiples aspectos de lo que se juega en una vida, pero se centra sobre todo en lo que ocurre en el encuentro de dos cuerpos en una cama de pleno derecho, como plantea Lacan en el inicio del Seminario 20.
3. La diferencia de los sexos
Lacan en el Seminario 21: “Que la relación sexual no exista, no quiere decir que los sexos se confundan” .
Tomemos, entonces, a mujeres y hombres como dos clases de parlêtres que habitan en dit-mensiones (casas del dicho) separadas por un muro. A menudo la relación entre ambos es tan paradójica como la de Aquiles intentando, infructuosamente alcanzar a la tortuga sin darse cuenta de que esta se mueve en otra dimensión, pero en ocasiones el muro se fractura gracias al empeño que pone el amor en producir el encuentro. Cuando eso sucede, por un tiempo, dos exiliados pueden encontrase, refugiarse mutuamente y gozar cada uno en su cuerpo a través del cuerpo del otro. A la contingencia del encuentro la llamamos amor, y es lo que permite que el goce autoerótico de la pulsión condescienda al deseo e incluso es lo que sirve como suplencia ante la ausencia estructural de la relación sexual. También el amor puede ser la fuente de un enorme sufrimiento, el detonante de algunos desencadenamientos psicóticos y hasta el disparador del suicidio.
4. La diferencia de goces
En el Seminario 20, Lacan añade una nueva perspectiva sobre la diferencia sexual y, por ende, sobre el amor. El amor está anudado al goce femenino y obstaculizado por el goce masculino. Por esta razón, es importante que sostengamos la diferencia entre el hombre y la mujer respecto del modo de gozar, pero también del modo de relacionarse con el decir ligado al amor.
Les recuerdo que Lacan abre este Seminario en el anfiteatro que la facultad de derecho lo que le lleva a comenzar haciendo un guiño a los juristas allí presentes al emparentar sus prácticas, pues ambas han de hacerse cargo de las consecuencias de lo que ocurre en una cama de “pleno empleo”. Los psicoanalistas se encargan del goce que es productor de síntomas, los abogados del usufructo de lo que en esa cama se produzca: hijos, propiedades y otras cosas.
Convengamos que la inexistencia de la relación sexual no impide que algo suceda en la cama entre dos cuerpos. Por el contrario, es la condición de que pasen muchas cosas, de que haya acto sexual y de que, en ocasiones, se haga el amor.
El goce masculino mostrará su componente perverso porque en determinado momento del acto el hombre necesita recortar la parte del cuerpo de la mujer que anima su goce. El goce femenino mostrará su lado enigmático, un poco loco y ligado a una demanda de amor que puede no tener límites.
Es a nivel del goce que cada uno verifica la alteridad tanto en el Otro como en sí mismo. En el cuerpo a cuerpo ya no se trata del tiempo de la seducción en el que ella juega a ser el falo imaginario y él a tenerlo. Ahora, ambos están expuestos a lo real del goce femenino que no se deja medir por lo fálico, así como a los avatares del órgano fálico que tiene su propia autonomía
En el Seminario 21, clase del 12 de febrero, También el amor le sirve a Lacan para establecer la diferencia de los sexos: “Para el hombre, el amor marcha sin el decir porque le basta con su goce fálico, y además no comprende nada del amor. En cuanto a una mujer, el goce no marcha sin el decir verdadero” ligado al amor. Vemos que cada sexo se juega la partida en una dimensión diferente.
5. ¿Qué es una mujer para un hombre?
“Cuando se trata de conocer a un hombre, nada mejor que sopesar a su mujer” (J. Lacan: Seminario 18). Podríamos decir que es una observación mundana, pero se trata de una conclusión que proviene de la clínica donde se verifica que algo de la manera en que el hombre goza del inconsciente sin enterarse se expresa a través de su mujer. Lacan se dé cuenta que para los hombres el síntoma y una mujer están en el mismo lugar topológico, ergo una mujer puede ser el síntoma de un hombre.
Una mujer puede encarnar, en una parte de su cuerpo, el objeto “a” causa del deseo para el hombre perversamente orientado, también puede representar el falo para un hombre que presume de llevar a su lado a la más hermosa o la más lista, la mejor profesional, la excelente madre. Con cualquiera de estos semblantes ella encarna el falo que el presume de su propiedad y que le sirve para exhibir su poder. Peor para aquella que se identifique a este papel y esté dispuesta a sostener la ficción de pareja ideal pues bajo la apariencia de la comodidad acabará rebelándose la faz mortificante de esta alienación a la demanda del partenaire.
Veamos el caso contrario que, sin embargo, obedece a la misma lógica: la lógica del falo. Una mujer también puede ser algo muy incómodo para el hombre que precisamente por ello le resulta más deseable. Supongamos que ella es el síntoma que responde al deseo inconsciente de él. Como histérica, una mujer puede identificarse al síntoma del Otro, no solo del hombre también de la compañera de colegio que se desmaya por una ruptura sentimental y tantos otros ejemplos. Si el hombre con el que está no hace síntoma de aquello que no anda en su vida, si no se entera de su inconsciente, será ella la que encarne el síntoma y lo ponga de manifiesto con sus palabras, sus actos, sus gritos. No es una buena solución para ninguno de los dos. Ella padece un síntoma que no le corresponde y él se desespera ya que por esta vía no registrará las señales de su propio inconsciente. Conclusión, él se convierte en un torpe del inconsciente y ella en una pesada que no cesa de molestar.
Supongamos ahora que mediante el análisis una mujer puede resolver algo de su histeria y obtener un saber hacer con lo femenino de manera que no le sea difícil prestarse a alojar en su cuerpo el objeto a que anima el goce solitario del hombre, pero con la condición de que él favorezca la presencia del amor como lugarteniente del goce femenino. Este acuerdo tácito, permite que “algo triunfe, algo que se asemeja a la relación, algo que cesa de no escribirse para algunos casos raros y privilegiados” (Seminario 21 clase 12 de febrero)
Convenimos con Lacan que los casos que sirven como prueba de la posibilidad del triunfo entre los sexos son excepcionales, pues lo habitual es encontrarnos con los impasses, cuando no con el fracaso. Para los dos implicados el impasse no es fácil de resolver: Ella debería cerrar la boca y renunciar al goce del “tenemos que hablar”, dando lugar a un silencio provocador (como el del analista) que facilite que en él surja un decir no rutinario, un decir de pura enunciación, un decir sin saber, que surja del cuerpo y pueda dar lo que no tiene desde su propio síntoma. No es fácil, sin duda, pero no es imposible.
Lacan en el Seminario 22 RSI (clase del 21 de enero), evoca las palabras de Stendhal sobre el amor, dice que cuando el hombre ama a una mujer puede mantener unidos “el amor- estima con el amor-pasión, incluso con el amor-gusto”. No está nada mal que estas tres facetas del amor se puedan dirigir a un mismo objeto, más aún cuando estamos advertidos por Freud acerca de la tendencia masculina a separar el objeto de amor del objeto del deseo (la esposa y la amante que son un derivado de la madre y la prostituta). Lo interesante es que Lacan no se conforma con este logro, sino que sube la apuesta y plantea que además “está el amor mayor”. ¿A qué le llama el amor mayor? A eso que sucede cuando él, el hombre, la cree, cree que ella puede llegar a decir algo que concierne a su núcleo de goce, lo más íntimo y lo menos reconocible para el sujeto. Para ese hombre que, la mayor parte del tiempo, esta sordo a las palabras de las mujeres, ese decir de ella, que le deja tocado, es del orden del acontecimiento, que siempre es de cuerpo. Entonces, el hombre que no captaba los signos de su inconsciente empieza a creer que el síntoma (y una mujer) es capaz de decir algo que le interpela y, quizás, eso le aproxime a la experiencia analítica. Lacan añade que cuando “Uno (el hombre) cree lo que ella dice: es lo que se llama el amor” . Este es el aspecto cómico del enamoramiento, pero puede llegar a tornarse loco cuando en lugar de creer en una mujer síntoma, cree que ella es La mujer con mayúsculas.
Rosa López – Miembro AMP y ELP.