Cuando me convocaron a participar en esta mesa, con cierto vértigo por el rápido paso del tiempo, vino a mí la imagen de la celebración que siguió al acto de fundación de la ELP. Me encontraba en la Sala de columnas del CBA con algunos de los colegas que están aquí esta noche, otros, ya no. Muchos de los que sí estuvieron en la tarea de construcción de la Escuela en la que convergieron los “diferentes grupos” que reunían a los analistas hasta ese momento. Era en aquel entonces una de lo que hoy llamaríamos “los jóvenes” y mi relación con la Escuela no tenía aún inscripción, estaba en mi segundo curso de la tétrada. La única marca anterior a mi entrada en el NUCEP, tenía que ver, además de mi propio análisis, con haberme apuntado a una lista con el deseo de trabajar en un cartel en la otrora EEP, cosa que no ocurrió ahí, sino más tarde. El cartel como órgano base y puerta de entrada a la experiencia de Escuela.


Desde entonces ha tenido lugar un largo recorrido en el tiempo que también exhibe su lado lógico, por ejemplo, en lo que concierne al tema de la formación que la Escuela ofrece. Tenemos, por un lado, la formación reglada que se imparte en el marco del ICF, y luego la que surge de la propia experiencia de Escuela, sostenida en el cartel y el pase como dispositivo y las enseñanzas de los AE. En la experiencia de Escuela se trata siempre de la pregunta abierta sobre lo que es un analista, un agujero alrededor del cual se constituye esta institución que pensó Lacan y que se encarna en cada lugar de una manera singular y desde donde cada uno de sus miembros busca hacer existir el psicoanálisis y realizar de él una trasmisión. Si el analista se autoriza de sí mismo y de algunos otros, no es, como recuerda Lacan en la “Nota italiana” para auto-ri(tuali)zar, porque, entre otras cosas, es del no-todo de donde surge el analista, algo que se experimenta también en el análisis y el control.


La nominación de un AE por el dispositivo del pase da cuenta del efecto de la formación que ofrece la Escuela y que no viene a colmar la pregunta por lo que es EL analista, sino como una respuesta en esa singular producción de un analista, sin obturar el no saber que se aloja en el centro de la institución. En ese sentido, cabe recordar también que la Escuela como refugio al malestar en la cultura sirve también para contrarrestar los imaginarios y las derivas homogeneizantes, haciendo lugar al S(A/).

No obstante, la formación que la Escuela ofrece no puede tampoco cerrarse a la conversación con los otros discursos y no puede caer tampoco en la comodidad de creer que todo está hecho. Es ahí donde lo alcanzado hasta ahora interpela a lo que y los que está(n) por venir, no hay garantía de la pervivencia del discurso analítico por lo que seguirá siempre siendo nuestra tarea mantenerlo vivo.

Constanza V. Meyer, miembro AMP y ELP.

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