Me parece un acierto que en el número 46 de la revista “El Psicoanálisis”, dirigido por Claudia González y con una jefa de redacción como Esperanza Molleda, se haya tomado en serio el esfuerzo de Lacan por darle a lo imaginario un nuevo estatuto que lo aproxime a lo real y al cuerpo que se goza.
Mi aportación se titula Imaginar lo real, algo que no cesamos de poner en juego en nuestra vida cotidiana y que está en la base de cualquier narrativa, desde la literaria hasta la cinematográfica, la mítica, la fantasmática, la que alimenta las redes, etc.
Cuanto más nos aproximamos al agujero de lo real más nos empeñamos en llenarlo de representaciones en un intento desesperado por darle algún sentido que siempre será delirante.
Sin embargo, el ultimísimo Lacan trata de “Imaginar lo real” sin narrativa, sin imágenes, sin metáforas, a través de esos anudamientos que han de ser manipulados para concebir su aplicación clínica. El nudo es una figura muda que ni cuenta ni escenifica una historia y que no tiene voluntad de velar lo real.
La veladura:
Ahora bien, el tema de la veladura sigue teniendo todo su interés. Hay muchas perspectivas para hablar de la incesante actividad de velar lo real mediante la imagen, pero quise detenerme en el ultimísimo velo, ese que se revela al caer el ultimo. Recordemos que tras la caída del séptimo velo que cubría la desnudez de la bella bailarina, el raja aburrido se enfurece y ordena que la despellejen. Él quiere ir más allá de todo semblante confundiendo el agujero de lo real con las tripas.
La Belleza fue tomada por Lacan como el ultimo velo, tan próximo a lo real como el borde al agujero. La belleza, en el sentido fuerte del término, siempre provoca una inquietante extrañeza y es precisamente este efecto siniestro el que le da su encanto, la eleva sobre el resto de los objetos familiares y la hace digna de contemplación.
En el artículo tome dos modalidades de la inquietante belleza: la belleza de la naturaleza y la belleza del cuerpo femenino.
La primera me llevó a Sigmund Freud paseando con Rainer Maria Rilke por lo Dolomitas. La contemplación del esplendor que les ofrecía el paisaje produjo efectos distintos en cada uno de los paseantes. Rilke experimentó el amargo hastío del mundo, no pudiendo disfrutar de lo que de antemano sabía perecedero. Aquí captamos la proximidad entre la belleza y la castración como pérdida: Todo es transitorio y destinado a perecer.
Pero, hay algo aún más inquietante en la belleza cuando en lugar de poner en juega el objeto perdido, presentifica el objeto que sobra. Un paciente comenta un episodio de angustia que le ocurrió en una excursión por los Pirineos. Fascinado por la belleza que el rodeaba el sentimiento inicial de plenitud dio paso a un estado de inquietante extrañeza. Algo repulsivo se captaba en la escena, pero no lo veía. Ante la angustia como señal de alarma que avisa de la presencia de un extraño objeto, surgió la certeza de que no podía ser otra cosa que él mismo. El pasaje al acto no se hizo esperar.
La belleza del cuerpo:
Adoramos la imagen del cuerpo de manera atormentada. El sentimiento de júbilo que el sujeto infantil experimenta cuando consigue pasar de la angustia de fragmentación a la imagen unificada (si es que lo consigue), va acompañado de una discordia primordial, una extrañeza endiablada que se pega a todos los aspectos de la vida. El matema i(a) que utiliza Lacan como escritura del yo, muestra con claridad que la imagen vela y a la vez contiene ese objeto que horroriza por su extraña intimidad.
Paolo Sorrentino:
En La gran belleza, Paolo Sorrentino lleva el despliegue de lo imaginario hasta el paroxismo. Dueño de una poderosa estética deslumbra con sus imágenes: la de Roma y la del cuerpo femenino. Imágenes que acompañan una narrativa que retrata bien a la denominada “sociedad del simulacro”. Como cualquier artista que se precie, Sorrentino sabe que la belleza y el horror están íntimamente unidos, y en Parthenope no se priva de incluir imágenes de seres humanos monstruosos, así como escenarios abyectos en el corazón de la bella ciudad. Pero con este recurso no consigue evocar lo real, pues todo sucede como en un decorado, lo que no deja de ser fiel al espíritu de la época. Si antes la función de la belleza en el arte servía para pensar el mundo, ahora cualquier imagen sirve para acumular likes. Lo que antes era símbolo, ahora es escenario efímero. El goce de la contemplación ha sido sustituido por el consumo incesante de imágenes que inmediatamente se olvidan.
Finalmente pensé en ese último Lacan decepcionado con lo simbólico, harto de la verdad mentirosa, que busca en lo imaginario un acceso a lo real del cuerpo. Lo interesante es que esta nueva perspectiva hace reaparecer a la histeria y, aunque se queja de que las histéricas ya no son como las de antes, ellas siguen mostrándonos los denodados esfuerzos que hacen para conseguir una consistencia corporal tejiendo sin cesar su relación al goce fálico. Imaginan que el cuerpo masculino está completo, desconociendo la extrañeza que supone portar un órgano en el cuerpo que funciona a su antojo.
En El momento de concluir Lacan distingue lo imaginario de la forma del cuerpo unificado por su vestimenta (el hábito hace al monje) de lo imaginario enraizado en el cuerpo que no cesa de perforar la costosa construcción del narcisismo. La histeria nos enseña la cantidad de recursos que los seres hablantes han de poner en juego para que la imagen del cuerpo no se deshaga. En el camino que orienta el análisis hacia lo real no solo está Joyce quien necesita a Nora para que actúe como un guante que impide que su cuerpo levante campamento, también están las nuevas histéricas, inhibidas, angustiadas y sin síntomas de conversión. Por eso Lacan en Consideraciones sobre la histeria (1977) hablando de los nudos llega a decir: “considero que fueron precisamente las histéricas quienes me guiaron […] lo que continuamos teniendo al alcance de la mano como histéricas”.
Me gusta esta última apreciación: lo que continuamos teniendo al alcance de la mano como histéricas pues nos recuerda que el análisis nunca más será lo que fue. Tenemos pruebas de ello cada día desde hace tanto tiempo que ya no sentimos ninguna nostalgia por las Doras ni las Anas O.
Cambian las subjetividades y el psicoanálisis sigue inventando modos de saber hacer con lo que hay.
Rosa López – Miembro AMP y ELP.